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Pedro, el abuelo que batalló cuatro meses por recuperar a su nieto

Pedro Valenzuela anhelaba llevarse los restos de su hija, pero ya estaba en malas condiciones de conservación. Foto: Movimiento de mujeres de El ORO

Su historia termina frente al mar de La Guaira. O más bien empieza allí, en esa costa venezolana donde está el principal puerto y aeropuerto de la nación, donde viven de la pesca y siembran fresas y duraznos.

Es la tierra que Pedro Valenzuela describe con esperanza tras recorrer 3 020 kilómetros desde la provincia ecuatoriana de El Oro con su nieto Joel -su nombre real está bajo reserva-. Volvieron a casa luego de cuatro meses de una lucha legal por la custodia del bebé.

Su hija, la madre de Joel, emigró en 2019. Emprendió una travesía entre Colombia, Ecuador y Perú, que a inicios de este año la llevó a Guayaquil, donde el niño nació y fue inscrito.

La crisis por el covid-19 la encaminó a Huaquillas, cantón fronterizo donde su viaje finalizó cruelmente. Gina Jara recuerda que el 26 de abril atendió una alerta de femicidio.

“Era una mujer de 23 años, fuertemente golpeada. Su rostro fue desfigurado”. Era Francheska. El lodo de un costado de la vía E25 cubría su cuerpo.

Poco antes salió sola de un antiguo paradero turístico que acoge a unos 250 migrantes cada mes. Allí dejó a Joel con una pareja que luego desapareció.

Jara es parte del Movimiento de Mujeres de El Oro, organización de defensa de derechos que dio soporte al caso. Ella contactó a la familia de Francheska por redes sociales y a la distancia les dio contención.

También por Internet difundieron la foto de quienes tuvieron a Joel por última vez. Un operativo entre Ecuador y Perú halló al niño en Lima el 3 de mayo y regresó a El Oro en brazos de un policía. Un juzgado lo entregó a una familia acogiente elegida por el MIES, que lo cuidó por cinco meses.

“Vine a luchar por él -decía Pedro en julio a un medio local-. Quiero llevármelo porque es parte de mí”, pidió llorando. Hasta ese momento no lo conocía pero le había comprado un chupón y un peluche con el que intentó ocultar el nerviosismo del primer encuentro.

Ese momento aún está grabado en Jara. “Cuando lo vio, don Pedro entró en llanto -rememora-. El apego fue inmediato; fue conmovedor”.

El 12 de junio Pedro llegó al país como un migrante más. Intentó hacerlo legalmente, pero las restricciones por la pandemia lo impidieron. En Ecuador encontró descanso y apoyo en el Centro de Atención Integral Rosa Vivar Arias, que atiende a víctimas de la violencia en Machala.

Rosa López, fundadora del Movimiento de Mujeres, lo acompañó hasta la frontera de regreso a casa. Antes, recuerda que uno de los momentos más duros fue en la morgue.

Don Pedro -como lo llaman- anhelaba llevarse los restos de su hija. Pero cuando estuvo unos minutos frente a ella supo que sería imposible. Las malas condiciones de conservación la dejaron irreconocible; su ataúd no cerró por completo.

Abogadas, sicólogas y trabajadoras sociales del movimiento estuvieron con él en un fugaz cortejo fúnebre hasta el cementerio de Machala, donde se cerró la bóveda de Francheska. La investigación por su femicidio sigue abierta.

El dolor de padre se aplacó y Pedro dejó que su cariño de abuelo lo condujera por un viacrucis legal que lo quebrantó. Pasó por pruebas de ADN, trámites consulares, informes psicosociales de su familia, audiencias que se dilataron…

“El proceso fue revictimizante y se invisibilizó el enfoque de movilidad humana”, dice Aimé Maza, una de las defensoras. “Queremos evitar que se vuelva a repetir”. La medida de protección fue favorable y el caso, para el equipo de activistas, deja un precedente.

La sentencia del 7 de octubre de la Unidad Judicial de Huaquillas dispuso la reinserción de Joel en el hogar de su abuelo. Por un año una institución venezolana deberá informar al juzgado “sobre su cuidado y la adaptación” al entorno familiar. También ordenó la comunicación permanente con la familia paterna, que fue identificada pero no acudió al juicio.

La despedida no fue fácil. El equipo de apoyo los acompañó hasta la puerta de un bus la noche del 21 de octubre, cuando empezaron un viaje de casi una semana de vuelta a La Guaira.

Allá la familia los esperaba. En las fotos que recibieron las mujeres del movimiento de El Oro se ve a Joel jugando junto al mar, en esa costa de clima cálido como les contó don Pedro, donde hay dulces de coco y majaretes.

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