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Gustavo Salazar: ‘Hay que jugar con el naipe que nos toca, no con el que quisiéramos’

Gustavo Salazar Calle es autor de 22 libros de estudios literarios y antologías. Foto: Patricio Terán/EL COMERCIO

Gustavo Salazar Calle es uno de los investigadores literarios fecundos que tiene Ecuador. Sus registros son de una minuciosidad absoluta y sorprendente. Ha dedicado estos dos últimos años a estudiar la poesía escrita por mujeres en Ecuador y recién publicó una antología de dos volúmenes titulada ‘Poesía ecuatoriana escrita por mujeres’ y próximamente saldrá su estudio sobre este tema.

¿Por qué este título y no poesía femenina en Ecuador?

Es un giro lingüístico importante. Esto obedece a dos cosas puntuales. Tengo una hija de 30 años y desde hace seis o siete está en todo ese proceso que es parte de la modernidad: los derechos de la mujer. Siempre estamos dialogando. Ella vive en España. Es parte de un proceso de alerta ante todo lo que ocurre en su entorno y que en algún rato tiene que asentarse, sin embargo cualquier cosa les resulta sospechosa. Además, algo que siempre me ha disgustado es que digan que Gabriela Mistral es una gran poetisa. Es poeta nada más. Ninguna de las autoras en la antología lleva el apellido del cónyuge aunque algunas son conocidas como “señora de…”. Lo que sí he hecho al registrar la bibliografía, cuando aparecía el “de” lo he puesto. He tratado de ser muy cuidadoso.

¿Cómo lo motivó su hija?
Hace dos años, me conminó y me preguntó qué pienso de la literatura de las mujeres. Le dije que la literatura y el arte no tienen que ver con el sexo. Pero ella, justo en esas épocas había leído a Colette, que le había fascinado. Me llamó la atención porque el arte no tiene que ver con raza, con edad ni con nada. Pero me percaté que sí había un vacío en el país respecto a ver una tradición. Escucho a toda esa gente quejumbrosa que cae en lo que Carrión bien apuntó en sus ‘Cartas al Ecuador’, los del caramelo literario, que viven sufriendo por no ser cosmopolitas. Les encantaría ser argentinos, mexicanos, si pudieran preferirían ser británicos, estadounidenses, pero se incomodan de ser ecuatorianos. El hecho de que no conozcamos una tradición no quiere decir que no exista. Ahora, que por una serie de razones se ha ocultado o tergiversado es otra cosa.

Parece ahora que hay más escritores que lectores.
Que no tenemos una tradición como en México, es cierto, pero eso no es un delito. Es una situación que se da nomás. Escucho lo de la línea imaginaria, que el Ecuador no existe, que el Ecuador es una mierda y que no pasa nada… Y lo dicen escritores, además. Hay que jugar con el naipe que nos toca, no con el que quisiéramos.

¿Cómo llena esta antología ese vacío en la tradición?
Lo que noté es que poemas de la colonia no están en antologías anteriores. El primer poema es un villancico de Sor Teresa de Jesús Cepeda. Lo publicó el padre Aurelio Espinosa Pólit en 1959. Hay estudios que están dispersos. Yo no soy de los que se quejan. Cuando hay que hacer las cosas, hay que hacerlas, nada más.

¿Cómo surgen esas lecturas microscópicas que hace?
Lo atribuyo a dos cosas. Mis abuelos tejían sombreros. Eran minuciosos. Yo los veía y me parecía algo fascinante. Por otro lado, mi padre era relojero. Siempre lo vi con una lupa desarmando y armando en su totalidad a los relojes. Eso es minuciosidad.

¿Y las lecturas fundamentales?
Creo que en algún momento me afectaron ciertas lecturas que me parecen inadecuadas para cierta edad. Conocí a Vargas Vila a los 13 años; a los 16 y 17, a Moravia, Camus, Sartre, Ionesco. Era un revoltijo de cosas. Camus me centró porque me decía que la vida es un absurdo, pero justamente el ser humano está acá para luchar contra ese absurdo. Entonces, como a Ernesto Sábato, para el que todo resultaba caótico, lo único que encontró para ordenar ese caos era la narrativa y por eso abandonó la ciencia, lo que he hecho es concentrarme en la investigación. Como dijo Simón Espinosa, hay que apelar a la frase de Ortega y Gasset, solo sirvo para esto… (se queda pensando). Es la primera vez que cito a tantas personas en una conversación y eso es algo que no me gusta.

Pero la cita es lo más ‘cool’ en estos tiempos…
Lo importante es la pertinencia. Tiene que ser útil. Lo que percibo es que se citan cantidades de cosas que evidencian que el citador no lo entiende. En este libro que saldrá el próximo mes hago un alegato contra los famosos citadores y a los que tienen que refrendar todo citando.

¿Existe aún el ensayo como género latinoamericano con la presencia de académicos?
Cada cosa tiene su momento. En el siglo XIX hubo las condiciones para preguntarse la condición del latinoamericano, el mestizaje, y que se resolvió hasta los años 70 del siglo pasado. Las academias se han impuesto por razones, yo diría protervas, ideológicas. Se olvidaron de lo que era el ensayo, que es exponer algo sin tener que probarlo. Ahora todos quieren probar algo. Yo no soy ensayista, yo soy un investigador y lo que hago es exponer. Ahora todos quieren tener la razón. Y por otro lado, el Internet nos ha dado una democracia en que todos tenemos una verdad absoluta y la imponemos.

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición impresa de EL COMERCIO, el 17 de abril del 2022.