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Ana Aranha Viteri: ‘El deporte me sacó de un hueco de sufrimiento’

Ana Aranha Viteri sobrevivió a un siniestro de tránsito en el que perdió a su madre, su padre y a su hermano. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Ana Aranha Viteri. Psicóloga y deportista

El 20 de agosto de 2001, cuando tenía 7 años, sobrevivió a un siniestro de tránsito en el que perdió a su madre Ana Lucía, a su padre Geovanny y a su hermano Martín, de 3 años. Tras una adolescencia de confusión, encontró en el deporte su salvavidas. Ahora es una ‘ironwoman’ y planifica ir a un Mundial en Egipto.

“Me acuerdo absolutamente de todos los detalles. Yo tenía 7 años. Yendo a Esmeraldas, yo estaba en el medio del asiento de atrás jugando. Mi mamá le estaba dando leche a mi hermano. Mi papá rebasó y un bus del otro lado se nos vino encima. La fuerza del choque me mandó para el lado derecho del auto.

Desde ese momento siento que todo lo que me ha pasado ha sido muy bien calculado. Estas cicatrices del brazo derecho son del vidrio y por suerte caí con el brazo, si no, así sería mi cara. Los asientos de mis padres se fueron para atrás. Veía el pelo rojo de mi madre sobre mi cara. A mi papá, que por la fuerza del choque lo tuve a mi lado, lo vi morir.

Un tío, que es médico, nos fue a recoger en un helicóptero ambulancia. Yo estaba completamente consciente y mi hermano murió en brazos de mi tío, que le acariciaba el cabello.

Ahora de adulta me doy cuenta de que perdí absolutamente: a mis padres, a mi hermano, las cosas que tenía en casa, que para una niña es muy importante. Mi juguetes y mis cosas fueron lo único que me quedó.

Ana Aranha Viteri junto a su hermano Martín, un año antes del siniestro, en Same. Foto: cortesía

Recuerdo con horror el dolor en las piernas, la fisioterapia. Pasé tres meses en silla de ruedas con una torre de almohadas para tener las piernas rectas y no estar en la cama todo el tiempo. Con mis primas tratábamos de jugar, pero yo tenía una desesperación por correr.

Vinieron muchas cosas emocionales. Durante años tuve mucha ira porque nadie me explicó nada, nadie me llevó a un psicólogo y no fue hasta que de adulta lo hice por mi propia cuenta. Fue una época en la que, incansablemente, intenté encajar en una familia porque viví donde mis abuelos, luego donde un tío, donde otro, volví adonde mis abuelos. Después entendí que buscaba incansablemente lo que nunca volvería a tener. Esa aceptación vino mucho después; en la adolescencia tuve mucha ira hacia cualquier persona que no me entendía. Y ya fue a los 19 que, como adulta, empiezo a entender las cosas.

Creo que correr fue una respuesta a eso. Lo único que quería era correr, en la escuela, con mis amigas, con mis primas. Todo era correr. Entendí que era una oportunidad.

El deporte me ha salvado, la vida y de cometer muchas malas decisiones. Cuando se tiene una infancia tan inestable, en la adolescencia se le pasan millón de posibilidades de qué puedo hacer con mi vida porque ya estoy harta. Nunca intenté matarme, pero pensaba mucho en cómo sería, a quién le haría falta, si cambiaría algo. Tuve anorexia de los 19 a los 21 años. Y ni siquiera era por verme flaca, sino por los pensamientos que había sembrado de cuál es la mejor forma de matarme. Fumaba muchísimo y es ahí cuando mi mejor amiga, Erika Povea, me dice “¿por qué no corremos? Tú corrías en el colegio, competías y eras rapidísima”. Me propuso ir a una carrera de montaña. Volví a sentir esa libertad, esa felicidad. Tenía 21 años y no lo había hecho por cuatro años. ¡Quedé séptima!

Me dije que esto me va a salvar la vida, de esto puedo hacer algo. Desde ahí no he fumado un tabaco en mi vida. Rechacé todo lo que podía llevar a ese hueco de la anorexia, de los malos pensamientos, de las pésimas relaciones. Empecé a correr, a competir y me iba muy bien. Y de repente mi entrenador, Yamil Simón, me habla del ironman. Y yo no sabía que era un triatlón. Dudaba. Le dije que ya ni me acordaba cómo nadar, pero a esa edad uno dice bueno, no va a pasar nada.

Me preparé durante seis meses para el ironman de 2018. Mi entrenador se reía porque en el primer día ya me ahogaba. Ahora nado todas las mañanas por dos horas con Lucio Rojas, en su escuela de natación, y al mediodía con Simón; ambos tienen una pasión increíble.

Yo vivía en algo muy cerrado: esto es lo que pasó y esto es lo que tengo. Ahora mi mentalidad es si el resto lo puede hacer, ¿por qué no yo?

Todo ha sido de mucho esfuerzo en mi vida. Mis abuelos me decían que si me esforzaba siempre lo iba a lograr de alguna forma. Ellos ya fallecieron y eso es lo que me queda de ellos. Todo el mundo me dice qué disciplinada eres, qué perseverante, consigues todo lo que quieres. Sí, porque le pongo muchas ganas a todo. Fui abanderada en el colegio Los Pinos. Tuve una beca 100% en la U. Internacional, por ser la primera de la clase.

Le pongo muchas ganas a mi trabajo, a la gente con la que trabajo, pero para mí es mucho más importante el deporte, porque fue lo que me salvó la vida, me sacó de ese hueco de sufrimiento a un mundo completamente diferente, donde todo es posible”.

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