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Carlos Tutivén: ‘El sufrimiento es nuestro primer maestro’

Carlos Tutiven es psicólogo clínico, autoformado en sociología de la comunicación. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

Como falso decorado en la plataforma de videoconferencias Carlos Tutivén suele rellenar la pantalla con la pintura de una enorme  biblioteca  del siglo XVIII o  una escena de la película de animación japonesa ‘El viaje de Chihiro’. El catedrático lleva en su muñeca izquierda un mala tibetano,  una suerte de rosario budista.  “El hinduismo lo usó primero, luego el budismo, de allí se proyectó al Islam y el cristianismo lo adopta luego como un rosario. Es uno de los préstamos que toma de otras religiones”, explica.

¿Cómo se acerca al budismo?

Desde el colegio Cristóbal Colón ya leía literatura zen. Mi examen final de literatura fue sobre los koan, sobre ese tipo de literatura minimalista donde en tres líneas tienes una especie de satori, una suerte de revelación de la iluminación, poéticamente hablando. Esto es muy chistoso, pero mi filiación budista arranca, de alguna forma, con Bruce Lee.

¿Cómo es eso?

Entre los 15 y 18 años practicaba mucho artes marciales y mi ídolo era Bruce Lee. Me vi 17 veces la película ‘Operación dragón’… Y cuando comienzo a leer sobre Bruce Lee me llamó la atención que él nutría su formación con tres fuentes de filosofía oriental: leía taoísmo, budismo zen y (Jiddu) Krishnamurti. Dije: ‘Ah no, si Bruce Lee estudia estos textos yo también los tengo que leer’ (se ríe).

¿Cuándo da el siguiente paso?

Entrando al siglo XXI viajo a Quito y me encuentro en una librería con ‘El libro tibetano de la vida y la muerte’, del maestro Sogyal Rimpoché. Lo compré, lo leí y quedé absolutamente atravesado por ese libro, que ya no era de zen, sino de budismo tibetano. Todo lo que estaba explicado ahí era como que había sido escrito para mí. La parte esotérica de la cosa es que hice una especie de plegaria silente: ‘ojalá me encuentre con un maestro budista para que me enseñe realmente el camino’. Al año siguiente  llega a Guayaquil el lama tibetano Ngawang Sherap. Tomé refugio sin saberlo, un iniciarte en el camino con disciplina.

¿Es religión o  filosofía de vida?

Siempre he sostenido que el budismo no es una religión. Si usted estudia bien el dharma se dará cuenta que no es ni siquiera una filosofía: el budismo es una sabiduría. Tiene rituales, pero no para adorar a una deidad, sino que son formas de trabajar con el cuerpo para afectar la mente. Son medios hábiles que impactan a la mente.
¿Por qué los excesos de la corrección política se han vuelto tan preocupantes para usted?Para mí, la corrección política lamentablemente se ha convertido en una ideología que -de forma paradójica y perversa- segrega, discrimina y excluye. Es decir, adolece de lo mismo de lo que se queja. Se queja de la segregación, de la exclusión y la violencia, pero segrega y excluye.  

¿De qué manera se relaciona  con la  ‘cultura de la cancelación’?

La cultura de la cancelación es la violencia simbólica. Y además se agencia desde una superioridad moral que no tiene. Se pretende cambiar el lenguaje, las conductas y aberraciones que históricamente han existido, como el patriarcado, el racismo, el colonialismo. Pero eso lo han convertido en un caballito de batalla que, como bien dice (el filósofo esloveno) Slavoj Zizek, oculta los verdaderos problemas.  Estas causas sociales  tienen su razón de ser y requieren cambios en el paradigma capitalista. Pero otra cosa es que se haga esa lucha por medio de un nuevo narcisismo, ese es el problema. Es el mismo egocentrismo ahora con una nueva bandera.

¿La cultura de la cancelación es una suerte de nuevo dogma?

Claro, la corrección política es una ideología que enfrenta a un ‘nosotros’ versus un ‘ellos’. Se quejan de lo binario y son binarios, se convierten en jueces de los demás, curiosamente el mismo juez de la modernidad patriarcal.  Y se reproducen polarizaciones ideológicas. El ego es la causa estructural que nos separa a unos de los otros. A cada rato la gente se siente ofendida, por cualquier palabra o gesto, e inmediatamente viene la violencia simbólica en redes. Si es un ego que se dice, discursivamente, alternativo: que ha trabajado la poscolonialidad, que ha trabajado el carácter no bipolar ni binario de la subjetividad, ¿por qué tiene ese foco que se siente por todo ofendido?. No hay ninguna superación de ello, por eso son movimientos que no son compasivos, ni pacientes, ni bondadosos, por el contrario son muy agresivos.

¿El sentirse ofendido es un signo de una generación de cristal?

La generación de cristal es un efecto sociológico o psicosocial de la ausencia del dispositivo disciplinario, que tiene que ver con el padre simbólico, el padre de la ley. Y este niño hedonizado, con tecnologías que satisfacen sus anhelos, que lo cierran al deseo verdadero, terminan en un gran engreimiento existencial. Eso hablando en términos de generalidad; hay muchas excepciones.

¿Pero eso es lo que les estamos haciendo a los niños?

Estamos a siglos de haber comprendido lo que el Buda dijo hace2 500 años. La primera verdad que el Buda enuncia a sus discípulos es la verdad del sufrimiento. El sufrimiento es el primer maestro que tenemos en la vida, pero en la cultura posmoderna y hedonista, lo que quieres es no sufrir. Pero para que realmente sepas lidiar con el sufrimiento tienes que verle a la cara, atravesarlo. La generación de cristal pretende que los otros le estén permanente cuidando de la historia, de las palabras, de los gestos. ¡Por Dios, es una inquisición!

¿Cuáles son los peligros?

Tenemos que hacernos la pregunta: ¿por qué están creciendo los movimientos neofascistas en el mundo? Yo creo que es una reacción a la fallida estrategia comunicacional de lo políticamente correcto. En su actitud denunciante, fiscalizadora y enjuiciadora enerva desde un punto de vista confrontacional, justamente a aquellas pasiones que tampoco han sido trabajadas y que se rebelan contra el estado de cosas de una manera violenta. Ahí tenemos los neofascismos.

Trayectoria
Docente e investigador guayaquileño. Es psicólogo clínico, autoformado en sociología de la comunicación como profesor de la Universidad Casa Grande de Guayaquil.  Tiene un diplomado en teoría crítica y un máster en comunicación digital.