Fabián Corral

Pánico y rumor, los peores enemigos

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Lunes 16 de marzo 2020

El pánico es el peor enemigo. Los mejores consejeros, la prudencia, el sentido común y la obediencia a las reglas. Y siempre, un alto sentido de colaboración. Todo esto supone modificar algunos hábitos e incorporar a la vida cotidiana el respeto al vecino, al prójimo, a todos. Es un aprendizaje para convertirnos, de verdad, en ciudadanos, que no son solo los que votan, son los que asumen como propios los problemas de la comunidad, los que se duelen de los demás, los que se informan adecuadamente, los que no empujan ni escupen, los que no se dejan llevar por la tentación del tumulto.

El rumor, las noticias falsas y las verdades a medias hacen mucho daño, inducen a tomar decisiones erróneas, generan pánico, propician tumultos. Las redes han potenciado la vieja inclinación al chisme, la especulación y el afán de parecer informado para, de ese modo, adquirir importancia. Hace falta un elemental sentido de responsabilidad para superar el “afán noticioso” que obsesiona a muchos en las redes, se requiere un poco de reflexión para reprimir la ansiedad de teclear el primer disparate y volverlo primicia.

La pandemia es un importante asunto de salud pública y de seguridad personal. Es uno de los más serios que nos ha tocado vivir, sin duda. Es también un desafío para enfrentarlo sin generar pánico, sin desabastecer al prójimo, sin acopiar todo, sin ejercer ese individualismo feroz que desmiente nuestra condición de miembros de una comunidad. Es un reto que probará nuestra índole y capacidad de reacción. Veamos si somos tan solidarios como nos proclamamos en las marchas, tan militantes por los derechos como declaramos cuando conviene. O si son solamente discursos, posiciones políticas y actitudes sin sustancia.

Las medidas gubernamentales y municipales, y las que adopte la empresa privada, causarán molestias, retrasos, inconvenientes, y tendrán efectos económicos. Hay que asumirlos. Y olvidar aquello de que “no ha de pasar nada”, que es el refugio de la improvisación, el hábito de escabullir el bulto, desobedecer las reglas y hacerse de la vista gorda. La forma en que reaccionemos, con serenidad y prudencia, evitando pánicos y tumultos, será la medida que indique nuestra madurez como personas y sociedad.

La clase política, por su parte, parece vivir en otro mundo. Los noticieros indican que sus agendas no han variado; que, pese a la crisis y a las nuevas y graves preocupaciones de la gente, las expectativas, las ambiciones y las disputas son las mismas y, que la talla de los dirigentes no ha crecido.

Esperemos que, rumores y especulaciones aparte, los ciudadanos procedamos con el rigor y el sentido común que imponen las circunstancias, con el carácter y la firmeza que hace falta. De la clase política no se puede esperar mucho, de la sociedad, sí.