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Padre de joven atropellado: ‘Hice de detective para aclarar lo de mi hijo’

Gonzalo Jaramillo llegó con la foto de su hijo a la av. Perimetral, vía a Samborondón, en donde Santiago falleció. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Testimonio de Gonzalo Jaramillo, padre de Santiago, quien murió tras ser atropellado

‘Nueve meses han pasado desde que sepulté a mi hijo Santiago y recuerdo claramente ese fatídico 17 de agosto del 2020. Eran cerca de las 22:00, cuando una camioneta lo atropelló en la vía a Samborondón (Guayas). Dos horas antes se había despedido de mí como todas las noches. Me dijo ‘ya vengo papi, voy a entrenar un rato’.

Me agarró de la cabeza, me besó y salió con su bicicleta. Estaba feliz. Después de eso verlo tirado sobre el pavimento fue terrible. Su cuerpo estaba al filo de la avenida. Su casco se había roto. Solo recuerdo que grité y me puse a llorar. Le pedía que se levantara, pero ya no tenía vida. Se había ido.

Un taxista que estaba en el lugar me dijo que vio todo. Me contó que mi Santiago iba al lado derecho con otro amigo y que de repente apareció la camioneta y los arrolló por detrás. Mi hijo había volado 30 metros y el conductor huyó.

Pero el taxista tenía las placas del carro. Desde ese instante me propuse encontrar al responsable. La Policía y la Fiscalía tienen un expediente judicial con más de 1 000 hojas.

Los primeros días fueron los más fuertes. Me convertí en detective y recorrí cerca de 50 urbanizaciones de Samborondón. A cada lugar llegaba con la foto de mi muchacho y les pedía que me ayudaran con las grabaciones de las cámaras. Así pudimos reconstruir toda la cronología del accidente. Nos enteramos que unos minutos antes de lo ocurrido, la camioneta había estado en un centro comercial. Luego del siniestro se ocultó en un conjunto residencial.

Los policías llegaron a ese lugar y se incautaron del carro. El capó de la camioneta había sido reparado en menos de tres días del siniestro. Allí supe que la persona que terminó con la vida de mi hijo era un chico llamado Christian.

Los agentes quisieron detenerlo, pero había salido del país. En el expediente fiscal constan todos los reportes migratorios de él y de su madre. Ambos se fueron el 20 de ­agosto a Estados Unidos.

Un juez emitió una orden de captura y ordenó la prisión preventiva. La defensa del muchacho apeló en tres ocasiones esas medidas, pero los jueces siempre ratificaron la prisión.

Luego supe que el chico regresó del extranjero, pero hasta ahora no se sabe nada de él.

Todos estos meses he ido cada semana a la Fiscalía a pedir explicaciones de por qué no lo detienen. La respuesta siempre era que lo estaban buscando. Pero hace 15 días me dijeron que un juez le levantó la prisión, ordenó que se presentara cada semana y que le colocasen un grillete en el tobillo.

No entiendo las decisiones que se toman judicialmente.

Todo esto me afecta. No estoy en paz. En las noches no duermo. No como. En mi mente siempre está Santiago. Él tenía apenas 33 años y muchos sueños por cumplir. Era ingeniero en Marketing y trabajaba en su propia empresa. Viajaba cada mes a Quito, Galápagos y Cuenca, por sus labores.

Desde pequeño fue deportista. Le gustaba el baloncesto. En el colegio fue becado por ser seleccionado de básquet en La Salle. Los domingos también jugaba futbol y en las noches se dedicaba a la bicicleta.

Hace seis años vino a vivir conmigo. Solo éramos los dos. Comíamos juntos. Nos gustaba conversar mucho.

Ahora veo su cuarto desolado, sin ruido. Me imagino que en algún momento va a volver. Veo sus fotos de niño y me acuerdo cuando le llevaba de la mano a la escuela. Cada vez que nos despedíamos le rogaba a Dios que lo cuidara.

Ahora me he empeñado en que se aclare todo y que se sancione al responsable.

No quiero venganza. Lo que necesito es que la persona que atropelló a mi único hijo se dé cuenta que arrebató una vida.

Él debe saber por qué lo hizo. La Fiscalía no ha podido confirmar si estaba ebrio, dormido o bajo el efecto de alguna sustancia. Es increíble que nueve meses después no se sepa la causa del atropellamiento.

En una semana empieza la audiencia preparatoria de juicio por muerte culposa. Espero que los jueces sean imparciales; tengo miedo que al final digan que nadie tiene la culpa por lo sucedido con mi hijo.

A la audiencia llevaré la foto de mi Santiago. Para que la gente vea que no murió un animalito o una planta. Mi hijo era un ser humano. Su madre también está destrozada”.