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Pandemia, política, ciencia

En Ecuador ni políticos ni economistas se interesan por la investigación o por el saber

En Ecuador ni políticos ni economistas se interesan por la investigación o por el saber

En Ecuador ni políticos ni economistas se interesan por la investigación o por el saber

Por sí misma, la pandemia de covid-19 no conlleva un cambio del mundo de la vida, aunque se inscribe como metáfora en la transformación en curso desde finales de la II Guerra Mundial. La condición humana actual es un entramado de formas culturales, de procesos económicos, sociales y políticos diversos, de diferentes historias que se combinan y chocan para configurar el mundo global de hoy. La mundialización no comienza con la globalización económica neoliberal; es un destino de la humanidad cuando menos desde inicios de la modernidad (desde Vasco da Gama y Colón). Ha tenido ritmos de aceleración creciente, sobre todo los vinculados con las revoluciones técnicas.

Walter Benjamin supo ver que cada “documento” de cultura era al mismo tiempo documento de barbarie. La bomba lanzada sobre Hiroshima es signo de una época emergente: del cumplimiento de la occidentalización del mundo, del vertiginoso desarrollo tecnológico vinculado a la energía atómica, la cibernética, la biología molecular, la electrónica, las nanotecnologías. Un período en que la expansión de instrumentos analógicos, primero, y luego digitales, revolucionaron la comunicación.

Individuos, grupos sociales y pueblos vivimos inmersos en múltiples interacciones económicas, políticas y culturales que son solo posibles gracias al lenguaje humano. Sin palabras no habría pensamiento; no habría reflexión sobre lo que acontece en el entorno, ni memoria ni expectativas sobre el futuro. El fluir del tiempo es condición de la existencia. Ese fluir se articula en el presente, en lo que somos o creemos ser, en los modos de referirnos a los otros a través de creencias, sean estas religiosas o éticas, o concepciones económicas y políticas.

Asimismo, en toda actividad humana interviene la técnica. El lenguaje es también técnica. La historia de la humanidad puede verse como un desarrollo técnico constantemente acelerado. Las técnicas combinan conocimientos y experiencias acerca de lo que llamamos naturaleza, que no es algo exterior a lo humano, puesto que el hombre es parte de ella, en unidad con el resto de los seres. Esa unidad e inserción en la naturaleza implican diferencia, relación recíproca y conflicto permanentes.

La representación de la naturaleza y de la vida que se comparte en grupo o sociedad, en su constante devenir, genera conocimientos con base en la experiencia, y a la vez representaciones imaginarias sin las cuales no serían posibles ni la organización de la vida social ni la interacción con los entornos naturales. Así se constituye lo que llamamos mundo. Podemos denominar ‘saber’ a las formas de comprensión que las sociedades o grupos tienen de sus mundos. En el saber se combinan conocimientos y creencias.

Ciencias y técnicas

Las ciencias son formas de saber más sistemáticas, que tienden a la universalidad. Se desarrollan en comunidades científicas hoy mundializadas, que trabajan con reglas y protocolos especializados (por caso, la publicación de resultados en revistas científicas). Ese es el mundo de físicos, matemáticos, biólogos o químicos. Su conocimiento no depende de nacionalidades o etnias, ni de creencias religiosas o políticas.

El conocimiento del virus que ocasiona el covid-19 es un ejemplo reciente del trabajo científico. ¿Quiénes entienden la fórmula de su genoma? Una pequeña minoría, aunque su valor es universal. Ese y otros conocimientos hacen posible que se emprendan investigaciones tecnológicas en procura de vacunas y medicamentos. La medicina es un campo técnico que, en nuestra época, se sustenta en bases científicas; no obstante, se mantienen técnicas médicas basadas en saberes precientíficos (sin sentido peyorativo alguno), que pueden tener efectos curativos. La medicina nació vinculada a la magia.
Las técnicas, esto es, los instrumentos y las reglas de su uso, combinan posibilidades benéficas (de curación) o nocivas (de destrucción). El filósofo francés Bernard Stiegler ha recuperado una palabra griega para señalar esa condición de la técnica: fármaco (pharmakon). Un medicamento suele ser a la vez curativo y tóxico. Así, la técnica actual posibilita la extensión de la vida humana o la comunicación “en tiempo real” con personas que están a miles de kilómetros de distancia, y a la vez su uso irracional ocasiona efectos perversos, como las falsas noticias y la influencia en decisiones políticas o en el consumo de objetos innecesarios y contaminantes.

