Grace Jaramillo

22 años

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Domingo 27 de diciembre 2020

Desde que estaba en la secundaria, tenía grandes planes para estudiar afuera del Ecuador. Pero para la clase media en los años 90s esto era una verdadera quimera sin contactos o palancas adecuadas, en los lugares adecuados. Quienes trabajan en el Instituto Ecuatoriano de Crédito Educativo y Becas así lo reconocían y cuando algún amigo recomendó las becas Fulbright, terminó su frase con el usual “ojalá tengas algún amigo ahí”. En 1998, la esperanza llegó para mí cuando Susana Cabeza de Vaca asumió la dirección ejecutiva de la Comisión Fulbright. Había tomado su clase de Etica Profesional en la Universidad San Francisco y estaba segura de que su enfoque en el manejo de las becas de la Comisión sería absolutamente transparente.

La realidad superó mis expectativas. Susana transformó completamente la Comisión Fulbright Ecuador para bien. No sólo que la asignación de becas era transparente, con paneles y mecanismos claros de asignación, sino que hizo esfuerzos increíbles para maximizar la ayuda y el número de becas asignadas, incluyendo la creación del programa de inglés y ferias educativas internacionales, porque el financiamiento estadounidense sólo permitía un número muy pequeño de beneficiarios cada año.

Pero lo más importante de su gestión fue que entendió –como pocos en el país- las grandes inequidades existentes y el camino cuesta arriba que era conseguir una beca de posgrado para ecuatorianos de escasos recursos que estudiaron en escuelas no bilingües. Durante mi posgrado, conocí a un compatriota brillante en Pittsburgh, que había pasado todo tipo de penurias para poder estudiar un doctorado en Estudios culturales. Era indígena, venía de una escuela unidocente y cuando le mencioné el programa Fulbright me dijo que ni siquiera hubiera aspirado a aplicar, por su deficiente inglés. Cuando escribí al programa Fulbright en Washington y Ecuador sobre ampliar el programa para ayudar a casos como éste, Susana fue la primera en responder. Se preocupó porque las sucesivas generaciones de becarios provengan de todas las provincias del país, de todas las experiencias educativas posibles, ayudando con clases de inglés o entrenamiento para pruebas de proeficiencia si era necesario.

Más de 1.000 ecuatorianos obtuvieron las becas Fulbright durante sus 22 años de gestión. Las becas han beneficiado especialmente a la universidad pública ecuatoriana. Sólo en la Universidad Central, nueve profesores fueron becarios en los últimos seis años.

Ahora que termina su gestión, los becarios y ex becarios estaríamos en deuda si no reconociéramos que su trabajo siempre iba más allá de una buena gestión administrativa. La atención y afecto de Susana por los becarios se volvió legendarios. No era solamente la directora, era la madre putativa de quienes viajaban a Estados Unidos por primera vez a estudiar y tenían que enfrentar problemas de todo tipo para ajustarse. La Comisión Fulbright del Ecuador está perdiendo a una gran gestora educativa, con una inigualable ética de trabajo y sacrificio.