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Marco Cruz: ‘El encuentro con las cumbres nos purifica’

Marco Cruz, alpinista. Foto: cortesía Expediciones Andinas

Marco Cruz ha escalado las más altas cumbres del Ecuador y los macizos montañosos del mundo (Alpes, Himalaya, Hindú Kush, Andes, Cordillera Ártica, Alaska e incluso montañas africanas o japonesas). Es un enamorado del Chimborazo y, en correspondencia, uno de los glaciares del volcán ecuatoriano lleva su nombre. “Esta montaña me abrió la puerta al mundo y a un conocimiento más profundo de mí mismo, lo poco que he podido lograr en la vida se lo debo a las montañas”, dice.

¿Cómo comenzó su historia de amor por el Chimborazo?

Soy de Riobamba y era niño, un chico más del barrio de La Merced, cuando nos invitaron a hacer la primera comunión los padres salesianos del barrio -que eran misioneros del norte de Italia-. Ellos sabían mucho de montañismo, algo que en Ecuador hace 70 años era algo desconocido; muy pocos extranjeros venían a subir a nuestras montañas. Los padres me llevaron a conocer la nieve a los 13 años y esa fue una experiencia que me marcó la vida y me abrió el camino de las cumbres. Le entregué mi vida a la montaña. Nosotros veíamos al Chimborazo desde cualquier punto de la ciudad, pero era como ver la luna, lo veíamos tan lejano: era algo remoto.

¿Cómo entender estas ruinas precolombinas en el nevado?

El Chimborazo es una montaña sagrada. He descubierto lugares como un santuario construido por los incas a 5 000 metros de altura, también hay sitios puruhaes. Los pueblos andinos creían que en estos lugares habitaban los espíritus como en un cielo de eternas nieves. Y desde ahí les proveían de agua, de buen clima, de fertilidad… Hacían ofrendas en los sitios sagrados. Los apus o wamanis estaban en la gloria encima de las montañas.

Si desde Riobamba ver el Chimborazo era como mirar la luna, imagínese desde Guayaquil…

Trabajo 50 años como guía de montaña y mis principales clientes son alemanes de las tierras bajas de Europa. No estamos tan lejos de Guayaquil. Cada vez que subimos al Chimborazo, vemos el reflejo de esa gran ciudad que está recostada al río Guayas y, cuándo tenemos un atardecer despejado, se ven las luces de Guayaquil. Y el propio río Guayas tiene sus orígenes más remotos en el glaciar del Tilman, al pie del Chimborazo, en su parte occidental, sin hablar del escudo de armas del Ecuador.

¿Estamos más cerca de lo que podemos pensar?

En línea recta deben haber 100 kilómetros, mucho menos de los más de 250 kilómetros por carretera. Tuvimos mucha relación hasta 1908, hasta el ferrocarril. Antes de eso estábamos conectados de Quito a Guayaquil por el Camino Real que pasaba por las faldas del Chimborazo hasta llegar al río Babahoyo. Todos los viajeros del siglo XIX, todos los guayaquileños que visitaban Quito, tenían que hacer ese camino y pasaban al pie del volcán por un paso a 4 400 metros, en medio de las penurias del largo viaje, del viento, del frío y la altura.

Las altas cumbres ofrecen una visión hipnótica ¿como cuando se ve por primera vez el mar?

Todos estos grandes espacios, las montañas, el mar, los desiertos evocan a la gran inmensidad de la naturaleza, donde el hombre se da cuenta de su pequeñez. No somos nada frente a la historia de espacios infinitos. La montaña nos enseña humildad, nos hace humildes. He aprendido a acercarme a ella como si fuesen un templo que se merece todos mis respetos.

¿La humildad nos puede conducir también a la bondad?

El riesgo y el peligro de muerte te lleva a elevarte, a menudo, sobre las miserias de la vida cotidiana. Aunque también puede sacar lo peor de nosotros. Lo que surge es una solidaridad, un compañerismo y la unión que da el depender el uno del otro. La montaña es una escuela de vida y de superación, nos da la oportunidad de vencer nuestras limitaciones, el miedo, el frío. Y en el encuentro de estos espacios tan altos, tan cerca a la luz, al cielo, parece que nos purificamos. El encuentro con las altas cumbres es como una forma de purificación.

¿Cuál es el sentimiento imperante en estas cumbres nevadas?

El miedo como una cosa innata, pero también el recogimiento. El miedo a la muerte, al dolor. Ahora subo con mucho más temor, porque soy consciente de todos los peligros. Es una actividad espiritual y de mucho esfuerzo, de superar todas las mediocridades y llegar casi a un estado de pureza y de unión con nosotros mismos, primero. Y cuanto más es el riego y las condiciones son más extremas uno se acerca más a esa alegría. El montañismo es una actividad de riesgo, pero no vamos buscando la muerte. La aventura es ir más allá de nuestra comodidad, de nuestra seguridad.

Usted ha sido arrastrado y quedó enterrado debajo del hielo…

En una ocasión casi llegando a la cumbre del Cotopaxi me arrastró la avalancha y me cubrió. Estaba inconsciente debajo de la nieve y me veía desdoblado, desde afuera, en medio de un sentimiento de profunda aceptación. He leído que es una reacción de la conciencia humana. Sobreviví 45 minutos enterrado porque había una cámara de aire, las placas de nieve no estaban compactas.

¿Y cómo es eso de que es vecino de (Alexander von) Humboldt?

Fue un gran naturalista y un humanista del siglo XIX. Para mí fue uno de los fundadores de la ecología. Vino a Ecuador y uno de sus grandes encuentros fue con el Chimborazo. Conocí la casa de Humboldt en Berlín, he leído su diario, sus escritos sobre la naturaleza y sobre la jerarquía de las plantas. Soy su admirador.

¿Usted, como Humboldt, también es un romántico?

Soy un enamorado, un ensimismado en la grandiosidad de las montañas. En el Chimborazo hay 18 glaciares que bajan en forma radial de sus cinco cumbres, uno está dedicado a la memoria de Humboldt y tengo la suerte de que un glaciar junto al de él lleva el nombre mío. Así que sí, Humboldt ahora es mi vecino.

Trayectoria

Es un pionero del turismo de montaña, fundó en 1972 la operadora Expediciones Andinas. En los Alpes franceses se certificó como guía de montaña. Tiene 75 años y pasa gran parte del tiempo en un refugio al sur del Chimborazo, a 4 000 metros de altura.