28 de junio de 2020 00:00

El tráfico de esclavos africanos

Eric Rieger trabaja con imanes la instalación ‘Pure Imagination’ fuera del Teatro Guthrie, el 24 de junio, en Minneápolis. Es un retrato de George Floyd. Foto: AFP

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Segundo E. Moreno Yánez

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Además de las protestas justas contra el racismo después del asesinato de George Floyd, el mundo ha presenciado el derrocamiento de estatuas de Cristóbal Colón y de descubridores y conquistadores españoles, a quienes los textos de historia “made in USA” acusan de esclavistas, para de este modo justificar quizás la anexión de casi la mitad de México a los Estados de la Unión.

Un trauma colectivo pretende cambiar la historia con los intentos de retirar los monumentos de fray Junípero, el misionero defensor de indios de California, y con las órdenes de retirar de los museos obras de arte que podrían herir modernas susceptibilidades.

Los esclavos de raza negra eran conocidos en la antigüedad y su presencia como trabajadores está atestiguada en los relieves egipcios. Los faraones les conocían con el apelativo de “nubios” y su patria se encontraba entre la segunda y tercera cataratas del Nilo, mientras los “kusitas” ocupaban la cuenca fluvial entre la tercera y cuarta cataratas.

Es curioso señalar que los hermanos María y Aarón murmuraron contra Moisés “por causa de la mujer kusita que había tomado por esposa” (Nm. 12, 1). En el griego antiguo el apelativo “ethiope” tiene el significado de rostro quemado y se refiere a los africanos de tez oscura, en contraposición a los libios con piel clara. Bajo el nombre de “nubios” eran conocidos en Roma los esclavos africanos, muchos de los cuales fueron incorporados a las tropas auxiliares.

En la Edad Media, los estados islámicos fueron grandes potencias esclavistas y en ellos eran muy apreciados los “eunucos” o esclavos castrados, con lo cual evitaban un crecimiento descontrolado de la población negra. El negocio de esclavos prosperó en los países de la cuenca mediterránea, adonde eran transportados por caravanas árabes desde Sudán o Guinea, a través del desierto de Sahara, hasta Marruecos, donde los europeos los adquirían.

Los viajes de descubrimiento promovidos por Enrique el Navegante (1394-1460) posibilitaron a los portugueses el traslado de las rutas comerciales africanas del Mediterráneo al Atlántico y transformaron a Madeira y las Azores en centros del tráfico negrero. En estas islas se dio inicio al tipo de explotación que después seguiría en América: el esclavo africano, de servidor doméstico se transformó en trabajador de las plantaciones azucareras.

Su posterior aumento fue el resultado del descubrimiento del Nuevo Mundo y del interés en Europa por el consumo de azúcar, a lo que habría que añadir el posterior cultivo de algodón y la minería. Aunque es difícil encontrar en los siglos coloniales una actitud antiesclavista, conviene recordar algunas denuncias en su contra, especialmente las condenas de la trata negrera por el papa Urbano VIII (1639) y de la esclavitud de los negros por fray Tomás de Mercado y del jesuita Alonso de Sandoval (1647).

Ya a fines del siglo XV los esclavos negros eran apreciados en España por su “carácter servicial”, por lo que los viajeros los llevaban consigo como sus fieles acompañantes; de este modo llegaron a América y muchos siguieron a sus señores en las expediciones de descubrimiento y conquista. En la toma de Tenochtitlán seis hombres de color acompañaron a Hernán Cortés, y en Cajamarca estuvieron presentes tres esclavos, entre ellos el pregonero negro Juan García.

Después de la captura de Atahualpa, Pizarro despachó a tres hombres, escoltados por indios y transportados en hamacas, para traer del Cuzco el rescate del Inca: fueron Martín Bueno, Pedro de Moguer y un negro anónimo. En las Actas del Cabildo de Quito, del 6 de diciembre de 1534, aparecen como vecinos “Anton de color negro” y “Pedro Salinas color negro”. Con razón afirma Carmen Bernand en su libro “Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas” (Madrid, 2001): “Armas, caballos y negros fueron los bienes más codiciados por los españoles en los primeros tiempos del descubrimiento, y esta trilogía bélica indica claramente lo importantes que fueron los esclavos como auxiliares de la conquista”.

Veinticinco años después del primer viaje de Colón se inició la trata de esclavos, para reemplazar la mano de obra indígena que había disminuido en el Caribe. En el siglo XVI el tráfico de esclavos se administró por medio de licencias a los “asentistas” portugueses quienes, como “rendeiros”, habían creado una red comercial desde sus posesiones hacia el interior del continente africano. Entonces eran puntos de concentración de la “mercancía negra” Cabo Verde, Angola y la isla de Santo Tomé.

El jurista del Consejo de Indias Juan de Solórzano afirma que los negros se venden en África “por su voluntad, o tienen justas guerras entre sí, en que se cautivan unos a otros, y a estos cautivos los venden después a los portugueses, que nos los traen”. A partir de 1640, la ruptura luso-hispana terminó con esta forma de comercio negrero y desde entonces monopolizaron su tráfico Holanda e Inglaterra, que transformaron a sus colonias de Curaçao, Jamaica y Barbados en depósitos y centros de distribución de esclavos.

La sagacidad holandesa aunó sus intereses comerciales en la Compañía de Indias Occidentales, mientras en Inglaterra se creó, en 1660, la compañía de “Reales Aventureros” dedicada al tráfico de esclavos, con fuertes capitales y con la familia real como principal accionista. A esta real asociación sucedió en el siglo XVIII la South Sea Company, la que se encargó del suministro de esclavos para las plantaciones de caña de azúcar y algodón en las costas del Caribe y en el Sur de Estados Unidos.

El contrato con esta compañía finalizaba en 1744 y Felipe V de España declaró que no lo renovaría, lo que suponía un grave perjuicio para los ingleses pues, gracias al “asiento” (contrato), llevaban a América 5 000 esclavos cada año, junto con mercancías “para su mantenimiento”. En 1741 una armada británica, bajo el mando de Edward Vernon, se lanzó a conquistar Cartagena y otras plazas, con 200 navíos, 2 000 cañones y 27 000 hombres.

Los defensores españoles, comandados por el tuerto y manco Blas de Lezo, contaban solo con seis navíos y 3 000 hombres. No obstante, al final de esta “Guerra del asiento” o, según los ingleses, “de la oreja de Jenkins”, la derrota de la “armada invencible” británica fue contundente, con 10 000 bajas frente a 600 de los defensores. Con razón afirma Marisa Vega en su estudio: “El tráfico de esclavos en América” (Sevilla, 1984): aunque España poseía el más grande imperio, “se conformó con el papel de cliente de las grandes potencias mercantilistas”.

*Historiador, docente.

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