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‘Y la muerte no tendrá señorío’

Fotos: EL COMERCIO

El verso del poeta galés Dylan Thomas nos revela la gran disputa contra la muerte. En algún momento pedirá que “no entres dócilmente en esa noche quieta (…) Rabia, rabia contra la agonía de la luz”.

Todo ser humano ha tenido alguna experiencia cercana a la muerte. Es fuerte y dolorosa, pero también nos enseña el valor de la vida.

Hoy, en nuestra tradición, recordamos a los difuntos, quienes fueron protagonistas de una vida que rememoramos. Y en esta edición, siete personas, que han visto o sentido a la muerte de cerca, nos revelan cómo cambió su sentido de la vida y que, por más terrible que haya sido su experiencia, supieron “rabiar, rabiar contra la agonía de la luz”.

‘Una vida plena es aquella que acepta su finitud’

Fernando Albán, filósofo y docente universitario. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO
Fernando Albán, filósofo y docente universitario. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Fernando Albán. Filósofo y docente universitario

Gabriel Flores. Redactor (O)

¿En qué momento de la Historia olvidamos que la muerte es parte de la vida?

En el mundo antiguo se asumió que se nace para morir. Eso permitió que se entienda la vida como un camino hacia la muerte y que ese proceso tenía que ser aceptado de manera jovial. El cambio radical se generó en la Modernidad. Desde ámbitos del saber como la Medicina, la lógica imperante comenzó a girar alrededor de la prolongación de la vida. Desde ese momento, la muerte se convirtió en algo que hay que evitar, incluso, en un tabú, alimentado por el temor al envejecimiento. También se afirmó la aspiración a la inmortalidad, que entraña una conducta que desprecia el cuerpo, porque es el lugar donde está sembrada la finitud del ser humano.

¿Cuál es el valor que la sociedad contemporánea le está dando a la vida?

Me da la impresión que la tendencia hegemónica es la de restar valor a la vida, en aras de apostar por una suerte de más allá o de trascendencia. Lo que obliga a las personas a vivir en función de algo que no existe, sacrificando el presente; que es el lugar del placer y en donde se puede cristalizar la plenitud.

¿Y, a la muerte?

En el momento en el que la vida es desvalorizada, la muerte también. Son dos cosas que van de la mano. Esta desvalorización de la muerte también tiene que ver con la manera triste de verla. Se la considera un hecho fortuito que viene de fuera y no como algo que es sustancial a la vida. El ser humano es un ser temporal, en la medida en que está permanentemente expuesto a la muerte. Esto funciona como una certeza, pero también como un elemento de total incertidumbre y eso lo convierte en un ser de posibilidades.

¿En qué medida la pandemia cambió las percepciones sobre vida y muerte?

Lo que hizo la pandemia es desatar una suerte de pánico colectivo en relación con la muerte. Esto ha producido una profunda desconfianza en el otro y ha generado una especie de individualismo exacerbado. Las personas solo actúan en función de su salvación y se elude la posibilidad de relacionarse con el otro. Como si la muerte no estuviese trabajando dentro de uno desde el momento en que se nace. Este pánico también ha generado la ruptura del vínculo social y la imposibilidad de que las comunidades puedan trabajar en aras de la felicidad actual.

¿Existe algo positivo en que la muerte se haya convertido en más cercana y cotidiana?

No creo que la muerte se haya convertido en algo más cercano y cotidiano. La vida cotidiana, como está configurada desde la Modernidad, está constituida por una especie de trajín frenético: una forma óptima de evitar cualquier tipo de relación con la muerte. Vivimos en medio de una rutina que supone una suerte de automatismo, en el cual se piensa poco. Lo que pasa es que la muerte ahora se nos presenta de la manera más impersonal posible. Todos estos fallecimientos masivos y dolorosos se nos muestran de manera maquillada, en forma de números y estadísticas.

¿Cómo cambió la pandemia la ritualidad alrededor de la muerte?

Banalizando aún más la muerte y sus rituales, con este maquillaje de las estadísticas y las cifras, tanto a favor de una gestión estatal como en contra de la misma. La muerte entre los humanos tiene como correlato fundamental el duelo. Lo que hace es preparar de manera no traumática la aceptación de la separación. En ese contexto, no se han propiciado las condiciones para que esa separación se haga de manera adecuada. No se ha dado pie a que los muertos sean llorados y despedidos de manera apropiada ni para que se geste esa separación en condiciones dignas. No hay tiempo para recordar a esos muertos. Lo que existe es un volver reiterativo a ese estado catastrófico, en el que muchos seres queridos tuvieron que ser despedidos.

En este contexto, ¿tiene sentido que haya científicos que estén trabajando para alargar la vida de una manera artificial?

Esta pretensión que tienen los científicos de alargar la vida es un síntoma de la fractura que la Modernidad ha introducido en el tratamiento sobre la muerte, que es concebida desde una perspectiva de profunda tristeza. Una vida plena no tiene por qué tener como objetivo fundamental evitar la muerte. Una vida plena es aquella que acepta su condición finita. No hay que olvidar que este propósito de prolongación de la vida está atado a una de las industrias más lucrativas del momento, que es la del maquillaje. Lo que se busca es maquillar los cuerpos de tal manera que no se vea la marca de la finitud.

¿Por qué todavía resulta complejo entender y practicar el buen morir?

Eso nos remite otra vez al mundo antiguo. En el mundo griego y en el romano se reflexionaba sobre la muerte como una forma de encaminarse de manera progresiva y paulatina a una suerte de plenitud del ser. Eso en la actualidad se ha perdido. Recuperar esa idea de la muerte implicaría dar un vuelco radical a nuestro pensamiento; uno en el que los seres humanos no busquen consagrar su vida a un ajetreo frenético, en aras de un futuro que es inalcanzable.

Trayectoria

Fernando Albán estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador; Filosofía en la Universidad de Lyon y Lingüística en la Universidad París, en Francia. Es autor de varios libros, entre ellos el ensayo ‘Pasos de frontera’ y el poemario ‘Iris negro’. Actualmente es catedrático en la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE.

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