¿Libertad o el fantasma de la libertad?

Ingenuamente, el ser humano cree ser autónomo, pero esto solo será posible mediante la simbiosis, la alianza con los otros seres que pueblan este planeta. Foto: EL COMERCIO

Libertad, una palabra preñada de significados para los seres humanos del mundo postindustrializado, que implica el poder escoger, pensar, decidir y sentir lo que hacen con sus vidas, qué compran y por quien votan.0

Pero, ¿existe ciertamente la libertad? Algunos filósofos, como Howard Caygill, dirían que no, pues en la misma noción moderna de sujeto está implícita su sujeción a una norma, a una ley, a un reino, a una nación. Ser “sujeto libre”, por tanto, es un oxímoron.

El sujeto es libre en tanto y en cuanto cumpla la ley del territorio que lo sujeta. Esta ley del territorio, se entiende, solo sirve para quienes son considerados sujetos. Los animales, las plantas, las rocas y los ríos no son sujetos de ley para la mayor parte del mundo, sin embargo, sí son sujetos de derecho en las avanzadas constituciones de Ecuador y Bolivia y en las cosmovisiones de los pueblos amerindios.

No obstante, si la montaña no es sujeto, cuando esta se viene abajo porque ha sido construida en una ladera erosionada, son cosas de la naturaleza, un desastre natural, se dice. Si la montaña se viene abajo en un aluvión y no hay humanos que perezcan por su causa, no hay ninguna culpa en la naturaleza, que es sujeto de derecho pero no está regida por la ley de los humanos, así éstos hayan pasado varios siglos desde Cicerón intentando dominarla.

El ser humano es libre, entonces, sólo en nombre. La libertad que piensa tener está estrictamente ligada a su ser sujeto: de leyes, normas y un sin fin de restricciones que existen en cada campo del saber y del ser. En la mayor parte del planeta este mismo ser humano vive donde quiere y vota por quien quiere. Eso parecería ser libertad, sin embargo, a menudo solo tiene una o dos opciones. Elige la carrera que le gusta, a pesar de que tiene solamente cuatro opciones. No elige la familia que le toca pero apenas nace ya es sujeto de esa familia.

En el arte pasa otro tanto. Los artistas visuales creen ingenuamente que al escoger la carrera de artes van a crear a su libre albedrío. Nada más lejos de la cruda realidad; una vez que salen de las facultades de artes, si han tenido la opción de terminarla, deben optar por sujetarse a un sinfín de cánones artísticos inventados en el mundo occidental desde los albores del siglo XVI.

El/la artista tiene que alimentarse, por ende, ya no es libre pues tiene que sujetarse a hacer un trabajo para conseguir este fin. Si consigue vender su obra, es sujeto del mercado que lo aprisiona con sus tentáculos dorados hasta que no le quede más inventiva. Finalmente, si logra sobrevivir a todas estas vicisitudes y su vida ocurre en territorios donde existe la censura estatal, no será libre de expresar lo que quiere, ni su opinión sobre el sistema que la oprime.

No es libre ni siquiera quien decide salirse de la ley, de la norma, del sistema, sea cual sea y vivir una vida vagando el mundo, a pie y sin nada que lo ate aparentemente. Libre, libre, lo que se dice libre, como en la canción de Nino Bravo, no es nadie.

El principium individuationis del que habla Nietzsche se desvanece en el momento en que el sujeto pasa a formar parte de una sociedad, así no le guste admitirlo. Lady Liberty, la estatua de la libertad que mira a los viajeros desde Liberty Island, es una engañosa imagen de una mujer alzando el brazo y rompiendo sus ataduras, en un territorio donde la mujer ni siquiera puede decidir sobre su propio cuerpo. La libertad es una utopía que se transforma en distopía apenas se cree alcanzarla. Se engaña pues, quien piensa ser libre cada día que sale a bregar con el sistema para procurarse el pan.

Por si esto fuera poco, cada mundo es un sistema donde imperan leyes intraspasables; por tanto, la libertad humana es una entelequia. Por ejemplo, la hormiga carpintera de la Amazonía es conquistada por el ophiocordyceps, un hongo falaz que la posee, cambia todo su sistema y la obliga a anclarse en una rama donde poco a poco se transformará en el hongo mismo y así este podrá echar sus esporas al mundo.

¿Libertad de la hormiga? ¿Del hongo? ¿O del cosmos? ¿A qué leyes obedece el cosmos, el sol y la tierra? La tierra condenada a rodear cada día al astro rey, el sol a brillar incandescentemente, el cosmos a seguir imparable su ciclo de planetas, entidades, energías, conexiones y concatenaciones.

A pesar de todo esto, el ser humano cree tener “agencia”, esa noción de determinación suave o de autonomía, que le permite pensar que al menos puede optar por escoger qué pensar, qué sentir y qué hacer en torno a las cuestiones básicas de la vida. Esa autonomía que los terrícolas luchan por preservar a toda costa, es, sin embargo, solo posible en simbiosis, en cooperación y alianzas con los otros seres del planeta, la libertad humana, entonces, termina donde empieza el derecho de los otros seres que lo habitan. Será libre de construir su casa, pero la quebrada y sus aguas son libres de correr por encima de ella.

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