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‘Somos los que hacemos con lo que hicieron de nosotros’

El personaje mitológico Atlas carga el orbe como destino: es el peso que aplasta su libertad. Foto: Álvaro Guerrero / EL COMERCIO

El siglo pasado ha sido aquel de la reivindicación de las libertades. Sea con la declaración universal de los derechos humanos de 1948 o con la revolución feminista, por todas partes, aunque sea de manera complicada, formal e imperfecta, las libertades avanzaron. Por otro lado, el siglo XX también ha sido aquel de los determinismos y, por lo tanto, de la negación de la libertad.

Desde la biología, la sociología, la historia, o la lingüística, toda estructura humana ha sido pensada como un limitante de la libertad, que ha sido denunciada en tanto que ilusión. El lenguaje determina mi manera de pensar y, por lo tanto, limita mi libertad de ejercerla; mi cultura determina mis valores, mi percepción del mundo y mi manera de habitar el planeta, por lo tanto, los limita, etc. La libertad no sería más que una ilusión. Estos dos fenómenos están lógicamente vinculados: es porque estamos determinados por múltiples factores que se reivindicaron varias libertades.

Sin embargo, el problema de la libertad no se debe pensar dentro de una simple oposición con los determinismos. El mismo Spinoza fue, tanto un filósofo del determinismo absoluto como un pensador y un defensor de la libertad más profunda. Ser libre no se puede limitar al hecho de no estar determinado, o al uso de una voluntad totalmente indiferente a lo que le afecta.

El zoológico filosófico permite entender este punto. Entre los múltiples animales de la historia de la filosofía (desde la lechuza de Minerva hasta la gata de Derrida), uno de ellos evidencia la paradoja de la libertad de indiferencia: el asno de Buridán. Imaginemos un asno que tenga tanto hambre como sed, y que se encuentre a igual distancia de avena como de agua. Dado que no tendría ninguna razón por comenzar por comer o comenzar por beber, este fallecería. Frente a esta indiferencia, no se podría mover, la simetría lo paralizaría. Así, la libertad no yace en la ausencia de determinaciones sino más bien en la manera según la cual vivimos nuestras determinaciones.

Bien es cierto que todo ser humano nace dentro de una familia, de un país, de una lengua, de un momento histórico, así como de un espacio geográfico que pesa sobre su libertad. No obstante, para que cada uno de estos factores pueda aparecer como obstáculo a la libertad, es necesario que sea significado en tanto que obstáculo. Nada es, de por sí, un obstáculo ni un límite a la libertad. Algo solo puede manifestarse en tanto que obstáculo para un proyecto.

Un peñasco sobre un camino aparece en tanto que obstáculo para quien quiere pasearse, y como oportunidad para un fotógrafo que quiere contemplar el paisaje desde una posición más alta. No es, entonces, el obstáculo que limita a la libertad sino más bien la libertad que puede hacer de algo, un obstáculo.

Las capacidades diferentes (las mal llamadas discapacidades) no son, de por sí y necesariamente, un obstáculo o un límite, solo pueden aparecer en tanto que obstáculo para algún tipo de proyecto y, por lo tanto, para una libertad.

Para otro proyecto de vida aparecerán, al contrario, como neutras o ventajosas. Así, el simple hecho que algo pueda aparecer en tanto que obstáculo, como determinismo o como límite a la libertad evidencia paradójicamente nuestro ser libre ya que un obstáculo o un límite solo existe para un proyecto, para una libertad.

Ahora bien, si las cosas no nos determinan a medida de lo que son, sino a raíz de la manera según la cual nos aparecen, el problema de la libertad impone invertir la lógica de las causas y de los efectos. Solemos pensar, de manera tradicional, que el pasado determina el presente. Sin embargo, dado que es la manera según la cual nos aparece el pasado que determina el presente, y que el pasado, tal como el presente, aparece a la luz de un proyecto, en el campo de las acciones humanas, es el futuro que determina el presente.

Uno puede imaginar que el carácter injusto de una situación determina un pueblo a entrar dentro de un proceso revolucionario, pero es en realidad a partir del momento en el cual un pueblo se abre el camino hacia una situación nueva, un horizonte nuevo, que de repente su situación actual le puede parecer injusta.

No es una situación laboral difícil que nos lleva a cambiar de trabajo, es a partir del momento en el cual se abre una nueva oportunidad laboral que nos aparecen todos los problemas de nuestra situación laboral actual: en ambos casos, el futuro ilumina el presente.

Podemos entonces decir, tanto para los individuos como para los pueblos que no son ni directamente y simplemente el fruto de sus determinaciones, ni tampoco el resultado de sus voluntades, sino más bien el reflejo de lo que ellos hicieron de todo lo que les ha sucedido. Tal como escribía Sartre acerca de Jean Genet, fue lo que hizo de lo que hicieron de él. Este es el destino de todos nosotros, ser lo que hacemos de lo que la vida hizo de nosotros.