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Trastornos alimenticios son parte de las consultas diarias en la pandemia

El Municipio de Quito tiene un programa de asesorías nutricionales, por medio de la teleasistencia. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Karina, una mujer de 36 años que prefiere mantener el anonimato, recuerda el día en que su hermana Ana se acercó y le pidió ayuda para superar sus problemas alimenticios. “No me había dado cuenta de su padecimiento. Solo sabía que estaba obsesionada con su peso”, cuenta la quiteña.

Los problemas de su hermana menor, quien ahora tiene 21, aparecieron cuando estaba en el colegio. Allí, sus compañeros le repetían constantemente que estaba ‘gordita’. Esas palabras se convirtieron en el ­detonante para que dejara de comer. “Cayó en un abismo; no se aceptaba”.

Su madre se acercó al plantel para exponer la afectación de estos comentarios en su hija. Sin embargo, fue tarde, porque ya estaba “obsesionada” con la extrema delgadez.

Esto le produjo trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Los más comunes son la anorexia y la bulimia nerviosas y los atracones o apetito compulsivo.

Lo reconoce la Organización Mundial de la Salud (OMS). La entidad señala que estos casos son más frecuentes en los jóvenes de entre 12 y 24 años; las mujeres son las más afectadas.

Según asociaciones de México, Argentina y EE.UU. que tratan estos casos, los trastornos afectan en todo el mundo a siete de cada 1 000 mujeres y a uno de cada 1 000 hombres.

Ana, por ejemplo, padeció los tres. Comenzó con la anorexia nerviosa. Es decir, la joven no quería ingerir alimentos para bajar de peso.

Luego llegaron la ingesta compulsiva y la bulimia nerviosa. Es decir, experimentaba períodos de atracones seguidos de ‘purgas’. Significa que se inducía al vómito. Unos usan laxantes o pastillas de dieta. Otros ayunan o hacen ejercicios de forma exagerada.

“Quienes los padecen presentan distorsiones de la comida y de su cuerpo, es decir, la persona se percibe más robusta. Tienen un sentimiento de culpa al comer. Se asocia con la depresión y la ansiedad”, indica Antonella Zúñiga, psicóloga y experta en estas conductas.

También hay otros trastornos menos conocidos. Entre ellos están la vigorexia o práctica excesiva de ejercicios; la ebriorexia, relacionada con reemplazar las comidas por las bebidas alcohólicas; y la pica, que es la ingesta de alimentos sin valor nutricional, como arena, cabello, etc.

A estos se suman los comedores selectivos -solo consumen productos preferidos-. “Son cuadros psiquiátricos; no controlan sus emociones”.

Durante el confinamiento, la experta vio más casos de este tipo: 10 de los 20 pacientes semanales tenían estos problemas. Luego bajaron a cinco.

El psicólogo Édgar Zúñiga relata que en la pandemia a su consulta llegaron personas con conductas alimentarias impropias -similares a TCA, pero menos problemáticas-. Es la ingesta inadecuada de comida producto del estrés o de los cambios de rutina.

Él trató a un hombre con altos niveles de estrés. Su idea de brindar más seguridad a su familia le provocó ansiedad, por lo que se volcó a la comida. “Subió de peso y tuvo roces con su esposa. Tuvo que empezar la terapia para canalizar las emociones y retomar su vida”.

Ana pasó por esa etapa de reconocimiento de sus problemas y de aceptación de su cuerpo. Su hermana Karina y su madre la han apoyado en estos cinco años de recuperación; más en esta pandemia, para evitar una recaída.

Primero han acudido a varios especialistas para iniciar su tratamiento integral. Uno de ellos es el psicólogo. Posteriormente, fueron al consultorio de la nutricionista Francisca Cifuentes.

Ella les recomendó una alimentación basada en productos nutritivos, como las verduras y las frutas; sin restricciones ni dietas. “Se busca que las personas entiendan que la comida es la gasolina de nuestro cuerpo; debe ser de calidad”.

Karina y su hermana Ana han entendido la importancia de este tipo de alimentación. Además, acuden al gimnasio para mantenerse con energía.

Adicionalmente, su madre puso en marcha un emprendimiento de comida saludable; inspirada en su hija Ana. Prepara ensaladas, mermeladas sin azúcar, etc. “Es un negocio que nos ha ayudado a comprender la importancia de que todos estén bien alimentados”.

Precisamente, una buena nutrición es la bandera del proyecto municipal de Prevención y Malnutrición (Prema-Q), que arrancó en abril del 2020. Consiste en brindar consejos alimenticios a quienes llaman al ‘call center’ 395 2300, extensión 24453.

También a los pacientes que han sido captados en los centros médicos. En total, se ha atendido a 10 000 ciudadanos. Lo explica Lorena Poma, nutricionista y coordinadora del proyecto. El equipo conformado por seis nutricionistas sí ha tratado estos trastornos alimenticios; aunque son aislados. “Son males silenciosos y de difícil diagnóstico”.

En mayo atendieron la llamada de la madre de unas gemelas de 17 años. Las adolescentes pesaban sus alimentos; sabían exactamente sus medidas: talla, peso, cintura, etc. “Son signos de alerta”.

Otros son los cambios drásticos de humor y alimenticios; aislarse de los otros -en especial a la hora de la comida-; ir constantemente al baño; desin­fectar excesivamente productos…, explica Adriana Oñate, jefa del área de Psicología del Hospital Metropolitano.

Luego de identificar los casos -anota- se trata de buscar un balance entre lo mental, lo emocional y la comida. “Se les enseña técnicas para comer con calma y se fortalece el acompañamiento familiar”.