El otro frente de la Unión Europea: Irlanda del Norte

La victoria del Sinn Féin en las elecciones de Irlanda del Norte a más de una sorpresa deja algunas preocupaciones geopolíticas, que se suman a la ya difícil situación que vive Europa con la guerra entre Rusia y Ucrania. Está pendiente el Brexit, la frontera libre entre las dos Irlandas y, posiblemente, el futuro del Reino Unido.

Durante muchos años, la isla irlandesa fue escenario de conflictos armados. Las tensiones eran religiosas, entre católicos y protestantes, en torno al nacionalismo y a la independencia de la corona británica, sostenidos principalmente por católicos. Aunque parece improbable que la separación de Belfast sea algo cercano, es algo que no se puede descartar a futuro.

El Sinn Féin siempre estuvo asociado al Ejército Republicano Irlandés, que mantuvo una cruenta guerra con el británico desde los años 60 del siglo pasado. Fueron más de 30 años sangrientos que finalizaron con el Acuerdo de Viernes Santo, de 1998.

La victoria tiene trabas, porque el Partido Democrático Unionista (DUP) se niega a formar parte del gobierno autonómico compartido, hasta que Londres y la UE acuerden cambios en el protocolo de las fronteras entre las dos Irlandas, algo clave para el Brexit y que permitía el libre comercio entre las dos Irlandas.

Ayer en Belfast, capital de Irlanda del Norte, se reunieron el primer ministro británico, Boris Johnson; la presidenta del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, y el líder del DUP, Jeffrey Donaldson. Fue una reunión tensa. McDonald acusa al DUP y a Londres de boicotear la conformación del gobierno autónomo. Johnson, de hecho, advirtió que podría suspender unilateralmente partes del acuerdo, porque ya no responden a una realidad poscovid-19 y en medio de un conflicto bélico en el continente.

Las dos Irlandas, aunque pareciera lo contrario, son un tema mayor en lo geopolítico, tal como se vio con el Brexit. Simon Coveney, ministro de Exteriores de Irlanda, pidió calma y calificó de “profundamente inútil” la amenaza de Johnson. Y esa es la parte dura de la democracia: saber aceptar la voluntad popular y no ejercer presión desde la derrota.

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