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Alegría Crespo: ‘No es lo mismo vivir que honrar la vida’

Alegría Crespo es PhD en Educación; tiene 46 años y perdió a su padre cuando tenía 22. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Alegría Crespo. PhD en Educación

En 1998, su familia se embarcó en el avión Tupolev que se estrelló a 340 kilómetros por hora, en el antiguo aeropuerto de Quito. Su padre fue una de las 70 víctimas mortales, mientras que su madre y hermanas sobrevivieron. Un año después de la tragedia llegaron sus dos hijos y le mostraron un nuevo rostro de la vida.

“Todo cambió cuando la muerte se encontró con la vida. Vi ese ciclo: cómo moría un ser amado y nacían dos, que fueron un impulso para mi madre, mis hermanas y yo.

Mis mellizos, Rodrigo y Gonzalo, ahora tienen 22 años y son nuestro motor. El encuentro entre la muerte y la vida me llevó a lo que soy ahora, vicerrectora de un colegio y profesora universitaria. He escrito dos libros, tengo mi PhD en Educación, soy fundadora de Educar con Alegría, un portal encaminado a fortalecer la educación en el país.

Doy conferencias de liderazgo, emprendimiento y empoderamiento femenino. Escribo y hago radio. Con la comunicación y la educación hago una combinación multidisciplinaria que me ayuda a llegar a más gente. Si a alguien le sirve lo que digo me siento feliz.

Todo esto pasó después de que se pararan los segunderos del reloj en mi vida. Tres meses antes de que me quedara embarazada, mi rumbo quedó en pausa por la partida de mi papi.

El sábado 29 de agosto de 1998, mis padres y hermanas se iban de vacaciones a Cuba. Una semana antes tuve una premonición. El jueves 27, durante la cena, le dije a mi papá que tengo miedo del avión.


Alegría Crespo perdió a su padre cuando tenía 22 años. Foto: cortesía

Él me dijo, “mi amor, pero si es un Tupolev, un avión ruso que es seguro. Lo peor que puede pasar es que ‘tan tan’. La muerte es lo único seguro, puedes ir caminando y te cae un ladrillo en la cabeza”.

Al día siguiente, el 28 de agosto, le dije lo mismo a mi mamá. Ella me dijo, en inglés, “I don’t want to die”. Entonces le dije, “mami, ¿por qué no me dices que todo va a estar bien?”. Y me repitió: “no me quiero morir”.

El sábado alcancé a ir corriendo a migración. Grité “papi”. Y salieron. Él me preguntó qué quiero que me traiga y le pedí que sea un poco de arena de la playa de Cuba. Me dijo “yo te traigo mi amor. Ven, te doy la bendición”. Fue la última vez que le vi.

Cuando comenzó a despegar el avión, mi mami dice que alcanzó a verlo a los ojos y, de repente, fue como estar en una montaña rusa. Todos los pasajeros que estaban en el lado de mi papá fallecieron.

Hubo una falla técnica, no se levantaron los alerones para que el avión tomara impulso para despegar. Y a 340 km por hora se estrelló contra un arco de concreto al final de la pista.

El vuelo era a las 12:50 y antes de las 14:00 nos enteramos que mi hermana María Fernanda, de 16 años en ese entonces, estaba en el Hospital Pablo Arturo Suárez. Le pregunté a un taxista a qué distancia estaba y me dijo “es a unas 10 cuadras, pero ni vaya para allá, porque se cayó un avión y se murieron todos”.

Sentí que la vida se me acabó. Cuando llegué había cámaras de televisión. Yo preguntaba por él. “¿Mi papi?, ¿dónde está mi papi?”. Mi abuelo Rodrigo me dijo “tranquilízate, tienes que ser valiente”.

En ese momento no le puse atención a cómo iba a cambiar mi vida. Fue un accidente tan dantesco que todas mis energías estaban enfocadas en la recuperación de mi mami y mis hermanas.

Estuvieron cuatro meses en el hospital y pasaron cada una por al menos 40 cirugías. Les operaban pasando un día. Mi hermana Andrea, que tenía 20, se rompió el fémur y mi mamá tuvo una infección en el torrente sanguíneo durante tres semanas.

Milagrosamente salió del hospital, con el 50% del cuerpo quemado. Las tres tuvieron quemaduras de tercer y cuarto grados. Yo me convertí en una especie de enfermera.

Hay cosas que me frustran. Soñaba con decirle a mi papi que iba a ser abuelo. También me habría fascinado conversar con él siendo la profesional que ahora soy; echarme largas caminatas y hablar.

La vida es muy frágil, por eso quise ser educadora. Si mañana no estoy quiero dejar huella, haber hecho algo bueno y que se me recuerde por eso. Hay que dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos.

La muerte me ha convertido en una persona con un alma más iluminada, una piel más gruesa y con una sensibilidad que no temo demostrar.

Cuando estas cosas pasan hay dos opciones: hundirse o brillar. Yo decidí brillar. No es lo mismo contar cómo me siento ahora que hace 20 años. Algo así te marca, es un antes y un después, definitivamente.

A veces hay bajones y tienes la justificación y el derecho. No es que una va a estar siempre positiva, pero en honor a aquellos que se han ido hay que honrar la vida. Hay una canción de Mercedes Sosa, que dice que no es lo mismo vivir que honrar la vida”.

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