Grace Jaramillo

Universo paralelo

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Domingo 20 de septiembre 2020

Es el 25 de mayo de 2017. Rafael Correa Delgado se despide del país para residir definitivamente en Bélgica y, finalmente, dedicarse a escribir su primera monografía propiamente académica. Una multitud le despide en el aeropuerto Mariscal Sucre en las afueras de Quito. Su verdadera vocación de izquierda motivó dos reformas transformativas para el país usando cada centavo disponible del boom petrolero durante sus años de gobierno: diseñó e implementó un sistema de salud universal, donde ya nadie tenía que pagar seguros adicionales, donde todos tenían acceso a salud de calidad y gratuita, con tantas unidades de terapia intensiva como en Alemania y; revolucionó el sistema de educación que la clase media masivamente empezó a inscribir a sus hijos en escuelas públicas. Hasta para el más humilde de los niños del Ecuador, estaba ya disponible y financiada una educación de calidad, con tablets, internet gratuito y capacitación docente para lograr excelentes notas en los exámenes PISA y con la meta visible de que todas las escuelas públicas sean completamente bilingües o trilingües (quichua incluido) hasta el año 2025. Ese dinero extraordinario del boom se lo utilizó para incorporar a los más pobres y vulnerables del Ecuador a la clase media, otorgándoles igualdad de oportunidades. Y aunque no tuvo tiempo ni excedentes para crear universidades innecesarias ni embarcarse en proyectos faraónicos, sí se preocupó porque el presupuesto alcance para financiar investigación de calidad en las universidades ya existentes, especialmente en las politécnicas ecuatorianas, ya cercanas a la excelencia. Todo lo contrario, se preocupó por incrementar el fondo petrolero de emergencias; tanto, que esta pandemia el gobierno pudo dar un seguro mínimo universal de desempleo a las familias más afectadas.

Después de 10 años de mandato en los que se preocupó de unir al país, de garantizar el respeto a todas las minorías, especialmente a los pueblos indígenas y afrodescendientes, sentándolos a una mesa permanente de diálogo y respetando su autonomía; después de haber tenido una excelente relación con la prensa que lo llevó a usar cada uno de los casos de periodismo investigativo en su lucha interna contra la corrupción, el país le está agradecido. No imitó el famoso “mecanismo” tan común en América Latina de financiar partido propio y campañas electorales con dineros de contratistas, inflando cuanta obra pública se hacía. 

Aquél 25 de mayo, decidió retirarse de la vida política del país, consciente de que todo mandatario -sea de izquierda o derecha- es un huésped indeseable tras una década seguida en el poder. Dejó que su movimiento se convierta en un partido político sólido, capaz de formar cuadros que lo sucedan y superen. No da declaraciones públicas para borrar cualquier legado del caudillismo mesiánico que tanto mal le ha hecho a América Latina. Sobra decir que nada de esto pasó. Otra historia es la que le tocó vivir al Ecuador.