Juan Valdano

Las edades y los oficios

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Miércoles 30 de diciembre 2020

Gracias al mejoramiento general de la salud ambiental alcanzado en los últimos años; a los adelantos de la ciencia médica que hoy trata enfermedades que hace poco eran incurables; al hábito de consumir dietas sanas; gracias, en fin, a la usual práctica de alguna forma de ejercicio físico, la expectativa de vida del común de los ecuatorianos se ha extendido más allá de la frontera de los 80 años. Las perspectivas de llegar a la senectud con una salud controlada han crecido en las últimas décadas.

En la Edad Media los alquimistas fracasaron en la búsqueda del elixir de la vida; el cristiano devoto rogaba al Cielo se le permita llegar a los cuarenta años. En los siglos XVIII y XIX aquel que llegaba a los 45 años era un provecto. Mozart murió a los 36, Pascal a los 39, Simón Bolívar a los 47.

En un mundo interconectado ya no existe lo distante, todo es próximo, la noticia es inmediata por más lejano que haya sido el acontecimiento que la produjo. La modernidad trajo una progresiva aceleración del tiempo histórico. El hombre contemporáneo vive sus días con celeridad. Esto no ocurría en el pasado cuando la lentitud de la comunicación hacía que las noticias procedentes de escenarios lejanos llegaran atenuadas por el retraso.

Si bien hoy se vive más tiempo, paradójicamente se envejece más temprano. La sensación de un prematuro declive empieza a dominar al ciudadano cuando llega a los 40 años y le toca buscar trabajo. Es entonces cuando constata que el mercado laboral lo excluye por la simple razón de que “ya está viejo”, que no está entrenado en los secretos de la informática. Las generaciones jóvenes, adiestradas en el conocimiento de las tecnologías digitales, desplazan a sus padres quienes recibieron una educación tradicional, cuando todavía no se habían inventado las computadoras personales.

Para quien no ha entrado desde niño en un ambiente tecnológico, en el uso de artefactos digitales que utilizan funciones automáticas y programadas, difícilmente en la adultez llega a dominar el lenguaje que plantean máquinas con inteligencia artificial. Ya no es solo el estrés lo que prematuramente envejece al hombre de hoy, lo es también su rezago frente a una modernidad cada vez más sofisticada.

Hace un medio siglo los adolescentes se preparaban para “ser adultos”; hoy los adultos acuden a los jóvenes para aprender de ellos habilidades que, en “su tiempo” eran desconocidas. Trastocadas las tradicionales acepciones de lo joven y de lo adulto, de lo joven como una instancia de inmadurez y de lo adulto como sinónimo de experiencia, ahora resulta todo lo contario; los jóvenes son los que saben, están más capacitados que sus progenitores quienes se sienten rezagados, atrapados en conocimientos inútiles que nada sirven a la hora de competir en un exigente mercado laboral como es el de hoy.