Transportistas de buses normalizan servicio en Quito
Esmeraldas, la cantera inamovible de futbolistas par…
Compra de buque para ampliar límites continentales e…
Desempleo golpea más a los quiteños
Conaie vuelve a movilizarse y exige combustibles baratos
18 026 estudiantes no retornaron a sus aulas este añ…
Familiares de presos pagan hasta USD 251 al mes
La violencia de Guayaquil deja duras secuelas en fam…

Joaquín Hernández: ‘Es momento de construir otras maneras de ser’

Joaquín Hernández, rector de la UESS. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Joaquín Hernández, rector de la UESS. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Joaquín Hernández, rector de la UESS. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Joaquín Hernández Alvarado llegó al país a finales de los años 60 para estudiar humanidades clásicas y filosofía y con la idea de convertirse en un religioso de la orden jesuita. Pero Ecuador se convirtió de paso temporal a residencia permanente. Se casó con una guayaquileña y tiene cinco hijos ecuatorianos. Desde el 2014 es el rector de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES).*

¿Desde siempre fue un gran apasionado del bolero ?

Soy de la generación de los Beatles. Cuando mis papás me hablaban a los 15 años del bolero, era algo que me aburría, ponía mala cara y decía: bah, esta cosa de viejos. Pero siempre atesoré el recuerdo de un trío cantando ‘La barca’ de Roberto Cantoral, en el aeropuerto de Ilopango de San Salvador, como despedida para una pareja de enamorados . “Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón”, es escuchaba en medio del anuncio de itinerario de los vuelos. Fue ya una experiencia cautivante.

Luego redescubrió el género…

Fue una primera cosa que me quedó marcada. A los 35 años, de repente volví a descubrir ese mundo y me enloqueció no como simple canción romántica o en términos de amores idílicos, sino como todo un contexto histórico. Para mi el bolero es la fotografía viviente de las sociedades de los años 50, 60, 70, con los hábitos culturales, con las maneras de ser, la relación varón-mujer…

¿Y cuál es el bolero que tiene más subtexto histórico?

Hay varios. ‘Amor perdido’ es un bolero que doña Luisa Landín canta en los años 50 en México. Trata de un hombre que le canta a una mujer después de haber roto la relación y le dice algo así como: bueno, pues así es la vida, quiero a quien me quiera, no es necesario que cuando tú pases, me digas adiós, vive tranquila, no estoy herido. Hace referencia a aquella oportunidad que tuvimos en la vida y perdimos. Pero también habla, de cierta forma, de la pérdida de las grandes referencias culturales tradicionales. No olvidemos que México se transforma entre los años 50 y 60. Carlos Monsivais decía que es la primera declaración de ética ciudadana porque hasta entonces el bolero era revanchista. Este ya no; propone una aceptación ciudadana del azar de la vida y termina con una proclama.

¿Y en contraste, qué es el reguetón y la música urbana?

En la universidad tuvimos un programa en el que hablé de eso. El reguetón es múltiple, hay letras que me parecen paupérrimas, pero los jóvenes me advierten “no te fijes en la letra, sino en el ritmo”. Otros son tremendamente comunicadores, críticos, con un ritmo y un compás que ponen en cuestión las cosas. Encerrarlo a todos dentro de una funda y decir que todo es un fenómeno de mal gusto, no es justo. Me interesa como fenómeno cultural, como una forma de descifrar la sociedad en la que se vive o se vivió. Y en ese sentido hay que oírlo, sin intoxicarse tampoco.

¿Cuándo llega al país y cómo fue ese encuentro?

Fue muy curioso Llegué un 10 de agosto del año 1968. No sabía que era fiesta patria y el Aeropuerto Mariscal Sucre estaba todo embanderado. Llegué en el momento en el que el doctor José María Velasco Ibarra asumió por quinta vez la Presidencia de la Nación. Desde el clima era una sensación completamente diferente para mí. Un amigo con el que venía me dice: ve, nos reciben como en fiesta. En Quito viví del 68 al 73, tengo los recuerdos más queridos. Era un Quito que ya no es: muy familiar si se quiere; no tenía la sofisticación actual. Tenía unos rincones maravillosos.

¿Lo trajo al país, entonces, una vocación religiosa?

Sí, vine a estudiar filosofía y ser religioso jesuita. Y los jesuitas ecuatorianos eran muy conocidos en la región por un valor extraordinario, que era la formación en humanidades clásicas del Instituto de Cotocollao, fundado y dirigido por ese gran hombre que fue el padre Aurelio Espinosa Pólit. La biblioteca en humanidades clásicas contaba con unos 20 000 volúmenes, con los grandes textos en griego y latín. Esa cultura era transmitida a los estudiantes; quienes, entusiasmados, se preguntaban cómo combinar la cultura de los griegos con las prédicas del cristianismo.

En una crisis como la actual parece que existe un retorno a la religión y a la filosofía. ¿Por qué?

La gente busca un sentido de la vida y la religión es privilegiada. Pero creo que no hay tanto retorno a viejos paradigmas. Creo que se están construyendo nuevos paradigmas, nuevas costumbres. Es momento para construir nuevas maneras de ser. Evidentemente mucho va a tener que ver con los grandes textos y las grandes pasiones. Lo que me encantó siempre de la filosofía es su capacidad de descubrir aspectos nuevos de la vida y poder formularlos.

¿Y qué pasó en el camino con su vocación religiosa?

La vocación filosófica se fue formalizando fuertemente, hasta que en un momento dije, yo realmente tengo que dedicarme a la filosofía. Mi mundo no puede ser de filósofo puro y a la vez dedicado a algo tan importante como los ministerios religiosos. En medio de las confusiones y de las voces que me dictaban por dónde ir, encuentro una síntesis de esas voces y la posibilidad de formular todos esos criterios en la filosofía.

¿Me sugirieron que le preguntara sobre Cruz del Sur, por qué?

Es un recuerdo nostálgico. Son estas asociaciones que traza la vida. Yo nunca pensé que terminaría viviendo en América del Sur,. Cuando era adolescente, una de mis tías tenía una quinta maravillosa en una subida sobre la ciudad San Salvador, se llamaba Cruz del Sur. Y para mí el Sur era una palabra evocadora de nostalgias, de novedades, experiencias nunca vistas, llena de signos que había que ir descifrando. Cruz del Sur simboliza eso, es un enigma de destino, teniendo en cuenta que vengo al sur en busca de una formación como jesuita.

TRAYECTORIA

Académico salvadoreño, nacionalizado ecuatoriano, con 48 años de residencia en Guayaquil y 53 años en Ecuador. Es doctor en filosofía por la Pontificia Católica del Perú, docente y rector de la UEES, universidad a la que se vinculó desde el año 2009.

*Esta entrevista fue publicada originalmente el 1 de abril en la edición impresa de EL COMERCIO.

Suplementos digitales