Textos breves sobre cine. Twitter: @andrescardenasm. Instagram: @andrescardenasmatute
Andrés Cárdenas Matute
Estudió periodismo en Ecuador y Chile. Ha escrito para periódicos y revistas de Ecuador, Colombia y España. Actualmente vive en Italia, en donde realiza estudios de doctorado sobre filosofía del cine.

El juicio de los 7 de Chicago (2020)

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Lunes 26 de octubre 2020

Para defender a Sorkin, hay que decir que fue casualidad que su película sobre un enfrentamiento entre policías y civiles se estrenase durante un año lleno, como este, de enfrentamientos entre policías y civiles. Llevaba más de diez años en espera el proyecto sobre el juicio que siguió a unas protestas de 1968 en realidad. Pero la oportunidad con la que ahora aparece en Netflix será su gloria –“¡parece como si hablara de nosotros!”– y su perdición –“¡cómo se atreve a hablar así de nosotros!”–. Es obvio que se trata de un
producto más que disfrutable: Sorkin es un mago de los tiempos, de la dosificación de la información, de convertir los diálogos en una banda sonora frenética. Vuelan las dos horas. Es un gran escritor absolutamente consciente de su capacidad de deificar, con las líneas justas, lo que tiene entre manos. Y ese mismo éxtasis con las palabras termina por amarrarlo a su mármol: esta vez a los injustamente enjuiciados de Chicago, especialmente al yippie Abbie Hoffman, interpretado por un gran Sacha Baron Cohen. Por eso, los mejores momentos son los pocos en los que al guionista-director se le coló la siempre preciada duda: cuando vemos las discrepancias entre los mismos acusados para enfrentar el juicio, cuando el fiscal acusador sabe que está utilizando una ley de manera abusiva, o durante los pocos instantes en los que tambalea la culpabilidad en el relato sobre la batalla campal. Sorkin, al retratar unos hechos históricos que tienen tanta resonancia en el presente, se queda a un medio camino entre la metáfora –hay muchas escenas de humor– y el realismo – también hay mucho material de archivo–. Y, al final, nos queda la sensación de haber recibido una entretenida lección de moral cívica.