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El documental de una revolución no televisada

En el mismo año de Woodstock y la llegada a la Luna, en Harlem se realizó el festival de música soul.

En el verano boreal de 1969, Estados Unidos vivió momentos que podrían decirse épicos. El Apolo 11 llegaba a la luna y Neil Armstrong fue el primero en pisarlo. Mucho más cerca, en una granja del estado de Nueva York, cientos de miles de jóvenes se juntaron en lo que es el símbolo de la rebelión juvenil de los años 60: el festival de rock de Woodstock, el emblema del amor y paz de los sectores blancos de la sociedad.

Los afros estaban en otra cosa. O más bien, tuvieron su propio Woodstock: el festival de soul en Harlem, ciudad de Nueva York. Todos los domingos del 29 de junio al 14 de agosto de 1969, desde las 15:00 hasta que cayera el sol (cerca de las 21:00). Pero no hubo discos ni película de esta serie de conciertos. Apenas se transmitieron breves resúmenes en la televisión de las 40 horas de grabación.

El realizador televisivo Hal Tulchin intentó durante años que se pudiera hacer algo con los rollos. Nadie le hizo caso. Los videos permanecieron archivados durante 50 años en un sótano. El festival, que fue esencial, un símbolo más de un tiempo especialmente complejo para los derechos civiles y la lucha de los negros en Estados Unidos, parecía destinado al olvido. Hasta el año pasado, cuando se estrenó ‘Summer of soul’ en Hulu, un página de ‘streaming’ y que no opera en Ecuador.

El archivo fue descubierto por Joe Lauro, en el 2004. Habló con Tulchin y, en el 2006, con Robert Gordon y Morgan Neville decidieron realizar la película, que dirigió Ahmir ‘Questlove’ Thompson.

Es un documental es mucho más que música, que de por sí es predominante y extraordinario, el alma de la negritud en sus diferentes variantes: blues, gospel, el soul mismo, con B.B. King, Mahalia Jackson, Stevie Wonder, Gladys Knight, Sly & The Stone Family, Pops Staples & The Staples Family, Nina Simone, entre otros; y la presencia latina de Mongo Santamaría y su exquisita versión de Watermelon Man, y Ray Barreto, un ícono del ‘newyorican’.

La virtud de este documental es una lectura del contexto en que se dio ese festival. Es mucho más que un recuento de la música. Se incluye todo lo que necesitaba la comunidad negra -y latina, por cierto, porque había el Harlem negro y el Harlem Hispano- para recuperar el orgullo por el que habían luchado durante tantos años y que dio un gran paso con la ley de derechos civiles.

Sin embargo, en esos años, la comunidad había perdido la poca fe que tenía en el sistema. Perdió en esos años a sus referentes: el presidente John F. Kennedy, quien apoyó en mucho sus derechos, fue asesinado en 1963; en 1965, Malcom X; en 1968, Martin Luther King y Robert Kennedy. El festival les devolvía el orgullo y que aún se siente en el Harlem de hoy y que ya no tiene esa imagen de gueto peligroso como en los años 60 y 70.

En este festival se puede ver la profunda esencia religiosa de la comunidad negra, pero también sus luchas políticas, divididas entre la no violencia y los violentos, los Black Panthers, que fueron la seguridad, hasta la moda, un ‘revolution style’, con los peinados. Es un documental que ofrece el sentimiento, el soul de un tiempo convulso e interesante y que vale la pena que llegue al país.