Marco Antonio Rodríguez

Paco Tobar y su palabra

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Viernes 24 de julio 2020

Trashumante contumaz, no solo de lugares sino de los demás y de él mismo. Solo. Imperioso. Obstinado. Caminó indemne ante las inclemencias que le deparó la vida o que él las labró con sus manos. Genio y figura. Caballero de otro tiempo extraviado en el nuestro. Noble (el único noble es quien se arriesga sin temor a equivocarse).

Joven y jovial, no conoció la vejez, conversador deslumbrante, su radiante calva embozaba un cerebro loco y genial (nuestra santurrona sociedad le endilgó aquello de Loco para disminuirlo, sin reparar en que le concedía histórico elogio), creador incesante; escribió teatro, ensayo, narrativa, poesía, periodismo… Un duende díscolo y burlón, indómito y angustiado, revolotea por su escritura.

Francisco Tobar García (Quito, 1928 - Guayaquil, 1997) amó y odió su ciudad de origen. “Viajar, perder países”, aquello de Pessoa calza para él. Caminar por el mundo, ser y estar en su tiempo y en el que vendrá, horizonte imposible. Celebrar poesía, adentrarse a tumba abierta en la realidad, perseguir con desazón y alborozo un sitio propio, fugar y volver de esa pasión extrema que puede ser el amor, acumular tempestades, interiorizar a sus muertos, rebelarse ante la grisura de la vida y la nostalgia del desarraigado.

“… soy ese sacerdote que ya no puede descansar./ el oficiante de la Poesía/”, anunciación de un camino sin retorno. El poeta seguirá trabajando la palabra para llegar a ella. Comedias de humor corrosivo, abdica de sus ancestros anclados en un pasado rancio para edificar un universo habitado por los fantasmas de su niñez y adolescencia. La Unesco declaró su obra “En los ojos vacíos de la gente” Patrimonio artístico de la humanidad.

“Señor…/ …he hundido mis manos en tus llagas:/ y, sin embargo,/ no seguiré tu huella”. Rebelión y consigna. Dios, la eternidad, el tiempo, el amor, la vida y la muerte: la arcilla con que erige Tobar García su poética. Si su dramaturgia es adensada en los cánones de la tragedia griega, su poesía se ancla en el existencialismo.

El poeta es una criatura desobediente y hostigadora, opuesta a la “normalidad”, al mundo de políticas, empresas, profesiones, consumo, tecnologías, al “deber ser”. No propone nada. No requiere del bien para ser. Interactúa con el mal porque se basta a sí misma. “Nadie quiere esta suerte de sosiego,/ lucharé hasta que mi alma seca/ huya por una herida clamorosa,/ el odio en media frente”.

Minero del amor, Tobar García vivió sumido en sus dos vertientes: júbilo y daño. “¿Entonces –averigua–, el amor es esa gota de lluvia que traspasa la piedra/ que fija, borra y el cincel despedaza?” Y testimonia: “Hoy el gozo es dolor, ¡quede la llama en saliva, latiendo!/ rumor era su cuerpo/ de hojas que ha hollado, temeroso el amante…/…la mano palpa, entonces, abandono”. Nimbado de humo, veo a Paco riéndose –Mefistófeles de esa otra creación que fue su vida– por el olvido que cubre su memorable palabra.