No es posible enfrentar los problemas globales como el cambio climático o la contaminación del ambiente sin recurrir a las tecno-ciencias. Por ello, los pueblos que viven en la Amazonía, por desgracia, ya no se pueden proteger a sí mismos ni salvar a la selva con sus modos de vida y sus saberes. Es justo y necesario luchar por su defensa, es pertinente atender a su cultura en búsqueda de sabiduría, de modos de vivir haciendo el menor mal posible a otros seres. Pero enfrentar su situación como parte de la crisis actual implica acciones globales. Es ahí donde se percibe la urgencia de nuevas formas políticas; también económicas, sociales y culturales.

Medicalización de la política: la salud

Impresiona la velocidad de los desarrollos tecno-científicos contemporáneos. En pocas semanas se conocía ya el genoma del SARS-CoV-2. Se conoce bastante sobre la expansión y patología del covid-19, pero queda por indagar una serie de cuestiones importantes. Ahora bien, la salud es asunto de la política, no es solo una cuestión de técnicas médicas. Depende de los sistemas de salud, de hospitales y otros establecimientos, de la formación e inserción de médicos y otros profesionales, de las poblaciones que son aseguradas, de las regulaciones para la prevención, de la provisión de medicamentos. Los sistemas de invención, producción y comercialización de medicamentos e instrumentos dependen de la política económica y del interés de corporaciones estatales o multinacionales. Salud y enfermedad no son meros estados físicos o fisiológicos, sino que son concepciones y prácticas que dependen del saber, de las creencias, de la política y la economía. (Me permito recomendar el libro de Juan Cuvi,‘Curar y someter. Modelo biomédico y cultura política en el Ecuador’).

Durante semanas, la política se redujo al manejo de la pandemia. Ha habido distintas respuestas de los gobiernos, que tienen que ver con la forma de régimen político, con la estructura de los servicios públicos de salud o la disposición de instrumentos técnicos, pero también con las diferencias culturales. Es prácticamente imposible que los epidemiólogos puedan establecer con certeza las medidas más convenientes para enfrentarla.
Sin embargo, se ha recurrido a la ‘medicalización’ de la política. Inquieta la apelación sistemática al terror ante la muerte que se ha difundido. A nombre de la seguridad se recurre al uso de mecanismos que pueden derivar en la exacerbación del control de la vida de las personas, profundizando con ello formas autoritarias de gobierno y restricción de libertades. No es verdad que la pandemia nos iguala a todos. Hay una amenaza latente en el uso de dispositivos de control del movimiento de las personas que se proponen, y que podrían trasladarse al control policial autoritario. La pandemia ha servido luego para descargar sobre las poblaciones el peso de la crisis económica, que no ha sido causada solo por el covid-19.

Ciencia, política, economía

La política, aun la ‘medicalizada’, se supedita a la economía. Se advierte el entramado de intereses en la disputa por la hegemonía mundial entre China y Estados Unidos, en el consiguiente retroceso de Europa y el estancamiento de los países ‘emergentes’. Se lo advierte en la disputa en torno a la OMS o en el control de la investigación encaminada a la producción de vacunas y medicamentos.

Las decisiones políticas las toman los aparatos tecnocráticos de gobierno, sean estos “autoritarios” o “democráticos”. El destino de las tecno-ciencias o del conocimiento depende de los intereses dominantes en el campo económico, y también de la dirección que toma la política. Por ello las inversiones en ciencia y tecnología se concentran hoy en el covid-19, no tanto porque haya que salvar de un hipotético holocausto a la población humana mundial (7 700 millones), sino porque es un muy buen negocio. Pero al mismo tiempo otros objetos de investigación quedan relegados. En nombre de la economía, en todas partes se recortan presupuestos para múltiples investigaciones que podrían ser útiles para combatir el hambre o enfermedades endémicas de pueblos de África o América Latina, o para frenar o paliar los efectos catastróficos del cambio climático.

Los conocimientos científico-técnicos son resultado de una actividad colectiva mundial que, sin embargo, queda subordinada a políticas que supeditan el interés general a los intereses corporativos (estatales o privados, es igual)… Es notorio que en el Ecuador ni políticos ni economistas se interesan por la investigación científica o por el saber.
*Filósofo, escritor.

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