Conductores denuncian el mal estado de la vía Alóag …
Llori convocó al Pleno para segundo debate de ley so…
Guía de seguridad para mujeres turistas desata una p…
Colombia cita a declarar a Piedad Córdoba por sus ne…
Justicia ordena la captura de exlíder del Congreso v…
Una persona murió aplastada al derrumbarse una mina …
Gobierno no respalda acción de Fernando Balda para &…
Mujer fue detenida luego de lanzar a su bebé a un pozo

‘El corredor de la muerte’ y Serrano, en clave de novela

Familia Serrano, 2017. Francisco y Cristina Serrano, M. del Carmen Pólit, Nelson y Michelle Serrano. Foto cortesía de Óscar Vela

En una de las celdas de dos por tres metros del ‘corredor de la muerte’ de la Union Correctional Institution del estado de Florida, Estados Unidos, hay un hombre que a sus 82 años sueña con volver a ver el Cotopaxi, las lomas verdes de la Sierra ecuatoriana, caminar despacio a través de un trigal y conocer personalmente a cuatro de sus nietos.

Ese hombre es Nelson Iván Serrano, un ecuatoriano acusado de un cuádruple crimen que se produjo en 1997, en la ciudad de Bartow. Fue sacado ilegalmente del país a EE.UU. en 2002 en condiciones infrahumanas; juzgado y sentenciado, sin pruebas contundentes, a cuatro penas de muerte en 2006. Y esos sueños son los que le contó al escritor Óscar Vela, en una de sus últimas cartas.

La comunicación epistolar que Vela (Quito, 1968) mantiene con Serrano desde el 2018 es parte de ‘Los crímenes de Bartow, una novela de no ficción (género que narra hechos de la vida real con un lenguaje novelado), en la que se cuentan los pormenores de un caso judicial, que, como describe el autor, ha estado plagado de irregularidades y omisiones.

La apertura para mantener este intercambio de cartas, uno de los aportes más significativos de la novela, se generó en 2018, cuando Vela conoció a Serrano en la prisión de Bartow. Hasta allí llegó en compañía de Stefanie, su esposa, y de Francisco, uno de los hijos de Serrano, para hablar de su vida en el ‘corredor de la muerte’.

En esa charla, de más de cuatro horas, Serrano le contó, entre otros detalles, que los detenidos en el ‘corredor de la muerte’ pueden bañarse solo pasando un día y que tienen 15 minutos para esa tarea. Asimismo, que el resto del tiempo están en una celda particular, en la que hay una cama con un colchón delgado, una frazada, un lavabo pequeño, un servicio higiénico y una caja metálica en la que guardan solo los objetos personales que están permitidos.

Las cartas entre Serrano y Vela son claves, porque por primera vez dejan ver los claroscuros de un hombre que ha vivido los últimos 18 años recluido en una prisión y al que solo le quedan dos recursos legales antes de que se dictamine la fecha de su ejecución.

Uno de esos es el recurso de resentencia ante la Corte Suprema de Estados Unidos, un proceso que rebajaría su pena a cadena perpetua; y el otro es el hábeas federal, que permitiría un nuevo juicio, en el que se podrían presentar, admitir y conocer todas las pruebas que en el primer proceso judicial se dejaron de lado por acción u omisión.

Vela indaga sobre todas las pruebas que se dejaron de lado en el primer juicio, entre ellos un guante de látex que se encontró debajo del cuerpo de una de las víctimas. También trata sobre la inexistencia del boleto original de estacionamiento que tenía las supuestas huellas dactilares de Serrano.

Vela lo hace como escritor, pero también como parte del grupo de abogados que trabajan en el caso. En medio de ese doble ejercicio arremete contra el sistema judicial de Estados Unidos, que a los ojos de muchas personas es infalible.

Ynada más alejado de la realidad. Solo hace falta recordar casos como ‘Los Cinco de Central Park’, uno de los más mediáticos en la historia reciente de Estados Unidos y que volvió a tener eco gracias a ‘Así nos ven’, la miniserie de cuatro capítulos producida por Netflix.

En relación con la errónea visión sobre la justicia de EE.UU., Vela dice: “Pesaba y pesa aún en las sociedades latinoamericanas esta sensación de que lo que hacen los estadounidenses es correcto o goza de una presunción natural de licitud, y lo que hacemos los latinos está mal o tiene alguna retorcedura de origen y, en consecuencia, Nelson Serrano tenía que ser culpable porque la justicia ‘gringa’ no se equivoca nunca, como he escuchado decir durante estos años”.

Para mostrar sus aseveraciones sobre la justicia estadounidense, Vela vuelve sobre varios hechos. Uno de ellos es la deportación ilegal a la que fue sometido Serrano. El 31 de agosto del 2002, varios agentes policiales locales, el agente Tommy Ray, el fiscal adjunto de la corte de Bartow, Paul Wallace, y un agente del FBI sacaron a Serrano de Ecuador sin una orden legal de extradición y lo llevaron de regreso a Estados Unidos.

Por este tipo de hechos, en 2009, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) expidió un informe en el que concluía que el “Estado ecuatoriano era responsable por la violación de los derechos humanos a la integridad personal, libertad personal, garantías judiciales, nacionalidad, circulación y residencia y protección judicial” de Serrano.

Asimismo, Vela vuelve sobre los entuertos de la línea de tiempo que usó la Fiscalía para explicar los movimientos de Serrano durante el 3 de diciembre de 1997. Recurre al documental ‘Nelson Serrano, soy inocente’, producido y dirigido por Janeth Hinostroza, en el que la periodista ecuatoriana desmiente la teoría de Ray, que asegura que Serrano, en nueve horas y cincuenta y siete minutos, hizo un periplo entre Atlanta, Orlando, Bartow, Tampa y otra vez Atlanta.

Con esta novela, Vela también abre el debate y alienta la conversación sobre la pena de muerte. Al respecto de este tema, en una de sus últimas cartas Serrano lanza una serie de datos interesantes. Por ejemplo, que en el momento 30 estados y el Gobierno Federal mantienen la pena de muerte en Estados Unidos; y que en los estados es el gobernador
quien firma las órdenes de ejecución, mientras que los casos federales son firmados por el Presidente de turno.

Suplementos digitales