25 de octubre de 2018 00:00

La colada morada y las guaguas de pan guardan herencia de los Quitu Cara

La colada morada devino de la elaboración de la 'chicha morada' que la cultura Quitu Cara (500 d.C.) consumía en la ceremonia del Aya Marcay Quilla. Foto: Víctor Muñoz/ EL COMERCIO.

La colada morada devino de la elaboración de la 'chicha morada' que la cultura Quitu Cara (500 d.C.) consumía en la ceremonia del Aya Marcay Quilla. Foto: Víctor Muñoz/ EL COMERCIO.

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Karol Noroña

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A Rosa Naranjo, el aroma de la colada morada le recuerda a su madre. Cuando era niña, reunía a sus hermanos y juntos recogían el mortiño en una feria en Machachi. Viajar se convirtió en una tradición que se nutría con los ingredientes que su madre incorporaba en una vasija de barro en la que preparaba la tradicional bebida. Mientras mece la receta que prepara para sus hijos, Naranjo dice que la colada morada es una de sus grandes herencias culinarias y personales.

No olvida lo que le contó su madre: aunque la colada morada y las guaguas de pan protagonizan cada año el 2 de noviembre, Día de los fieles difuntos, su génesis va más allá del catolicismo. El origen de estos platos típicos se sitúa en las faldas de la región andina entre Perú y Ecuador.

El antropólogo urbano e investigador semiótico cultural Diego Velasco señala que la bebida nació en la época del incanato con la ceremonia Aya Marcay Quilla, que significa "mes de ‘cargar’ a los muertos".


El ritual, según el calendario andino, se celebró un periodo intermedio entre el Coya Raymi, equinoccio de septiembre; y el Cápac Raymi, solsticio de diciembre. Diversas investigaciones realizadas sobre el Aya Marcay Quilla citan la obra 'Nueva Corónica y Buen Gobierno' del peruano Guamán Poma de Ayala. En este texto, redactado hacia 1615, describe la conexión de los Andes con sus difuntos.

Según esta crónica, los incas solían momificar a sus muertos sentándolos con los pies cruzados y las manos sobre el pecho. En noviembre, los familiares visitaban las moradas- conocidas como ‘pucullos’- y extraían sus cuerpos para bañarlos y vestirlos con los mejores trajes que tuvieron en vida.

En una procesión los familiares paseaban a sus difuntos a la vista del pueblo. "Lo hacían como una manera de no-olvido a la memoria de sus difuntos. No para exhibirlos, sino para revitalizar lo que hicieron en vida. No lloraban; ellos celebraban", dice Velasco. Finalmente, los enterraban de nuevo en medio de una fiesta con danzas, rezos, cantos y comida.

El culto no podía culminar sin antes elaborar una bebida preparada a base de maíz negro, conocida como la ‘chicha morada’. Esta se servía acompañada de figurines con forma humana hechos con maíz.

Así, dice el antropólogo Velasco, revitalizaban el recuerdo de los suyos. "Lo que la gente a veces olvida es que esa chicha y los figurines fueron la primera versión de lo que consumimos ahora: la colada morada y las guaguas de pan", puntualiza.

En territorio ecuatoriano, las faldas del Ilaló, habitadas por la cultura milenaria Quitu Cara, (500 d.C) fueron los primeros puntos geográficos en los que se comenzó a preparar la 'chicha morada' y los figurines de maíz que también se consumían en el marco del Aya Marcay Quilla.

Con la colonización española, dice el antropólogo, los sacerdotes de la conquista prohibieron la práctica aborigen del Aya Marcay Quilla. Así, afirma Velasco, el catolicismo terminó suplantando a las fiestas andinas.

De esta forma, la celebración del Aya Marcay Quilla se reemplazó con el Día de los fieles difuntos que cada año se conmemora el 2 de noviembre. 

Lo que sí se mantuvo, afirma Velasco, es el consumo de la ‘chicha morada’ con la incorporación de nuevos ingredientes. Con la conquista española llegaron al país la mora, el mortiño y la caña de azúcar, pero la harina de maíz negro (harina morada) pervivió como un ingrediente infaltable en la mesa de comensales tradicionales, además del ishpingo de la Amazonía.

En la preparación de las guaguas de pan, en cambio, se reemplazó la harina de maíz por la harina de trigo. Pero su forma no ha cambiado, pues continúa simulando a los difuntos que se ‘revivían’ en el Aya Marcay Quilla.

Michelle Garnica, estudiante del Colegio de Hospitalidad, Arte Culinario y Turismo (Chat) de la Univerdad San Francisco de Quito (USFQ) cuenta que con la modernidad, la morada, el mortiño y la harina morada son ingredientes inamovibles para la tradicional bebida, pero la creatividad está admitida.

La idea, dice, es integrar elementos que potencien el sabor de los alimentos como la piña o el babaco, frutos ácidos, pero es posible experimentar con frutas como uva o manzana, si se desea.

Para Diego Velasco, la vigencia de la colada morada en la actualidad es una muestra sólida de que la cultura es dinámica.

El problema, dice, es la desmemoria del origen. “Sería lamentable consumir la colada y las guaguas y solo quedarse con la visión de la época colonial. Lo importante es entender que es un símbolo de que somos una constitución multicultural. Es una bebida sinónimo del saber ancestral que reafirma la identidad y que solo vivirá con la aceptación de nuevas generaciones", concluye.

Cuando mira el espesor de la bebida, Rosa pausa su cuchara de madera. El aroma penetra por el rincón de su cafetería. Lo sirve como si fuese un ritual. Primero, saca de un cajón tres pequeñas vasijas. No son de barro, dice, pero les tiene cariño, pues fueron un regalo de su hija menor.

Deposita la colada morada en las vasijas y les añade dos hojas de naranja, así le enseñó su madre, cuando tenía 15 años. Está segura de que la preparación 'secreta' de su familia germinará en sus hijos y, con ello, el legado de su progenitora.

Si desea preparar su primera colada morada y guaguas de pan y no sabe cómo hacerlo, ingrese en este especial multimedia en el que encontrará dos recetas para compartir con su familia. 

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