Marco Antonio Rodríguez

Las manos de Gonzalo Meneses

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Martes 10 de noviembre 2020

Hay manos que aran y otras que oran. Manos que exaltan y denigran, las de los abrazos y las de los adioses. Manos que se cruzan como ríos. Manos que recorren el cuerpo del ser amado grabando los murmullos de su sangre; manos cobardes que traicionan y callan. Manos que mienten, celan o fingen. Manos que acarician o castigan, que rastrean, ávidas, voraces, pero al alcanzar el trofeo codiciado vuelan. Son las manos de la insatisfacción en pos de lo imposible: amor, felicidad, verdad, eternidad, arte: caminos sin finales.

Imaginar quietas las manos de Gonzalo Meneses (Quito, 1951) es imposible. Desde que descubrieron en los cachivaches de la abuela los objetos más insólitos para su creación y develó las deformaciones del uso, las manos de este artista han estado en movimiento perpetuo. Enigma y embrujo. Vida consumida y renacida. Vestigios de lo que fue o pudo ser y rescate de sus sentidos. Hubo años de silencio, en los cuales su arte se replegó en el mundo de sus sueños, su ánima, y sus manos vagaron sin pausa, buscando rodelas, estoperoles, tuercas, dedales, aldabas, botones, manecillas, tornillos, cuerdas, esferas, todas las minucias inservibles asoladas por la edad, que son sus herramientas de trabajo, para luego plasmarlas en la de engranajes artísticos. ¿Cómo fusionarlas? ¿De qué manera integrarlas para tornarlas obras de arte? ¿Qué puntos de equilibrio hallar para fundarlas en pequeñas grandes esculturas? ¿Qué intersticios descubrir en el incinerado corazón de piezas inútiles para resucitarlas e insuflarlas de vida renacida?
Nada es fácil en la creación de Meneses. Imaginemos un picaporte artrítico, con torceduras y rugosidades que sugieren pies y piernas, para luego superponerle otros elementos y convertirlo en uno de esos seres tiernos, sensitivos, grávidos de poesía que pueblan su universo artístico.

Meneses llama a su obra Miniaturismo compositivo. Aleación ideal de saberes y sensibilidad. Conocerse a sí mismo vuelve hermoso a quien lo consigue, porque identifica sus deseos. Cuando desea el ser humano es bello. Y el deseo es el principio de todo arte. Meneses convierte en arte los desperdicios y su propuesta arroja interrogantes, nunca respuestas. Aquello que para nosotros es propio para echar en un basural o para reciclar —hemos depredado tanto la naturaleza que vivimos la era de la transfiguración— él lo convierte en arte.

Nimias esculturas construidas por un cerebro y un corazón de poeta. Asombro y prodigio. Alborozo y expiación. Osadía y perdón. Vale más el anhelo que el logro anhelado, eso es amor; desde este principio emerge la sabia y bella obra escultórica de Meneses. Y allí seguirá, con su apariencia de sacerdote medieval, mitad santo, mitad juglar (el santo medita y cree, el juglar retoza y seduce), consciente que el arte es ‘puro juego/ que es igual a pura vida/ que es igual a puro fuego’, solo así mantiene su luz encendida: llama viva que obnubila y purifica.