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La Reserva Amagusa es ejemplo de turismo sustentable

Las aves se acercan tanto a los visitantes que, incluso, comen de la mano de estos. Foto: Evelyn Jácome / EL COMERCIO.

Sostener un colibrí en la mano es casi mágico. Llega aleteando tan rápido que casi no se le ven las alas y, de repente, se detiene y posa sus patitas en uno de los dedos de la persona que sostiene una flor dulce. El ave acerca su largo pico y bebe. A veces calcula mal y es posible sentir un pequeño picoteo en la piel. Está tan cerca que se le pueden ver los ojos y la lengua al animalito.

Por eso es tan especial visitar la Reserva Amagusa, en Pacto (noroccidente de Quito). Lo es porque permite al visitante ver más de 257 especies de aves, en su ambiente natural. A ratos hay que esquivar a los colibríes de lo tan cerca que vuelan. Es un emprendimiento familiar ubicado a dos horas y media de Quito. A pesar de que el 97% del año pasa nublado, el ambiente es cálido. La reserva está llena de árboles gigantes, cuyas copas se pierden en la espesa neblina como si se tratara de una película de suspenso. El ‘soundtrack’ es el murmullo de aves y de cientos de animales que habitan en las 50 hectáreas que conforman este lugar.

Sergio Basantes -dueño y guía- cuenta que el emprendimiento nació en 2012 y se caracteriza por ser turismo sustentable. No esperan que lleguen cientos de personas, porque eso podría afectar al ecosistema. Los grupos son reducidos con el objetivo de que se armonicen con la naturaleza y se pueda conservar el espacio para las futuras generaciones. Todos quienes trabajan allí son familiares: su sobrino, su cuñado, su esposa y hermanas.

La reserva es manejada como un emprendimiento en el que colabora toda la familia. Foto: Evelyn Jácome / EL COMERCIO.

Dicen los dueños que para salir completamente renovado, se debe nadar en el vado, a los pies de la cascada del Amor. Para llegar, hay que descender unos 30 minutos por un camino empinado y lodoso, rodeado por plantas. Todo es húmedo. Parece que estuviese lloviendo, pero es la neblina que se condensa en las hojas y cae al suelo. Hay que concentrarse para no resbalar y bañarse en lodo. Por eso es mejor hacerlo con botas de caucho que dan mejor agarre y sosteniéndose de una especie de bastón que los guías entregan a la entrada.

Abajo el ruido del río se impone. La caída vertical del agua confirma el dicho de que todo esfuerzo tiene su recompensa. Los guías ayudan a cruzar por unas piedras enormes. Quien guste puede entrar al agua, nadar y dejar que el chorro golpee su espalda. Una vez adentro, el agua no se siente fría. Ahí el tiempo pasa lento. Es un mundo lejos del ruido del auto y del estrés del trabajo. Ni siquiera hay señal de celular. La subida hace sudar. El clima es megadiverso, porque están dentro de la región del Chocó Andino. Hay aves únicas en el país. También hay un área para acampar.

Los costos

Para ingresar a la reserva se debe cancelar USD 5. Se puede llegar en auto particular o tomar un bus desde la terminal de La Ofelia hasta Pacto y llegar a la reserva en una camioneta. También se ofrece servicio de restaurante. Puede elegir tilapia, trucha, muchines de yuca, bolones de verde, patacones y cebiche de palmito. Su postre estrella es el maduro con miel. Pacto es una zona que vive del cultivo de la caña de azúcar.

Allí, el 62% de los habitantes vive de la agricultura, ganadería, silvicultura y pesca. Quienes están a la cabeza de la reserva han trabajado de la mano con la Administración Zonal La Delicia y con Quito Turismo. Este lugar recientemente fue nombrado destino de colores debido a la cantidad y variedad de aves y flores. No en vano, el bosque nublado fue declarado reserva de biósfera a nivel mundial por la Unesco.

No se necesita una fortuna para conocer el lugar; con USD 15 una persona (pasajes, alimento y entrada) puede desconectarse completamente de lo urbano.