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Repensar las metas sociales, no parcharlas

Xavier Andrade es artista, investigador, antropólogo y docente universitario. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Xavier Andrade es artista, investigador, antropólogo y docente universitario. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Xavier Andrade es artista, investigador, antropólogo y docente universitario. Foto: Archivo / EL COMERCIO

La humanidad ha trabajado por el ideal de la globalización, sin embargo, esto ha cambiado con este cierre de fronteras.

La pandemia es una consecuencia directa de un mundo hiperconectado, y, al mismo tiempo, de las desigualdades que una forma económica, la del capitalismo voraz, profundizó estructuralmente a lo largo y ancho del globo.

Lo que aparece como una enfermedad contagiosa, como un problema estrictamente de control médico y sanitario, por lo tanto, habla a diferentes niveles de un sistema de producción que ha hecho del abandono social y del abuso sistemático de las masas laborales su modus operandi con la finalidad de agilizar los ciclos de producción y acumulación en manos de la plutocracia global. Lo que emerge como enfermedad es, en verdad, una enfermedad social construida históricamente por un orden económico globalizado que ha encontrado un tope momentáneo gracias a la pandemia y sus secuelas de paralización económica a escala mundial.

¿Estamos frente a una nueva globalización?
No estamos frente a una nueva globalización necesariamente. Hay quienes celebran el fin del capitalismo como el filósofo Slavoj Zizek. Otros, como el sur-coreano Byung-Chul Han, apuntan hacia la reconfiguración de un horizonte hipercapitalista signado por la dominación tecnológica, el control y la vigilancia. Si uno pondera el papel del capital financiero, farmacéutico y otros, y, la forma en que intereses mezquinos han primado en ciertos contextos, como el de Estados Unidos y la propia China, la balanza parece inclinarse hacia el segundo escenario.

La pandemia muestra cómo cada cultura se impone un ritmo frente a la enfermedad. ¿La globalización puede ser posible en este escenario tan variado?
Las diferencias locales vinculadas a lo cultural no devinieron en homogeneización absoluta bajo el capitalismo tardío, a pesar del perverso impacto de la globalización en todas las sociedades no-occidentales. Las respuestas en contextos específicos de poblaciones concretas dan cuenta de tradiciones enraizadas diferencialmente en muchos aspectos: desde la religión hasta lo culinario y el uso del espacio público. Pero esas respuestas actúan en contextos de desigualdades estructurales. La pandemia es un excelente ejemplo de necropolítica, para seguir al camerunés Achille Mbembe. El régimen capitalista encierra una lógica de ordenamiento de pueblos como necesarios o desechables. Esa administración de los muertos es lo que vemos exacerbado en la pandemia.

Vemos que la pandemia ha desatado un problema de gobernabilidad local vs. mundial. Un ejemplo es Taiwán vs. la OMS.
La pandemia ha puesto en tela de juicio los ideales de la globalización, pues transparenta precisamente la aniquilación de la gente en forma brutal y sistemática. El mundo, en lugar de actuar de forma aunada, optó por el privilegio de fronteras y estados. Ese movimiento desató las lógicas políticas nacionales, regionales y locales caracterizadas por contradicciones y luchas internas. El ejemplo de Ecuador es patético en ese sentido, con broncas internas y cazadores golpistas a río revuelto. El resultado es la profundización de una crisis histórica sin precedentes a costa de muertos, poblaciones desechables. La enfermedad es tan macabra como la política.

¿Hay una salida para esta interdependencia que planteaba la globalización económica?
La interdependencia económica es sana. De ahí que hayan muchas voces que estén abogando por el retorno de otras formas de activación del mercado interno, por ejemplo, a partir del comercio directo y a pequeña y mediana escalas. Si hay algo productivo de esta situación es que las prioridades sociales quedan al descubierto con evidencia patente: la necesidad de cobertura universal de salud y sus consecuencias sobre la infraestructura sanitaria, la seguridad alimentaria, y las condiciones de habitabilidad. No obstante, las respuestas coyunturales favorecen a los sectores que históricamente acaparan el poder. Las consecuencias a mediano y largo plazo serán entrópicas. Optar por parchar en lugar de repensar las metas sociales es nefasto.