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Martes 03 de noviembre 2020

Pienso en Cuenca y solo puedo, ¡bendita circunstancia!, agradecer mis raíces: tuve abuelos nobilísimos en su comportamiento personal y social; amaron a su ciudad y le entregaron lo mejor de sí mismos.

Si cuenca es ‘cavidad en que está cada uno de los ojos’, y ‘territorio rodeado de alturas’; ¿cuál de estas definiciones cabe, sin artificio, a Cuenca? La primera es bella metáfora de cuánto y cómo vimos nuestro mundo. ¿‘Territorio rodeado de alturas’?: “El anillo de cerros y montañas que rodean la ciudad […] además de ser observatorios naturales, han constituido, desde la época cañari, santuarios de altura con restos arqueológicos poco explorados que deben redescubrirse: Monjas, Guagualzhumi, Ictocruz, Pachamama, El Verde, Boqueron, Turi, Cabogana, Huanacuri, Huishil, Ucholoma y, además del macizo del Cajas, cerros que a más de constituir miradores naturales, conservan evidencias de usos ancestrales”, (pero Eliana Bojorque y Mario Brazzero, arquitectos de la Universidad del Azuay, añaden a esa bella y vieja nomenclatura: “estos observatorios se encuentran en grave proceso de deterioro por el paulatino avance de la frontera urbana”).

Evoco la existencia de mi abuelo paterno, Octavio Cordero Palacios –Santa Rosa, el pueblo en que nació, en viaje de su madre, lleva hoy su nombre, y colegios y calles de Cuenca; conservo el sobre y la estampilla de cuando se emitió la colección con su efigie, en 1980-. Escribió textos históricos y literarios: ‘El quechua y el cañari, Contribución para la historia precuencana de las provincias azuayas’ fue premiado en 1924; Agustín Cueva T., en su semblanza sobre él, expresa: “Su fisonomía fue única. Su curiosidad, enciclopédica. Filósofo, humanista, ingeniero, matemático, literato, historiador, estadista… Hombre de pensamiento; competentísimo en problemas de economía y de técnica”… Cuando senador, y ocupado hacia 1916 del estado de los trabajos del ferrocarril Sibambe-Cuenca, sus cálculos ¡ahorraron al Ecuador muchos miles de dólares! En carta desde Quito a su esposa Victoria, escribe: “Si pudiera, y lo he de procurar, hacer el viaje de regreso en mula me contentaría mucho, porque solo así se viaja como hombre. El tal ferrocarril es una especie de cajón grande, en donde uno no va, sino que es expedido. Podrá ser un triunfo de la civilización, pero solo en asuntos mercantiles, por lo que toca a lo demás, es una salvajada”. Simón Espinosa, otro de sus nietos, le dedica su hermoso discurso de ingreso a la AEL, “La poesía de la ciencia” y cuenta: “A comienzos de 1930 estaba de muerte. Ante el asombro de quienes le rodean –escribe Víctor M. Albornoz- toma la pluma y con mano trémula traza el epitafio de su sepultura: Recomiendo a mis hijos que si hay una piedra para mi sepulcro, no se grabe allí mi nombre, sino esta estrofa: Si hiere.. hiere y hiere / De Dios la augusta mano, / ¿Qué hacer? Caer por tierra / Hundir la frente en ella, / Y recibir silente / Centella tras centella / El fuego todo y la ira / Del Rayo soberano”.