El suprarreciclaje se convirtió en una alternativa para la costura

Margarita Pérez, madre de familia, participa de los talleres de costura que recibe en el CUFF. Foto: Carlos Noriega / El Comercio

Son poco más de las 10:00 de un miércoles. Verónica Tibán camina entre las máquinas de coser, los tableros de corte y una pila de retazos de tela de jean. Estas piezas, unas tan grandes como el torso de un adulto y otras tan pequeñas como la mano de un niño, luego serán unidas para formar un solo lienzo sobre el cual ella y sus compañeras crearán prendas de vestir y accesorios que serán presentados en una pasarela de moda basada en suprarreciclaje, en junio.

Si hace un par de años le hubieran dicho que ahora manejaría con destreza las máquinas de coser, ella simplemente lo habría tomado como una broma. Hasta antes de la pandemia, su vida se movía entre la limpieza de hogares y las ventas ambulantes de colada morada y morocho en Cotocollao, al norte de Quito. Tras las capacitaciones en costura, lo que más le sorprende es que en este momento puede hablar sobre su trabajo mientras está sentada tranquilamente en un gran taller y sin miedo a que los agentes de control le confisquen sus productos.

Verónica es una de las decenas de mujeres que se dedicaban a las ventas ambulantes y que en estos meses de pandemia han recibido capacitaciones en corte y confección en el Centro Una Familia De Familias (CUFF). Ellas son parte de las aproximadamente 190 000 personas que ejercen actividades de comercio informal en la ciudad, según cálculos de Grupo Faro.

Silvia Pesántez, la mentalizadora de este proyecto, supervisa los patrones que Verónica traza. Tarda cerca de una hora en revisar esas prendas viejas, descoserlas, cortar las telas y volverlas a coser para crear un solo tejido. Verla tan segura al manejar el lienzo y las máquinas, con ganas de crear algo nuevo, es una gran satisfacción para Silvia.

Cuando llegó la pandemia, Verónica se sintió desprotegida y casi sin muchas alternativas para trabajar. En el momento en que entró en contacto con el CUFF, lo único que podía hacer era pulir, es decir, recortar esos pequeños hilos que sobresalen cuando se termina de cortar y coser una prenda. Era algo fácil, casi automático.

Pero para Silvia, nunca fue una meta que estas mujeres se pasen el día puliendo. Ellas habían pasado de ganar unos pocos dólares en las calles a perder sus fuentes de ingresos por el covid-19. Poco a poco las fue metiendo en la dinámica de la costura; en aprender a manejar máquinas y crear molde; en ver que la vida, que se había paralizado en los confinamientos, podía tomar otro curso con el aprendizaje de nuevos talentos.

Maritza Guanoluisa también llegó al CUFF buscando una fuente de ingresos frente a la falta de oportunidades para el comercio informal. Antes de la pandemia, ella vendía empanadas de verde y maní de dulce, una labor que empezaba al salir el sol, cuando daba forma a la masa, y que terminaba en la noche, cuando las luces de las oficinas se apagaban y la gente se llevaba sus últimos productos.

El teletrabajo le arrebató sus ingresos. Fue allí cuando entró también a perfilar. Con el paso de los meses, perdió el miedo a la costura, aprendió a crear moldes y ahora tiene esperanzas de que la pasarela de suprarreciclaje sea un espacio para dar a conocer todo lo que ha aprendido en estos meses.

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