14 de marzo de 2021 00:00

Manuela Cañizares y el machismo institucional

En el Museo Alberto Mena Caamaño se recrea la decisiva reunión de los patriotas el 9 Agosto de 1809, en casa de Manuela Cañizares. Era un lugar de reuniones sociales, como un club o casino de hoy. Foto: Museo Alberto Mena Caamaño

En el Museo Alberto Mena Caamaño se recrea la decisiva reunión de los patriotas el 9 Agosto de 1809, en casa de Manuela Cañizares. Era un lugar de reuniones sociales, como un club o casino de hoy. Foto: Museo Alberto Mena Caamaño

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Enrique Ayala Mora

Nuestras historias cuentan que los patriotas del 10 de Agosto de 1809 se reu­nieron la víspera en la casa de doña Manuela Cañizares para planear el golpe y salieron de allí para ejecutarlo. Ella no fue solo anfitriona de la conspiración sino una “mujer de aliento varonil, a cuyo influjo y temple de ánimo cedieron aun los más desconfiados y medrosos”, según un contemporáneo. En efecto, cuando algunos se desanimaban y se iban, salió con un cuchillo en la mano y les increpó: “¡Hombres nacidos para la servidumbre... ¿de qué tenéis miedo? ¡No hay tiempo que perder!”… Y logró que se quedaran para iniciar la revolución.

El episodio se ha divulgado mucho. La casa de la conspiración es monumento nacional. Se dio su nombre al normal femenino de Quito. Pero se ha estudiado poco su vida y su personalidad. Hay citas históricas abundantes, pero solo la obra de Manuel de Guzmán Polanco ‘Manuela Cañizares: La heroína de la Independencia del Ecuador’, da una visión de su vida y obra, aunque con escasos datos y referencias.

Los textos de historia la mencionaron, pero sin publicar su imagen como la de los patriotas varones. Su acción en la historia se vio como episódica y su figura no se incorporó al retablo de los héroes. Era mujer y no calificaba para ello.

Esta visión machista y patriarcal pura y dura se volvió oficial. Hasta para reconocer sus méritos se la consideraba “varonil”. Casi sin excepción, cuando los gobiernos y entidades públicas encomendaban retratos de las figuras de la Independencia, no tomaban en cuenta a esta Manuela ni a ninguna otra mujer.

Iconografía de los patriotas

La serie de retratos de los próceres encomendada a Manuel Salas en la década de los veinte reprodujo la visión oficial. Solo incorporó a hombres considerados importantes en las gestas del 10 de Agosto de 1809 y del 9 de Octubre de 1820. Manuela era solo la “dueña del cuarto” y no calificaba. La sensibilidad de entonces fue muy cuidadosa en buscar un “equilibrio regional” e incorporó a las figuras de la Independencia de Quito y de Guayaquil, pero no consideró una visión de ­género y más bien ocultó una vez más a las mujeres.

Cuando se remodeló el edificio de la Cancillería en 1959, en el Salón de los Próceres se colocaron los retratos de la colección y así quedó consagrada la exclusión de las mujeres en el principal escenario de nuestras relaciones exteriores. Y lo más grave es que este hecho fue considerado natural. Los próceres fueron varones y las mujeres, a lo más, sus ­auxiliares o amantes.

Varias ocasiones hice notar, incluso por la prensa, la necesidad de incluir entre los próceres a Manuela Cañizares. En agosto de 1992 le mencioné a Diego Cordovez, entonces canciller, esta discriminación y le ofrecí la donación de la naciente Universidad Andina Simón Bolívar, de un retrato de Manuela Cañizares para que se lo colocara en el salón. Lo aceptó con entusiasmo, pero dejó la Cartera en unos días y no se concretó el trámite que debía hacer el Ministerio para la donación y el cambio.

Pasaron años hasta cuando, luego de una nueva gestión, el canciller José Valencia, con gran interés, dispuso que se aceptara la donación del retrato, que mi sucesor en el ­rectorado, César Montaño, cumplió como un grato compromiso institucional con apoyo de Alejandro Suárez y Ana María Canelos.

Este 8 de marzo, por iniciativa del excanciller Luis Gallegos, quien recibió el retrato del rector de la Universidad, se colocó la imagen de Manuela Cañizares en el Salón de los Próceres. Este no solo es un acto de estricta justicia con una persona que debía estar allí por su destacada acción en la lucha independentista; sino también un gesto contra el machismo institucional, que reconoce la presencia femenina en la vida de la patria.

La vida de Manuela Cañizares

Nació en Quito el 29 de agosto de 1770. Hija de Miguel Bermúdez Cañizares, payanés licenciado en Derecho, y de Isabel Álvarez y Cañizares, miembro de una familia de cierta posición social, pero pobre. Tuvo tres hermanos, Mariano, José y María. Como fue hija ilegítima y su padre no se preocupó de ella, desde muy joven tuvo que valerse por sí misma.

