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La corrupción en un libro, que es más un espejo

La ‘venta de la bandera’ de 1894 es quizá uno de los actos más vergonzosos del país.

Piense en esta escena: entra en una librería y ve el título ‘Historia de la corrupción en Ecuador’. ¿Qué haría? ¿Lo compra o pasa de largo para buscar algún libro que le dé una forma de felicidad?

Hay que tener coraje para leer un libro sobre uno de los principales males del país -si es que no es el principal- y que, paradójicamente, no forma parte de las mayores preocupaciones entre los ecuatorianos, según han dicho reiteradamente las encuestas. Y si bien hay denuncias e indignaciones, procesos judiciales, muchos casos quedan en la nada, en la impunidad.

Y quizá hubo que tener más coraje para escribir un libro como este, de 362 páginas y otras 36 de referencias de fuentes que utilizó Javier Gomezjurado Zevallos, su autor. El volumen, que salió a la luz este año, abarca la corrupción institucionalizada en el país, desde los tiempos coloniales hasta el Gobierno de Lenín Moreno.

La compra de equipamiento militar inútil, como los helicópteros Dhruv, comenzó desde la independencia.

Es cierto que un pueblo debe conocer su historia para no repetirla, pero también es cierto -y este libro lo confirma- que todo es cíclico. Desde los tiempos hispánicos hasta la actualidad, los actos de corrupción denunciados en su tiempo son casi todos un copia calcada.

Solo cambian apellidos -aunque los ilustres mantuvieron en el tiempo sus prácticas-, pero todos operan del mismo modo: sobreprecios, abuso de poder, evasión impositiva, enriquecimiento precipitado…

Se trata de un país en donde no pudo haber honestidad ni siquiera en sus momentos trágicos, como ocurrió con la Junta de Reconstrucción de Tungurahua, que se creó luego del terremoto de Ambato del 5 de agosto de 1949. Hubo gastos innecesarios, productos que se dejaron caducar por permanecer embodegados y debieron tirarse al río, malversación de fondos. Y algo parecido ocurrió luego del terremoto de abril del 2016 en la Costa.

Tras el terremoto de Ambato, de 1949, la Junta de Reconstrucción abusó de los fondos destinados para este remediar los efectos de este acontecimiento.

Toda historia tiene un comienzo. Si bien en el prólogo del historiador Enrique Ayala Mora se afirma que corrupción hubo “desde los mismos orígenes; en la lucha entre Huáscar y Atahualpa, en el asesinato del primero y en la ‘criminal’ ejecución del segundo”, el libro arranca desde la Conquista y la Colonia.

Quizá sea por la distancia temporal, las páginas sobre este período y los primeros años de la República son las más interesantes. Ya se ha dicho: lo ocurrido desde el retorno de la democracia es demasiado fresco y todo indica que no hubo gobierno que no tuviera varios casos de corrupción.

Siempre será bueno remontarse a los orígenes. Conquistadores y colonizadores fueron corruptos. Pero puede decirse que en 1615 comenzó como algo institucionalizado con el presidente de la Audiencia de Quito, Antonio de Morga y Garay. Era promiscuo, como muchos en esos años y, a la vez, religioso. También fue un contrabandista. Sus excesos y abuso de poder llegaron hasta la Corona, que envió al sacerdote Juan de Mañozca para que lo investigara. Este ordenó la prisión de Morga y de otros. Al ser intemperante, se ganó la enemistad de las élites y de la Iglesia, que lograron, finalmente, que la misión fracasara.

La frase “robó, pero hizo obra” es algo que también se instala en la Colonia. Luis Muñoz de Guzmán, presidente de la Audiencia (1791-1797) fue acusado de tener en el abandono a la ciudad “y no refrenar a una plebe numerosa, la mayor parte de (ella) mestizos inclinados al ocio y la embriaguez, lo que provocaba que los nobles vivan en constante temor por tal causa”. ¿Acaso esto no es algo que se escucha hoy?

La Corona envía una misión clandestina para corroborar las denuncias: dos agentes secretos que no se conocían ni sabían de la existencia del otro. En sus conclusiones, afirman que “no era cierto que los gobernantes estuvieran rodeados por una turba criminosa, salvo la presencia de don Francisco de Calderón, ya difunto, ‘hombre de buen nacimiento, pero lleno de trampas y enredos (…) que, sin embargo, tuvo  de bueno el haber sido el único que se esmeró en la obra pública”.

El hombre que en este siglo ejerció una función con título universitario falso, tiene en la Colonia a sus ancestros. La venta de cargos públicos y de títulos era una costumbre -avalada, eso sí, por los monarcas-, ¿no es tan parecida a los diezmos de hoy? La compra de armamento inservible no solo se dio con los helicópteros Dhruv, ya ocurrió con las batallas por la independencia o tras la guerra de 1941 con Perú.

La petrolera Anglo desde 1919 recibió beneficios estatales y pagaba muy bajos impuestos.

También se puede leer los varios festines petroleros que hubo desde la presencia de Anglo Oilfield en 1919, hasta la concesión para la explotación a una empresa inexistente, Minas y Petróleo, que vendió lo que tenía a la Texaco-Gulf; con las vías de la comunicación, como trenes, carreteras; el riego y la vivienda, las constantes y sospechosas deudas internacionales, la colusión, el peculado, el aprovechamiento de las políticas públicas para beneficio personal; el rol de los bancos en el tiempo del Gran Cacao y el Feriado, la parranda de las élites, de los ricos nuevos; las triangulaciones, como ocurrió con la vergonzosa venta de la bandera. Y la lista sigue.

Con ‘Historia de la corrupción’ el lector se pone frente al espejo de la ecuatorianidad. Y da rabia. Pero es necesario leer este acierto investigativo de Javier Gomezjurado Zevallos, aunque duela, y mucho.