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La matriz productiva

El cambio del sistema productivo ecuatoriano de una matriz primaria-exportadora (petróleo, cacao, banano, camarón, flores, etc.) hacia una matriz productiva centrada en el conocimiento y la tecnología ha sido uno de los objetivos permanentes desde el comienzo de la explotación del oro negro. Sin embargo, la transformación productiva es un proceso complejo, multidimensional y moldeador de toda la sociedad, ya que a través de la configuración de un nuevo sistema productivo se articulan las políticas laborales, las decisiones de inversión y se modifica la interacción social. Por ende, es imprescindible pasar de la retórica, el marketing y los planes aislados acerca del tan mentado cambio de matriz productiva hacia un debate profundo con el pueblo que poco o nada conoce de este proyecto tan necesario para el futuro. Acaso se ha informado ¿cuáles son los ámbitos productivos a los que se dará preeminencia?, ¿qué sectores tradicionales serán desplazados?, ¿Están las ventajas competitivas del Ecuador enfocadas en el cambio productivo?, el cambio de la matriz productiva no se lo realiza a través de publicistas, sino tomando decisiones estratégicas y muchas veces dolorosas legitimadas por el pueblo.

La matriz productiva

Hasta hoy, por centenares de años cargamos el modelo primario exportador. Algún producto de la tierra ha sido el eje de la economía. Por esta razón nuestra historia económica desde la Colonia podría periodizarse así: primer boom cacaotero (1785-1840), segundo boom cacaotero (1870-1920), boom bananero (1950-1970) y periodo petrolero (1972-2013).

Este modelo ha sido definido como perverso para nuestro avance. Frágil e inequitativo (concentra la riqueza en pocos y expande la pobreza en muchos), ha frenado el desarrollo y acentuado el estancamiento y dependencia respecto de las economías más fuertes e industrializadas del planeta.

La revolución ciudadana se ha comprometido en reemplazarlo. Este proceso se lo denomina “cambio de la matriz productiva”. De lograrlo significaría un triunfo de quilates históricos. Un salto gigante para el país. La pregunta de fondo es ¿podrá conseguirlo? Esperemos que sí. Sin embargo, factores adversos ensombrecen y dificultan el cambio.

Una transformación de semejantes dimensiones requiere, entre otros elementos, de un proyecto con conceptos claros, metas y políticas pertinentes y obviamente de voluntad política traducida en fuerzas sociales que lo empujen.

El concepto de hacia dónde nos conduce la “nueva matriz productiva” no es una definición tecnocrática elaborada en un escritorio de la Vicepresidencia a la que debemos obedecer. Debería ser una construcción social, técnica y política, facilitada por el Gobierno, dotada de una mirada crítica del pasado, de una lectura de la compleja contemporaneidad y de una aguda visión prospectiva. Este ejercicio deliberante no se lo ha realizado.

¿Hubo en nuestra historia algún intento de superar el modelo primario exportador? Sí, pero fracasó. Sobre él se conoce poco por lo que existe un alto riesgo de repetir sus errores. Hablando del presente: ¿sabemos a cabalidad nuestras fortalezas y debilidades? ¿La minería será la plataforma económica y ética del nuevo modelo? ¿Tenemos idea de cómo deberá ser diseñada y ejecutada la “nueva matriz productiva” de cara a un mundo global dominado por un recreado capitalismo que se basa en una sociedad hiperconsumista, que impone a la conducta humana y a las economías la velocidad, el exceso y el despilfarro? Hay voluntad política para el cambio de modelo, pero concentrada en el Presidente. Esto no es suficiente. La voluntad debe ser colectiva para constituirse en fuerza histórica. No es un tema de publicidad. Es un esfuerzo de apertura que sume y sacuda a unas universidades embobadas llenando formularios, a unos sectores productivos en su mayoría rentistas y sin espíritu empresarial (contentos con el viejo modelo), a una sociedad atomizada, a unos medios apocados y a unos políticos fantasmas. Si no se suma, oportunidad perdida.