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Leonardo Valencia: ‘La pasión siempre implica una disciplina’

Leonardo Valencia, escritor guayaquileño. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Tras 20 años en Barcelona, el escritor guayaquileño Leonardo Valencia decidió que debía volver a Ecuador. Fue una elección que tomó porque extrañaba al país y quería que sus hijos conocieran su origen, además del hartazgo que sintió con el nacionalismo catalán. De su último libro, ‘La escalera de Bramante’ (2019), se ha dicho que es el objetivo que casi todo novelista tiene: escribir la novela total.

¿Estás de acuerdo con eso?

No me lo han preguntado así, pero ahora puedo decirte una cosa: quizá mi ambición de novela total la tuve con las dos primeras (‘El Desterrado’ y ‘El libro flotante’), pero me di cuenta de que mi capacidad en ese momento no me daba para eso. Con ‘La escalera de Bramante’ nunca tuve esa intención. Había escrito una novela breve (Kazbek), justamente porque me di cuenta que no tenía sentido la novela total sino escribir lo que quería escribir. De hecho mi idea era hacer varias novelitas cortas porque – mira cómo es el mundo de irónico-, muchos decían que mis novelas son largas, y no creo que lo sean, aunque tampoco son cortas. Me sentí muy a gusto y me dije: voy a seguir con novelas breves. Cuando llegué a las 100 páginas, que es más o menos lo que tiene Kazbek, me di cuenta que me estaba imitando a mí mismo, cosa que detesto, y me dije voy a seguir explorando. Pasaron los años y llegó el momento en el que más que querer escribir una novela total, tenía que buscar la manera de salir de ese laberinto.

Un laberinto que resuelves en más de 600 páginas…

Y la novela está comprimida. Si hubieras visto todo lo que he escrito, corregido y comprimido. Esa novela habría podido tener 2 000 páginas. Tuve que eliminar mucho porque era un monstruo. Quería escapar de ese mundo que fue tan absorbente y que crecía tanto.

Para cortar tanto, no hay que estar enamorado del texto…

Es una cuestión de práctica. Cuando terminé ‘El desterrado’, tenía unas 500 páginas. Un amigo me dijo que hay unas 100 demás -y eso que yo corrijo mucho-. Al principio me molesté y me incomodó, pero 15 días después me puse a corregir y no saqué 100, sino 150 páginas. Y necesitaba hacerlo. No sufrí con ‘La Escalera…’ porque creo que lo que eliminas no desaparece porque queda temblando en la superficie. Y es más, esa resonancia le da más fuerza al texto.

Ese es un trabajo que requiere pasión, pero muchos preferirán la temible palabra disciplina…

Yo creo que la palabra disciplina implica la palabra pasión. No hay disciplina si no hay pasión. No le tengo miedo a la palabra disciplina porque los novelistas, a diferencia de los poetas -y ciertas excepciones- trabajan así. Todo escritor es un corrector. No tiene nada que ver con la búsqueda de la normativa correcta como dicta la Real Academia, sino con el encuentro con uno mismo, comprender ese abismo enorme que hay entre nuestra mente narrativa -que está escondido en lo más hondo de nuestros estratos anímicos y emocionales-, y su salida al exterior, que siempre se da con tropiezos. Uno corrige para expresarse mejor, no para expresarse correctamente.

Ese es el dilema del lenguaje…

Siempre he creído que el lenguaje es una especie de tremendo río torrentoso que está caracterizado por las modas, por el ruido exterior, el ruido familiar, laboral, político. Entonces, cuando uno tiene una idea y está metido en esa corriente, se puede perder. Escribir es como navegar en contracorriente de tu propio cauce. Tiene que ver con eso. Utilizamos una materia que no es estática y ahí es donde hay que tratar de encontrar la propia sintaxis, el propio ritmo, aunque no pueda escaparse de su época. Y para eso sirve la lectura en voz alta.

¿La lectura en voz alta?

Creo que es la mejor manera de corregir los textos antes de publicar. Es una receta de Flaubert. Él decía que había que gritar los textos. No he llegado a tanto, pero sí a voz alta porque escuchas tu propio aliento. El período de tu frase va de acuerdo a tu propia respiración. Después ayuda la naturalidad de la palabra. Si una palabra te suena mal al pronunciarla, te permitirá tomar la decisión de que no es tu palabra.

Acaba de salir una quinta edición de ‘El desterrado’. Es interesante que usted sea un autor con muchas reediciones…

Es una sorpresa entender el fenómeno editorial. Mis libros nunca han sido best sellers inmediatos, pero sí han sido long sellers. Se están reeditando permanentemente. Salen las novelas. Las críticas van llegando poco a poco; algunas llegan tarde y a veces a los dos o tres años salen excelentes críticas, que permiten que los libros vayan sobreviviendo. Los lectores van llegando gradualmente. Pasa un tiempo, recupero los derechos de los libros y puedo llegar a la quinta reedición de ‘El desterrado’, que cumple 20 años.

‘La Escalera de Bramante’ tuvo varias críticas inmediatas.

Sí, las tuvo, pero hay algo curioso: no había publicado una novela en 10 años. Estuve volcado a ‘La Escalera’ durante 10 años. Quizá había una espera. Cuando uno se queda en silencio por mucho tiempo, es posible que (los lectores) se vuelquen a los libros. Al inicio hubo críticas muy buenas y siguen saliendo otras. Ahora está por agotarse la primera edición.

Y eso que es una novela exigente para el lector, compleja…

Mis libros van encontrando los lectores adecuados. Es un desafío porque es una relación que yo tengo con mis lecturas. Cuando escribo, trato de resolver mis interrogaciones y afrontar mis propias pérdidas. Y lo que quiero es dialogar con el lector y ponerle mis exigencias. Sí me gustan las novelas para pasar el rato, pero admiro las que me significan un reto, en las que tengo que aprender algo, cambiar mi rutina diaria, mi condición habitual y que el libro me abra otras fronteras; que el lector sienta que va a subir a una montaña y que el reto es llegar a la cima.

Trayectoria

Es uno de los escritores más importantes del país. Tiene un doctorado en Teoría de la Literatura de la Universitat Autónoma de Barcelona. Dirige la maestría de Literatura con mención en Literatura Latinoamericana y Escritura Creativa de la U, Andina.