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Las huellas de la pirotecnia van más allá de las quemaduras

La contaminación afecta a pacientes covid-19. Foto: reepik.es

Durante los últimos siete años la familia de Karen Díaz se aísla en casa antes de que acabe cada 31 de diciembre. Cierran bien las ventanas, buscan el espacio más hermético y esperan que el bombardeo exterior por el Año Nuevo les dé tregua.

Así lo han hecho desde que nació Lucas, para protegerlo. “Preferimos evitar que tenga una crisis. Aunque sabemos controlarla, nuestro hijo lo pasa muy mal porque pierde el control de su cuerpo, no puede orientarse, grita…”.

El pequeño tiene un trastorno del espectro autista como uno de cada 160 niños en el mundo. La alta sensibilidad auditiva es una de las consecuencias en esta y otro tipo de discapacidad intelectual, y por ellos el Cuerpo de Bomberos de Guayaquil pide más conciencia y menos explosivos en estas fiestas.

Cada año las campañas preventivas contra el uso de pirotecnia se han centrado en las quemaduras, una de las principales huellas pero no la única. Problemas auditivos, alteraciones del sistema nervioso, intoxicaciones, incluso complicaciones en casos de coronavirus por los gases contaminantes son otras secuelas.

El oncólogo Francisco Plaza advierte que la quema de monigotes y fuegos artificiales genera elementos altamente cancerígenos.

Tolueno, plomo, mercurio, fósforo, azufre y monóxido de carbono son liberados en el aire y pueden demorar hasta tres días en disiparse por completo. “Son partículas menores a 2.5 micrones, que pueden afectar las vías respiratorias, el corazón y el cerebro. Incluso científicos mencionan que aumenta la posibilidad de agravar los cuadros de covid-19”.

El ruido también es tóxico. Plaza dirige Funcorat, una fundación contra los aerocontaminantes que ha desarrollado estudios sobre lo estruendoso que puede ser diciembre en el país al superar los 120 decibeles por el intenso tráfico, la actividad comercial y la pirotecnia.

Lucas puede percibir la detonación de una camareta y hasta de un diablillo a lo lejos debido a su hipersensibilidad. Los decibeles tolerables -la unidad de medida de la intensidad sonora- pueden llegar hasta los 60; un solo petardo pasa de los 160 decibeles y la exposición prolongada puede causar la pérdida irreparable de las células sensoriales del oído.

Los niños de entre 10 y 13 años son los más vulnerables y los que más emergencias reportan en esta época. El hospital Roberto Gilbert de Guayaquil recibía un promedio de 15 pacientes por estos días, aunque las restricciones por la pandemia redujeron este año la estadística a solo uno. Ahora se teme que el relajamiento ciudadano cause un nuevo aumento de casos.

Ana Soria es la jefa de la unidad de Quemados, donde han atendido quemaduras profundas en manos, rostro y piernas, también amputaciones. Por eso asegura que ningún juego pirotécnico es inofensivo. “Lo mejor es no comprarlos ni manipularlos. Y si observa la quema de monigotes o el encendido de estos artefactos se debe guardar mínimo 400 metros de distancia”, dice Soria.

El pediátrico Baca Ortiz no ha reportado casos en este año, pero tiene listo un operativo de atención porque antes de la pandemia recibía hasta ocho pacientes por día, en diciembre y enero. Gonzalo Sevilla es el subdirector del hospital y como cirujano plástico asegura que una tercera parte de estas emergencias termina en un quirófano.

“Algunas son amputaciones complejas. Y hay quemaduras extensas que ponen en riesgo la vida o dejan lesiones funcionales que requieran prótesis y rehabilitaciones prolongadas que no siempre devuelven el 100% de la funcionalidad”.

El Luis Vernaza solía atender hasta 60 emergencias de gravedad. Fernando Quintana dirige el área de Quemados y ha visto secuelas permanentes: amputaciones de varios dedos, sordera, ceguera… Por eso dice que lo ideal es no comprar explosivos.

“Sin embargo, es difícil que dejen de adquirirlos -reconoce-. Así que es necesario identificar los artefactos que hayan pasado por controles de tiempo de explosión y expansión, y no comprar camaretas o tumbacasas de los que no se sabe si tienen mecha de corta o larga duración”.

Los padres de Lucas piden un poco de sensibilidad. Ellos se esfuerzan por ser un refugio en medio de esos estridentes primeros minutos del nuevo año para ver ese rostro apacible con el que aparece en las fotos de la campaña del Cuerpo de Bomberos.

Afectaciones y ‘tips’

Las lesiones por uso de pirotecnia suelen afectar manos y dedos (83%), ojos (28%), cabeza y cara (15%).

No permita que niños manipulen o utilicen fuegos artificiales. No es un juguete y su uso tiene protocolos de seguridad.

No compre petardos de fabricación artesanal. Verifique siempre que la etiqueta tenga el permiso de fabricación.

No encienda fuegos artificiales que no reventaron. No tocarlos si no explotaron, aunque la mecha esté apagada.

Nunca guarde camaretas, cohetes o petardos en los bolsillos por el riesgo de lesiones en los genitales y otros órganos.

No los arroje cerca de las cajas de tomacorrientes, cilindros de gas o tanques de combustibles de vehículos.

El estruendo de los petardos puede causar la muerte de las células sensoriales de los oídos, que nunca se regeneran.

En caso de quemadura grave retire la ropa con cuidado y coloque agua a temperatura ambiente por 15 minutos.

No aplique ninguna sustancia sobre la quemadura y traslade inmediatamente al afectado a un hospital para ser atendido por especialistas.