Persistencia retiniana

Textos breves sobre cine. Twitter: @andrescardenasm. Instagram: @andrescardenasmatute

Andrés Cárdenas Matute

Andrés Cárdenas Matute

Estudió periodismo en Ecuador y Chile. Ha escrito para periódicos y revistas de Ecuador, Colombia y España. Actualmente vive en Italia, en donde realiza estudios de doctorado sobre filosofía del cine.

Little Fish (2021)

Heidegger no parece asustarnos demasiado cuando nos recuerda que, ahora mismo, mientras pasan estos segundos, nos estamos muriendo. Pero, ¿y si cambiamos el juego y estaríamos olvidando poco a poco? ¿Por qué tal vez nos asusta más perder los recuerdos que nos unen a los demás o que han forjado nuestra identidad? A la película “Little Fish” (2021) se le alinearon los astros: es una historia que se desarrolla en medio de una enfermedad mundial y, justo al haberla terminado, empezó una verdadera enfermedad mundial. Por eso vemos allí nuestro contexto: el caos, las mascarillas, las teorías conspiratorias, las primeras pruebas médicas para una posible cura, la incertidumbre de ser más débil que el enemigo. Un enemigo que, en este caso, es la pérdida de la memoria. Emma es veterinaria y Jude es fotógrafo. Llevan casados poco menos de un año cuando él comienza a tener los síntomas de la enfermedad que ya terminó con la relación de sus mejores amigos. Soko, la mujer de aquella anterior ruptura, había reflexionado entonces: ¿Qué hacer cuando quien hace poco prometió amarte para siempre de repente se asusta por tener a una persona extraña –a ti– tan cerca? Se trata de una película que enfrenta la melancolía, la constante paleta de colores fríos, la atmosférica música electrónica y la triste voz en off de Olivia Cooke, con la cálida lucha de la pareja protagonista por no perderse el uno al otro. Una lucha por aferrarse a la memoria, por decirse las cosas antes de que se borren, por querer envejecer junto a la otra persona aun si quizá mañana lo hayamos olvidado todo.