Inscripción de candidatos con enredos y atajos

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Jueves 12 de noviembre 2020

El registro, inscripción, aprobación, impugnación y revalidación de candidaturas, tras unas primarias simuladas, es un complejo entramado urdido en el Código de la Democracia.

Lo lograron. Cuando los legisladores quieren enredar algo hacen una extensa ley. Si lo quieren enredar más, le confieren la elevada jerarquía de ley orgánica. Tal es el caso.

Vistos los procedimientos que ordena la puntillosa Ley que lleva el nombre rimbombante de Código de la Democracia, asistimos a la compleja trama urdida desde los espacios de poder compartido. Y la gente mira todo desde la vereda del frente.

Así llevamos meses de noticias, y procedimientos cada cual más leguleyo y de espesa tramitología, para inscribir a los candidatos presidenciales para las elecciones 2021.

Primero, las famosas primarias. La verdad es que en medio de la pandemia resulta difícil saber - acaso jamás lo sabremos- si las tiendas políticas hicieron elecciones primarias o algo parecido. Toca creer en su buena fe.

Unos acudieron a la representación de dirigencias y autoridades y difícilmente sabremos si los militantes votaron por un precandidato.

Luego llegó la inscripción personalísima -hasta lo hicieron ‘tablets’ en mano- y el proceso de verificación de los datos y su veracidad. Llegaron las aprobaciones, las inscripciones y las impugnaciones. Pero en un ambiente de falta de rigurosidad.

La Contraloría había decapitado a un cuarteto de fuerzas políticas con muchas firmas y pocos votos, como siempre. Pero ellos llegaron a las instancias que les da la Ley y en la máxima autoridad del Contencioso Electoral, para resucitar.

Ese es otro problema que una reforma debiera corregir. Partidos y movimientos con millones de firmas para ser aprobados y con un puñado de votos a la hora de abrir las urnas.

Ahora la norma es que si un candidato es descalificado puede enseguida el partido o movimiento inscribir a otro, incluso un extraño a la tienda política, sin que haya pasado por el tamiz, aunque sea simulado, de las elecciones primarias.

Dicho sujeto entra a la carrera electoral, se sitúa en la línea de partida. El pueblo paga con sus impuestos la campaña y el baño de popularidad del ciudadano puesto a dedo. No es algo muy democrático que digamos.