Bancos comunales son un soporte para 6 000 familias …
Calles y Asamblea, las dos vías de las movilizaciones
Los vacunados con Sinovac afrontan más limitaciones …
Ecuatorianos laboran bajo 42 tipos de contrato
Evaluación ciudadana, clave en cobro de tasa de segu…
En plena audiencia, un niño le pide al Papa su solideo
Informe acusa a Bolsonaro de agravar la pandemia por…
Trump anuncia lanzamiento de su propia empresa mediá…

Álvaro Alemán: ‘El deporte nos relaciona con los distintos’

Álvaro Alemán es doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Florida. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

La vida intelectual de Álvaro Alemán ha estado acompañada de una intensa práctica deportiva. Esta faceta poco conocida para sus lectores incluye varios reconocimientos destacados, entre ellos el de vicecampeón suda­mericano de básquet interclubes.

¿En algún momento soñó con jugar en la NBA?

Para nada. Era claro que la capacidad atlética de los jugadores de la NBA superaba con creces a la de cualquier otra liga del mundo. Mi aspiración siempre fue jugar en la Selección del Ecuador. En los textos que he escrito sobre baloncesto he apuntado que previo al momento de la globalización existían identidades regionales marcadas. Con el paso del tiempo, esas diferencias fueron desapareciendo y esa es una de las cosas que más lamento. En mi tiempo, la imaginación era importante en la práctica deportiva, uno salía a la cancha con sus amigos a inventar, no había una forma estandarizada de juego.

¿En qué momento nació su vínculo con el baloncesto?

Mi padre era diplomático y por eso con mi familia vivimos en distintos lugares. Cuando estaba en quinto grado estábamos en Nueva York, que en ese momento era la meca del baloncesto mundial. Yo era una persona retraída. Recuerdo que mi padre un día me llevó, un poco a la fuerza, al parque. Al poco tiempo comencé a vincu­larme con otras personas y luego a jugar básquet. Puedo dar testimonio de que la lectura también puede ser un mecanismo de aislamiento. El deporte, al menos el colectivo, es todo lo contrario. Es un mecanismo de socialización. También me gustaba jugar fútbol americano y béisbol.

¿Y con las pesas?

Quería ayudar al hijo de un compadre para que se ganara una beca jugando baloncesto universitario en Estados Unidos. Lo que había aprendido con lecturas, de forma empírica y en conversaciones con entrenadores de diferentes deportes era insuficiente para que él tuviese una preparación más moderna, así que acudí a un amigo y me recomendó que hablara con José Llerena. Él comenzó a entrenarlo en levantamiento olímpico de pesas. Un poco de curioso, y para poner ejemplo también, me metí a entrenarme. Ahí me contó del proyecto que tenía con su hermano de entrenar a jóvenes talentos y me habló de una chica que en menos de un año había logrado todos los récords nacionales, esa joven era Neisi Dajomes.

¿Qué recuerda de sus primeros encuentros con Dajomes?

Neisi fue la única que quedó de un grupo considerable de niños y niñas que fue parte del proyecto. Al inicio no hubo mucha cercanía. Cuando estábamos en el gimnasio ellos se burlaban de nosotros, pero con el tiempo nos hicimos más cercanos. No supe lo que era entrenarse de verdad hasta que vi a estos chicos hacer sentadillas con 100 kilos en el lomo. Estos niños no tenían miedo de nada.

En la biografía sobre Dajomes cuenta que de alguna forma ella se convirtió en su maestra.

Mi problema en el levantamiento de pesas es que había perdido toda mi flexibilidad. Y en contra de lo que la gente piensa, este deporte requiere extremos de flexibilidad en todas las coyunturas. En ese sentido, Neisi es hiperflexible, entonces le pedí ayuda. Ella me corregía y me enseñó a hacer algunas cosas en levantamiento de pesas; además, me ayudó a usar el celular. Cuando llegaron los teléfonos inteligentes me resistí a usarlos como ordenadores. Mis hijas y mi esposa perdieron la paciencia, pero Neisi no; gracias a ella aprendí a usar Whatsapp. Tuvimos un intercambio interesante de conocimientos.

¿En qué medida el deporte se puede convertir en una metáfora para nuestra sociedad?

La metáfora que más acogida tiene en los medios masivos y en el imaginario colectivo es la del deporte como superación personal. El problema es que en esa visión prima la noción del individualismo; en el que uno surge y todos los demás quedan atrás. Pero también está la metáfora del deporte como mecanismo de integración social. Lo que más valoro de mi experiencia deportiva es que me permitió entrar en contacto con personas de otra condición social, económica, racial y cultural. Para mí, el deporte tiene esta posibilidad de relacionarnos con los distintos a nosotros.

La editora del libro es su hermana Gabriela, con la que ha mostrado tener una relación cercana, ¿siempre fue así?

No siempre fue así. Tengo que decir que lamentablemente adopté malos hábitos y prejuicios, entre ellos un machismo marcado. De niño eso me llevó a subestimar a mi hermana, con todo el cariño que le tenía, solo por el hecho de ser mujer. Todo esto cambió con el paso del tiempo y con la educación que recibí de mujeres deportistas, como Neisi, que me enseñaron el terrible error de subestimar a las mujeres y a sus capacidades. Mi hermana también fue basquetbolista, y yo tenía esta idea de que el deporte femenino era menos importante que el masculino. Son cosas que espero haber purgado de mi sistema, aunque sé que es una pelea que uno tiene que seguir luchando. Nos acercamos por las letras, donde las diferencias o los prejuicios eran menos fuertes.

Con su hermana crearon la Editorial El Fakir. ¿Cuál es su vínculo con César Dávila Andrade?

Para mí, César Dávila Andrade es la figura literaria más importante de la historia del Ecuador. Es un autor que ha sido considerado mayoritariamente como poeta indigenista, pero su obra es difícil de encasillar. Lo que él hace no es propiamente ni poesía ni prosa. Su poesía es prosaica y su prosa es poética. Una de las cosas que hizo es desafiar las divisiones de los géneros literarios. Es la culminación de una tendencia en las letras ecuatorianas de inicios del siglo XX, que no ha sido lo suficientemente ponderada, la de la decadencia. La decadencia, como fuerza discursiva, atraviesa toda nuestra producción cultural.

Presentó una ponencia sobre la invectiva, ¿por qué la defiende?

Me interesa introducir la invectiva como un mecanismo cívico. La mayoría de insultos son reflejos condicionados de una cultura racista, xenófoba y misógina. El insulto irreflexivo es el resultado directo del prejuicio colectivo. Creo que uno de los mecanismos más valiosos para la formación cívica y política de las personas es la confrontación de posturas ideológicas contrapuestas.

Trayectoria

Es doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Florida; miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; fundador de la editorial El Fakir; docente e investigador de la Universidad San Francisco de Quito. Entre sus intereses se destaca la literatura e historia ecuatoriana de los siglos XIX y XX, la historia del deporte y la cultura de masas.

Suplementos digitales