La violencia de las mafias alteró la rutina en barrios de Guayaquil

En Sauces 5, policías vigilan el lugar en donde se registró un asesinato hace 12 días.

La imagen del Divino Niño aparece a un costado del pequeño parque. A sus pies hay velas que permanecen encendidas desde la última balacera que hace 12 días se registró en Sauces 5, un barrio que está al norte de Guayaquil. Tres sicarios llegaron a las 21:00 y descargaron 10 proyectiles contra un joven de 27 años. Testigos cuentan que el chico se encontraba justo en los juegos infantiles del complejo deportivo.

Quienes vieron el ataque recuerdan que los niños que jugaban en las jardineras corrieron en medio de la balacera. Las madres hicieron lo mismo.

Los papás tienen temor a hablar y los que se atreven aseguran que desde entonces los pequeños ya no salen en las noches, como acostumbraban.

Los dirigentes barriales tampoco se animan a contar lo que ocurre ahora.

“Yo no sé nada. No tengo información de nada”, dice un morador. Agacha la cabeza y entra a su casa rápidamente.
Otros cierran las puertas para evitar preguntas o miran desde las ventanas a los policías que recorren el sector.

Hay casas en las que se colocaron carteles con versículos de la Biblia, como este: Dios bendice este hogar. Que estén tus ojos abiertos de noche y de día sobre esta casa. En otras viviendas se colocó esta frase: Dios es mi luz y mi salvación ¿de quién temeré?

La Policía reconoce que la violencia que se vive en las calles genera cambios en la vida de las personas y modifica las dinámicas sociales. La ola delictiva desatada en Guayaquil ha dejado 228 crímenes entre el 1 de enero y el 13 de mayo pasado.

En sitios como el bloque 9 de Bastión Popular, la gente indica que es “imposible no tener miedo en las noches”. Este Diario recorrió ese sector.

La gente permanece con las puertas y ventanas blindadas con láminas de metal y tablones de madera. “Con los pocos recursos que tenemos tratamos de resguardarnos, porque es peligroso que en las balaceras se escapen los tiros a las casas”, dice un hombre de 55 años que viven en la zona.

Otro cuenta sobre las balaceras que provocan los sicarios.
Hace dos semanas, un hombre llegó a Bastión Popular y disparó a un grupo de jóvenes que estaba en los exteriores de un parque. Dos resultaron heridos y uno fue asesinado.

Desde entonces, la Policía aumentó los controles. Lo mismo ocurrió en zonas consideradas más violentas de la urbe y en donde los agentes han determinado que la mayoría de muertes violentas se produce por la disputa de territorios para la venta de droga.

Los Guasmos está intervenido por más agentes. El pasado martes se lanzó la campaña Yo vivo, mi barrio sin drogas.
La iniciativa busca que la gente se apropie de los parques y plazas para evitar el expendio de estupefacientes.

Hay familias que se han organizado para cerrar los pasajes peatonales. Esta práctica se ha vuelto común. Los vecinos colocan una reja en cada acceso a la cuadra. Han puesto alambres de púas o puntas de metal sobre las rejas. Así se encierran y tratan de que los sicarios no ingresen a estos sectores.

En los barrios de Durán pasa algo similar. Hace cuatro días, dos hombres fueron asesinados en un callejón de la ciudadela Maldonado. Los gatilleros dispararon en contra de las víctimas y de otros jóvenes que estaban en el lugar. La Policía señala que se trató de un ataque por disputa de bandas.

La Policía recomendó a los chicos no organizar encuentros de indorfútbol y les explicaron que esos momentos son aprovechados para atacar.

“Cuando quieren jugar, los jóvenes tienen que pedir resguardo policial. Acá las canchas y los parques son territorios de los Latin King o de los Chone Killers”, cuenta un dirigente. En El Recreo, las madres han prohibido que los adolescentes salgan a las canchas, pues allí se reúnen los miembros de las mafias para reclutarlos para tareas de sicariato.