Grace Jaramillo

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Había preferido ignorar el tema de la elección de la canciller María Fernanda Espinosa a la Presidencia de la Asamblea de Naciones Unidas por mezquino. Se trataba (y se sigue tratando) de un capricho personal que sólo mejora el currículo vitae presente y futuro de la Canciller, con más costos que beneficios para el Ecuador. Un Presidente de la Asamblea General ejerce su cargo por apenas un año y su única misión es dirigir las sesiones del período permanente, coordinar y canalizar agendas, recibir delegaciones y resolver problemas. Para entusiastas desinformados o ambiciosos, puede parecer que gobiernan desde allí el mundo, pero nada más lejano. En el escenario actual cualquier país en sus cabales hubiera incluso cedido el honor si le tocaba, para no jugar el juego de Putin y su alianza autoritaria ó del agresivo distractor Trump y los juegos de la reforma al Consejo de Seguridad.

Pero tal vez, éste es precisamente el juego. Después de todo, las estrellas se han juntado a su favor. Una reforma al reglamento permitió en este año una elección abierta (en el pasado los nominados de área geográfica eran elegidos por unanimidad, respetando el principio no escrito de no repetición). Además, tenía la inconmensurable ayuda de avión presidencial y presupuesto a su albedrío, y a la hija del presidente Moreno como su jefe de campaña en Nueva York. Y, la candidata hondureña fue prácticamente su regalo de cumpleaños: estaba haciendo aguas desde hace rato y el viernes el mundo supo que no puede siquiera articular bien sus ideas. Su mérito es ser hija del ex presidente hondureño Carlos Flores y como imaginarán, el actual gobierno no tiene otra opción que apoyarla sin entusiasmo.

No cabe duda de que Espinosa ganará. Su retórica fue homérica y exquisitamente trilingüe. Bien por ella. Pero lo que importa a todos es el Ecuador. Su candidatura convirtió al Ecuador en manzana de la discordia del Grupo Latinoamericano (Grulac) de la ONU, por primera vez en la historia por un tema menor. Ganará sin el apoyo unánime de su propia región, apenas unos meses después de haber hecho méritos para que se rompa Unasur; ganará privilegiando la agenda de Venezuela, Nicaragua y los autoritarios. Es la única canciller en la historia que sigue en su cargo después de que la mitad de los países con los que tiene que negociar no cree en su palabra. Y éste es el punto clave, sin credibilidad, nadie puede representar un país.

Es el momento de que Lenin recapacite y haga una política exterior que defienda los intereses nacionales y el desarrollo y no en marketing exterior de su gobierno, de su partido o de sus líderes máximos como en los últimos años. La crisis de la frontera demostró que el Ecuador no puede perder ni un solo minuto o centavo en veleidades personales. El Ecuador necesita un canciller no sólo que sepa de relaciones internacionales que pueda prestar el 150% de su atención a ello.