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John Cuenca Vega: ‘Somos seres de paso; hay que dejar lo mejor’

El intensivista John Cuenca estuvo hospitalizado 10 días. Un mes después regresó con sus pacientes. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

John Cuenca Vega, Médico clínico e intensivista

En septiembre de 2020, luego de atender a cientos de pacientes, el doctor Cuenca y su esposa, la pediatra Dolores Trujillo, contrajeron covid-19. Superaron una dura batalla y desde entonces agregan al tratamiento el soporte emocional, el positivismo y una buena dosis de paz para pelear contra el virus.

“Pisar el césped del Monumental después de 20 meses de pandemia fue un respiro. Soy hincha de Barcelona desde niño, pero recibir ese reconocimiento del equipo por mi labor como médico, el 1 de septiembre pasado, significó mucho para mí. Tengo una camiseta con mi nombre y en el penúltimo Clásico un jugador usó una, también con mi nombre.

Cuando empezó la pandemia no pude saltar a la cancha de inmediato. El 13 de marzo de 2020 recibí la llamada de un colega que pensaba que tenía dengue y pidió que lo valorara. Lo hice, pero sin mayor protección.

Un día después la tomografía reveló que era covid; me quería morir. Aunque mi prueba fue negativa pasé 18 días en aislamiento, entre la angustia y la impotencia por no estar directamente con los pacientes. Solo por teléfono atendí a más de 500.

Esa adrenalina de atender al paciente crítico siempre estuvo en mí, desde que salí de Pasaje (El Oro), de donde soy, para estudiar en la Universidad de Guayaquil. Siempre me interesó la medicina de emergencia.

John Cuenca junto a su esposa, la pediatra Dolores Trujillo. Foto: cortesía

Recuerdo que estaba en el internado en Catarama (Los Ríos) y el bus en el que iba tuvo un choque muy fuerte. Había muchos heridos y subimos a cuatro a una camioneta. Yo iba en el balde con ellos, pasándoles sueros, monitoreando sus signos, dándoles oxígeno… Entonces supe que me dedicaría a los cuidados intensivos.

Es ese día a día de luchar por sacar al paciente de su estado crítico, aunque hay quienes no responden. Uno no se forma para ver morir a nadie. Hay sentimientos que nos aferran, pero con el tiempo y la toma de decisiones, forjamos un carácter fuerte.

Todo eso cambia cuando se está del otro lado. Allí se entiende que somos frágiles y que un ser diminuto, como un virus, te puede matar.

Cuando me enfermé ni siquiera pude rasurarme. No quería sentir el terrible cansancio de esos cuatro pasos para llegar al baño. Pero vivir los síntomas, experimentar qué ayuda y qué no, me permitió comprender lo que ahora me dicen los pacientes.

Aprendí que debemos estar en paz y es lo que les transmito. En esa situación crítica entendí que Dios quería que continuara haciendo lo que hago. No era mi momento y un mes después del alta, volví al trabajo.

Como médico he enfrentado epidemias y pandemias: cólera, leptospirosis, dengue… Laboré 13 años en el Hospital de Infectología, manejando VIH. Allí atendí a un peruano por sospecha de SARS, en 2003. Y cuando las muertes por AH1N1 aumentaban en 2010, me puse al frente de la atención. Continuamente me he enfrentamiento a situaciones epidemiológicas y ahora demoré en contagiarme.

Cuando acabó el confinamiento regresé a la Clínica Kennedy La Alborada, de Guayaquil, donde trabajo desde que era residente. Mi esposa es pediatra y también daba consulta. Eran mínimo 20 personas por día y nos expusimos.

En septiembre entré a cuidados intensivos porque el covid disparó una arritmia que tenía como antecedente. El estrés de ese día fue otro detonante, porque en la mañana tuve que ingresar a mi esposa.

Fue intubada y no era suficiente. El único equipo ECMO del país, una máquina de circulación extracorpórea que oxigena la sangre mientras los pulmones se recuperan, no estaba disponible y fue trasladada a Bucaramanga, en Colombia.

No saber qué pasaría con ella me quebrantó. Antes de que la intubaran lo único que pidió fue 30 segundos para agradecer a Dios por la vida.

Estuvo cuatro semanas fuera del país, yo pasé 10 días en hospitalización y nuestros hijos se alternaban para estar con nosotros. Volver a estar juntos fue una bendición.

Como médicos nos enfocamos en hacer lo mejor por nuestros pacientes. Pero esta experiencia nos sirvió para afianzar ese soporte psicológico que casi siempre pasamos por alto.

Ahora sé que debemos buscar la armonía, entiendo que somos seres de paso y que en este transitar hay que dejar lo mejor. Me queda claro que no podemos decir: este es mi día final.

Hay tantas anécdotas en las que reflexiono, como la de la familia de un buen amigo de mi hijo. Con tres casos de gravedad, solo pedían una cama. Los padres habían decidido que la hija de 30 años se salvara. Y todos se salvaron…Dios dispone nuestro tiempo.

De eso hablo con mis pacientes, no solo del diagnóstico. Les pido pelear, que sean positivos. Les digo: repita esa frase del expresidente León Febres Cordero, y sonríen. No hay que dejar que el virus marque la cancha”.

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