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El Complejo de Ingapirca es el sello en las artesanías cañaris

Galería Artesanías del Inca ofrece objetos en cerámica. Foto: Lineida Castillo / EL COMERCIO

Galería Artesanías del Inca ofrece objetos en cerámica. Foto: Lineida Castillo / EL COMERCIO

En la entrada al castillo hay ocho puestos de artesanos que muestran la diversidad artesanal que existe en Cañar. Foto: Lineida Castillo / El Comercio

Cañar tiene una arraigada tradición artesanal que conserva técnicas ancestrales alrededor de los textiles, la cerámica y la paja toquilla. Esa diversidad se muestra en los 15 estands ubicados alrededor del Complejo Arqueológico de Ingapirca.

Esta fortaleza -símbolo del dominio incaico- es el principal destino turístico que tiene la provincia y está ubicado a 45 minutos de Azogues, capital de Cañar. En el 2019 llegaron a este sitio 135 814 visitantes.

Al ingreso del complejo hay un bloque de ocho puestos de artesanos calificados y en la misma vía que lleva a las comunidades de la zona alta, otros siete. El paisaje natural es único y el clima frío.

Por ese ambiente se genera la primera relación de los turistas con los artesanos. Los primeros se acercan para adquirir bufandas, gorros y guantes, para protegerse del frío.

Así, preparados, empiezan la caminata por los senderos del Qhapaq-Ñan, el sistema vial andino y la inmensa construcción de piedra que fue el templo adoratorio al sol. Las cuatro hectáreas se recorren en 90 minutos y en ese entorno el visitante conoce parte de la cultura Cañari.

Afuera, los estands exhiben creaciones de ese conjunto arquitectónico en llaveros, individuales, cuadros, ponchos y adornos decorativos. Los indígenas cañaris son expertos en la técnica del tejido, herencia de sus ancestros. Los improvisados talleres, con los rústicos telares, están dentro de las casas y pasan desapercibidos.

Galería Artesanías del Inca ofrece objetos en cerámica. Foto: Lineida Castillo / EL COMERCIO

En los puestos algunos artesanos, como Juan Tenesaca, explican a sus clientes el proceso para elaborar prendas, que comienza con la obtención de la lana con el esquilado de la alpaca (animal), su tinturado y el tejido en el telar.

Para darle color, utilizan la técnica prehispánica de plantas que dejan reposar. De allí, con los telares de cintura elaboran manteles, chalinas, ponchos, fajas, bufandas y un sinfín de adornos decorativos.

Son obras únicas que mezclan las tradiciones de la cultura andina y la colonial, y que muestran calidad y belleza. “Me lo quisiera llevar todo a casa”, le dijo la argentina Nicola Sánchez a la artesana Ana Montero, el pasado 7 de marzo.

Ese día, ella visitó Ingapirca y al salir adquirió tres alpacas elaboradas en lana y una pintura del castillo. “Son creaciones para recordar siempre a este pintoresco pueblo de gente amable, paisajes espléndidos y con una amplia riqueza artesanal y arqueológica”, dijo.

Según Montero, artesanías como estas -que identifican a este sitio- son las más vendidas, al igual que los ponchos, chalinas, bolsos y fajas con diseños de figuras del dios sol y la luna y la chakana andina.

Luis Moscoso tiene 54 años y lleva 18 con su galería Artesanías del Inca, ubicada frente a la entrada del complejo. Él vende bastante los magnetos y llaveros con diseños del castillo; y vasos elaborados con los cuernos del ganado

En cambio, Piedad Saula se dedica tejer los tradicionales sombreros de paja toquilla, otro de los oficios artesanales que identifica a Cañar. Pero en su estand también oferta adornos en madera y barro de otros colegas.

Para ella, de esta forma contribuye a que los turistas conozcan la diversidad de Cañar, que los artesanos sigan produciendo, que no mueran los oficios y que se dinamice la economía de todos.

Noemí Serrano recuerda que antes eran más artistas y se lamenta que algunos compañeros migraron y otros cambiaron el arte por la agricultura, porque tenían pocas ventas. “En nuestras manos está el mantener esa diversidad”.