Hacia 1797 vivía sola, soltera y sin hijos, en una casa arrendada del barrio de la Cruz de Piedra, donde fue ­retratada por el pintor Antonio Andrade.

En 1805 adquirió una quinta de Gregoria Salazar en Cotocollao, por 800 pesos. La arrendaba en 151 pesos anuales. Según su propia versión, sus ingresos provenían, además, de la elaboración de encajes y del alquiler de trajes para fiestas.

Cuando se trasladó como arrendataria a la casa parroquial de El Sagrario, en la actual calle García Moreno, abrió su salón para reuniones o tertulias sobre política, arte, ciencia, cultura y también sobre la mojigata pero activa vida oculta de la capital. Uno de los concurrentes era Manuel Rodríguez de Quiroga, abogado chuquisaqueño radicado en Quito, que tenía inclinaciones insurgentes.

Los chismosos decían que eran amantes, cosa que no era inusual en la sociedad de entonces. El salón de Manuela era un lugar de reuniones sociales, como un club o casino de hoy. No una “casa de citas”, como sus detractores dijeron. Pero la sola afirmación da una idea de la mala fama que tenían en la época las mujeres ilustradas y críticas.

El 9 de Agosto de 1809, se juntaron allí los conspiradores para preparar lo que se llamó la Revolución de Quito. Manuela llamó cobardes y “hombres nacidos para la servidumbre” a los indecisos y los lanzó a dar el golpe. Pero le costó caro. Luego de la precaria vida de la ‘Junta’ quiteña, fue perseguida por las autoridades realistas y tuvo que ocultarse en una hacienda de Los Chillos.

Pero los pasquines godos la atormentaban a ella y a otras mujeres que habían conspirado. Uno de ellos decía:

¿Quién mis desdichas fraguó? Tudó.

¿Quién aumenta mis pesares?

Cañizares.

¿Y quién mi ruina desea?

Larrea.

Y porque así se desea querría verlas ahorcadas a estas tres tristes peladas
Tudó, Cañizares, Rea.

Cuando Manuela pudo volver a Quito, se refugió en casa de unos amigos en el barrio de San Roque. Cayó enferma y se complicó a consecuencia de un accidente. Hizo testamento el 27 de agosto de 1814 y murió el 15 de diciembre, según unos en el convento de Santa Clara, según otros, en Los Chillos.

Mujeres de la Independencia

La Independencia americana está dominada por figuras masculinas. Los intelectuales fueron hombres; los pronunciamientos estuvieron liderados por notables latifundistas, comerciantes, abogados; la guerra fue comandada por ­militares varones.

La historia tradicional ha reducido el papel de las mujeres a episodios aislados de galantería y apoyo marginal, o simplemente lo ha silenciado. Pero participaron en las conspiraciones, espiaban a los realistas, recogían dinero y donaron joyas para los ejércitos, ­acompañaron a los soldados en las batallas, incluso combatieron y murieron en ellas. Las ‘rabonas’ cocinaban para la tropa, curaban a los heridos, rezaban por los muertos y ayudaban a enterrarlos. Varias mujeres asumieron responsabilidades en los ejércitos libertadores. Algunas fueron encarceladas y fusiladas.

El clero realista inducía a las mujeres a respaldar a los monárquicos y a denunciar a los patriotas. Muchas lo hicieron. Se condenaba como pecadoras y prostitutas a las que acompañaban a los ejércitos. Las mujeres que desafiaban la moral colonial y se convertían en amantes de los patriotas eran estigmatizadas.

Las libertadoras

El machismo institucional es fuerte. Confieso que cuando nos propusimos honrar a las figuras de la Independencia en la Universidad Andina aquí en Quito, pensamos en un Salón de los Libertadores, con imágenes de Bolívar, Sucre, San Martín, el cura Hidalgo y otros. Solo cuando recapacitamos e incluimos a Manuela Sáenz, cuyo nombre habíamos dado al edificio, nos dimos cuenta de que las mujeres que lucharon en las independencias andinas merecían un homenaje y organizamos el Salón de las Libertadoras.

Se colocó un vitral con efigies de Manuela Sáenz, María Andrea Parado de Bellido, Luisa Cáceres de Arismendi, Rosita Campuzano, Manuela Cañizares, Juana Azurduy de Padilla, Policarpa Salavarrieta y Fernanda Barriga, la ‘Negra Fernanda’, choteña que acompanó a Bolívar hasta su muerte.

Al constatar la vigencia de los prejuicios sobre las mujeres en la Independencia, se ­reconoce una tara colectiva, una tendencia enquistada en la vida pública y en la cultura que debemos enfrentar. El ­retrato de Manuela Cañizares en el ­Salón de los Próceres es un buen signo.

Enrique Ayala Mora, historiador, docente de la Universidad Andina Simón Bolívar.

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