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Luis Cola forjó su carácter en el centro quiteño

Luis Gonzalo Cola Canchig, de 77 años, fue policía, dirigente y concejal alterno. Foto: EL COMERCIO

Un niño de 10 años va camino a la Cruz Verde, en la calle Bolívar. Son las 04:00 en el frío Quito y él está solo.
En el camino se encuentra con los indígenas que barren la ciudad, los ‘capariches’. Saluda con ellos, los conoce de tantas madrugadas.

Es el niño Luis Cola, que ya en la Bolívar enfila hacia la Panadería Imperial, donde cada día, antes de que aparezca el sol, va a retirar el pan que en un gran canasto llevará hasta el claustro de La Concepción, en la García Moreno, donde sus protectoras esperan para desayunar y rezar.

Es mediados de la década de 1950. Lejos está Machachi, donde nació el pequeño Luis. Allá quedó el recuerdo de su madre, fallecida en un accidente en el campo, y su padre, quien formó otra familia. Allá quedaron los abuelitos con quienes había empezado a crecer.

Ahora está en Quito, viviendo solo, construyendo su vida entre juegos y mandados. Unos familiares consiguieron que las monjitas acogieran a Luisito, quien hacía de mensajero.

En un cuartito, al lado del convento, uno al que llegaba tras cruzar un lindo patio, vivía Luis, según recuerda con gran cariño, ahora a sus 77 años. Las monjitas, por el torno que custodiaba el encierro eterno, le pasaban la comida.

Y a ellas les tenía que responder con buenas notas, pues las religiosas lo inscribieron en el colegio Don Bosco, de La Tola, a donde iba también solo, sin rastros de temor.

No. No tenía miedo. Era ese Quito donde lo único que atemorizaba en las noches era el frío. “Pero yo soy de Machachi y el frío no me daba miedo”, dice Luis, desde su casa en Chaguarquingo.

Las calaveras

Aunque una vez, el valiente niño tuvo que ser curado “del espanto”. A mitad del siglo pasado, se había decidido hacer arreglos en el piso del convento de la Conceptas. Luis recuerda que la mano de obra la pusieron los presos del Penal García Moreno. Bajo el piso se hallaron muchos huesos. Vestigios de los primeros cementerios del Quito colonial.

Recuerda, en especial, que había muchas calaveras. Tantas, que las fueron apilando una sobre otra, en largas filas.
El niño curioso se llevó una de esas calaveras a su cuarto, para pintarla de colores. Y venderla… Una noche, cuenta, observó clarito que desde los ojos de la calavera se encendía candela.

Otro gran susto lo vivió la vez en que las balas silbaban al lado suyo, un día en que fue a la Plaza Grande para recoger flores para la Madre del Buen Suceso y se topó con una revuelta militar que buscaba, a balazos, sacar a José María Velasco Ibarra del poder.

Al crecer

Él siguió viviendo solo, en el cuartito donde las monjitas lo acogieron, incluso luego de dejar de ser su mensajero.
A sus 13 años pasó a hacer ese mismo trabajo en la Empresa Eléctrica, que estaba al lado.

Se fue ya grande, cuando le dio por hacerse boxeador en Santo Domingo. La vida lo llevó luego, otra vez a Machachi, de vuelta a Quito y después a Machala, a donde fue para formarse como policía. Ya para entonces la soledad, su compañera desde niño, se había marchado, pues a los 20 años se casó con Susana Ñacata.

Ahora, pasa en familia, ya nunca solo, con la esperanza de que, como hasta antes de la pandemia, cada 2 de noviembre le dejen vender las coronas funerarias en las afueras del cementerio de Machachi, que es su manera de seguir trabajando y, quizá, de seguir vinculado a esas historias de huesos y tumbas que forjaron su temple para siempre.

Eduardo Flor y San Juan son uno mismo

Fue dirigente barrial, activista de derechos humanos, gestor cultural y creador del Área de la Juventud de la Casa de la Cultura.

En 1977, de la Maternidad Isidro Ayora lo llevaron directo a San Juan, donde sus padres y abuelos ya eran parte de los cimientos de esa colina, límite norte del viejo Quito.

“El barrio te enseña a tomar posición sobre la vida”, dice seguro y sereno Eduardo Flor, un quiteño que al vestir suele usar un pañuelo palestino en su cuello “en solidaridad con aquel pueblo víctima de injusticias”, explica.

“San Juan me enseñó a tener claridad de que provengo y pertenezco a los sectores populares. Me enseñó a sentirme siempre vecino, que significa ser solidario, estar atento al otro, compartir con la persona de al lado una colada morada, un poco de sal, unos fósforos… La vida en el barrio te enseña que lo popular está sostenido en las relaciones de reciprocidad; que la gente ha construido estos rincones con esfuerzo, con cariño, con hipotecas y que así hemos ido dando sentido a nuestras vidas”.

Eduardo Flor nació en 1977. En barrio aprendió a conocer de dónde proviene. Julio Estrella / El Comercio

La escuela

El barrio da clases en las calles. Ahí, dice Eduardo, entre el vóley, el fútbol, el 40, en medio de galantear a la hija del vecino de la tienda, en las fiestas, en las charlas en las veredas, en las broncas donde hay que hablar claro, San Juan ha construido un sentido vecinal.

“En San Juan, los abuelos, padres, hijos, siguen viviendo en sus viejos predios, siguen relacionados con ellos, más allá de si residen o no aquí. Es que aquí pertenecemos”.

Ese sentido de pertenencia, de fuerte identidad, no es exclusivo de San Juan. Eduardo nombra a La Floresta, Chillogallo, la Martha Bucaram, La Junín, La Ronda, San Roque, La Tola, La Mariscal, La Vicentina… No lo hace de memoria, pues lo que San Juan le enseñó lo llevó a conocer la ciudad completa y a actuar desde diferentes espacios.

Ha sido dirigente de su barrio y activista social de derechos humanos. También gestor cultural, creador del Área de la Juventud de la Casa de la Cultura. Impulsor de la Ley de la Juventud. Y sociólogo. Y artista, como titiritero en la Rana Sabia. Y trabajador en centros de desarrollo, como el colegio Virtual Iberoamericano, que ayudó a crear hace 20 años.

Y sindicalista. Y asesor político… “14 oficios, 80 necesidades”, dice su hermana, Margarita, un poco en serio.

La ciudad completa

“Desde San Juan veo todo Quito. Veo a la gente que hace esfuerzos para seguir viviendo en el Centro.

“Desde aquí veo las facilidades para el crecimiento vertical y las dificultad para la construcción horizontal de las relaciones humanas.

“Desde San Juan veo que la ciudad se construye con mayor fuerza en las fiestas, en las calles tomadas por la música, las artes y los debates, en los espacios públicos donde todos confluyen”.

“Desde San Juan veo que es necesario que el transporte público llegue a sectores populares de encuentro, como los mercados tradicionales, no solo a los centros comerciales.

“Desde San Juan veo que, antes que poner trabas, se debe dar facilidades a la gente para la ocupación del espacio público.

“Desde San Juan veo que Quito necesita un plan de desarrollo con enfoque popular.

“Desde San Juan veo que los servicios públicos bien ofertados pueden ayudar a resolver los conflictos. Desde aquí veo que es posible hacer eso en perfecta armonía, en un diálogo democrático. Porque desde San Juan se ve clarito que Quito es una ciudad de paz”.

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