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El peor momento para recordar los ataques del 9/11

Los atentados a las Torres Gemelas del World Trade Center trajeron consigo una nueva forma de conflicto bélico.

El próximo sábado, Estados Unidos recordará el mayor ataque de guerra no solo en su territorio, sino en el alma misma de la nación. Aquel 11 de septiembre del 2001, el mundo vio en vivo y directo, para estupefacción de todos, cómo un edificio del World Trade Center ardía en llamas; y luego, a un avión embestir a la otra torre en el corazón de Nueva York.

Ambas edificaciones -las emblemáticas Torres Gemelas- colapsaron y, con ellas, un nuevo periodo se inauguraba en la humanidad: la guerra contra el terrorismo o, como llaman también: el contraterrorismo. Pero este aniversario llega en el peor momento, cuando ese ideal esta­dounidense se ve derrotado -20 años después- con la salida de sus tropas en Afganistán, el regreso al poder de los talibanes y la sensación de haber participado en una guerra inútil que, a la postre, también mina el alma del país.

El responsable, el que se lleva la peor parte es el presidente Joe Biden. Pero el fracaso es estadounidense. El actual Mandatario ha dicho reiteradamente que no iba a permitirse “una guerra interminable”.

Sin embargo, Biden ha asegurado que Estados Unidos no cesará en su lucha contra el terrorismo en Afganistán y en otros países del mundo. Tiene material bélico de alta tecnología para ello, como los drones que tanto usó Donald Trump, por ejemplo. Pero la credibilidad internacional del país se ha visto deteriorada. Sus aliados europeos ya insinúan que no volverán a participar de las aventuras militares estadounidenses.

Según publicó Christopher Caldwell -autor de ‘Reflexiones sobre la revolución en Europa: inmigración, Islam y Occidente’- lo ocurrido en Afganistán llevó a los europeos al uso de palabras mayores para las grandes calamidades ­militares: debacle, caída, fiasco, humillación.

“La pregunta central en estas discusiones -se plantea Caldwell en su columna publicada por The New York Times– es si la retirada fallida es un fracaso lo suficientemente grave como para merecer un replanteamiento de los acuerdos de defensa europeo-estadounidenses”.

La guerra de Estados Unidos contra el terrorismo involucró a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la alianza militar de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial y en el marco de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

“La irresponsabilidad estadounidense ha enfurecido a los líderes europeos”, añade Caldwell. Y cita a Armin Laschet, probable reemplazo de Ángela Merkel como canciller de Alemania, si triunfa en las elecciones de este mes. Se trata de “la mayor debacle que ha sufrido la OTAN desde su fundación”, dice Laschet.

Pero como titula Samuel Moyn en The New York Times: “América está ofreciendo al mundo una nueva e inquietante forma de guerra”. Según el articulista, Estados Unidos tiene una tradición con origen en las constantes guerras con los nativos, al interior de país, ante de trasladarlas al exterior. Pero en sí, la concepción de lo beligerante fue distinto.

Durante la era de la guerra aviatoria, “solo intensificó las tradiciones estadounidenses de brutalidad (…) Los enemigos asiáticos fueron regularmente comparados con los nativos”, añade Moyn, autor del libro de próxima circulación ‘Humano: cómo Estados Unidos abandonó la paz y reinventó la guerra’.

Afirma que luego del 11 de septiembre del 2001 esta concepción no cambió mayormente: Oriente Medio fue tratado como “la nueva frontera”, al estilo de la expansión al ‘wild west’ y que Osama Bin Laden tenía por nombre codificado de ‘Jerónimo’.

“Pero en ese momento, la cultura estadounidense ya estaba dando lugar a una tradición más nueva, una que continúa caracterizando la guerra contra el terrorismo”, añade. Lo interesante -y paradójico- es que a la vez se promocionaba la idea de una guerra “más humana”. Y esto es un oxímoron, porque no hay guerras humanas; todas son un crimen.

El autor recuerda que Barack Obama, cuando recibió el Premio Nobel de la Paz, dijo en un estado “casi metafísico”, que Estados Unidos “luchará para siempre, al tiempo que prometió hacerlo con humanidad”.

“Debemos comenzar por reconocer la dura verdad: no erradicaremos los conflictos violentos en nuestras vidas”, dijo en aquel entonces Obama.

La decisión de Biden, anunciada el viernes pasado, de desclasificar los archivos del FBI sobre los atentados del 9/11, puede ser vista como una ­forma de atenuar las críticas que han caído sobre él tras la toma de Kabul.

El Presidente dice que es una promesa de campaña. Durante los próximos seis meses, los investigadores podrán acceder a estos documentos.

Pero el problema es que los sobrevivientes y los familiares de las casi 3 000 víctimas del 11 de septiembre pidieron al Presidente que no se hiciera presente en las ceremonias de homenaje, salvo que se publicaran nuevos archivos sobre los ataques y, sobre todo, el posible rol de Arabia Saudí en aquel
fatídico día.

“Al acercarnos al vigésimo aniversario de ese trágico día, estoy cumpliendo con ese compromiso”, dijo Biden, quien lidia con su campaña con la idea del “bring the boys back home” (traigan a los chicos de vuelta) y un deplorable trabajo de la inteligencia.

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