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Ariel González Levaggi: ‘La tensión China-EE.UU. moldeará nuestro futuro’

Entrevista a Ariel González Levaggi, analista internacional argentino. Foto: Cortesía

Entrevista a Ariel González Levaggi, analista internacional argentino. Foto: Cortesía

Entrevista a Ariel González Levaggi, analista internacional argentino. Foto: Cortesía

Ariel González Levaggi, analista internacional argentino, es PhD en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas por la Universidad de Koç (Estambul) y Secretario Ejecutivo del Centro de Estudios Internacionales de la Pontificia Universidad Católica Argentina. Desde su punto de vista, con un Brasil ensimismado por su problemas internos, la región tiene poco peso en el contexto global.

Los líderes han dicho que ante un problema global corresponde una solución global. ¿Se está actuando de ese modo?

En términos generales, ya era un mundo en crisis en cuanto al orden liberal internacional antes de la pandemia. El coronavirus trajo complicaciones adicionales, porque cada país ha debido llevar adelante políticas para limitar los efectos multidimensionales de esta crisis. La primera reacción fue marcadamente nacional y los mecanismos de cooperación internacional, tanto los informales como el G20; o las más formales, como la OMS, no proporcionan el marco para generar una respuesta a escala global.

¿Hubo alguna excepción?

Quizá los europeos, que han ratificado su vocación regional. Pero lo que vemos en América Latina es mucho voluntarismo, en el sentido de tratar de solucionar los problemas locales con poca cooperación regional y casi nula global.

América Latina ha creado varios bloques regionales, pero ninguno tiene peso para un momento así.

Lo que ha mostrado esta crisis es que América Latina está cada vez más fragmentada. Paradójicamente, luego de un excesivo ‘ideologismo’ de izquierda sobre los procesos de integración, sufrió una especie de coletazo que fue el cambio de orientación hacia una centro derecha. Esta renunció a un proceso de más de una década. Se planteó un signo diferente, más liberal, más orientado al comercio. Lo que estamos viendo es un gran ‘pendularismo’. No hay visiones comunes a largo plazo que permitan un fortalecimiento de las instancias de integración regional.

¿Por ejemplo?

Las tensiones entre el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y el de Argentina, Alberto Fernández, no proporcionan incentivos para acercar a los socios del Mercosur, que contiene a los países con el mayor PIB de América Latina. Esto tiene consecuencias no solamente sobre ambos países ante un problema global como el del coronavirus, sino que impacta en la percepción de los vecinos, que habían visto la relación Brasil-Argentina como un modelo a seguir. Si comparamos con Europa, es la que mostraron Francia y Alemania.

La UE también tiene tensiones ideológicas tal como se vio en la cumbre para el auxilio económico.

Hay una divergencia creciente entre la élite dirigencial europea, que tiene una fuerte vocación continental, y sectores importantes de la población con visiones antieuropeas. Es aún una interrogante si el coronavirus minará los cimientos de la UE y fomentará a los sectores de ultraderecha. Económicamente, hay países más duros y otros más flexibles en lo fiscal. Políticamente, hay liberales institucionalistas y están los populistas. Polonia y Hungría fueron críticos a la cláusula que condicionaba el envío de fondos al Estado de Derecho. Eso es algo inconcebible en la visión liberal europea. A pesar de las presiones internas, lograron el acuerdo que cambia el tono de la agenda europea, da un empujón y deja atrás, de algún modo, al Brexit. Hay que ver cuánto durará. Es una solución europea para europeos, pero no le importa lo que pase a su alrededor. Por lo tanto, el grupo sigue siendo un gigante económico, pero un enano político, porque hay varios temas, como la migración, para los que no tienen una agenda común.

¿Tiene algún peso América Latina en esta crisis?

La metáfora del ajedrez vale mucho para la política internacional. Se puede ser un peón o una figura de mayor porte. Lamentablemente -y a pesar de que hace una década América Latina se presentaba, con el liderazgo de Brasil, como un jugador global- hemos tenido cada vez menos relevancia. Y dentro de este complejo juego geopolítico, somos más peones. Las investigaciones en torno a la vacuna y a los medicamentos demuestran que la región está relegada en la carrera tecnológica y seguramente va a quedar en un segundo plano para la distribución de la vacuna junto con África. Es un atajo el que varios países optaran por realizar las pruebas de vacunas avanzadas contra el covid-19 y así conseguir las dosis con más velocidad y en mayores cantidades, aunque esto presenta serios dilemas éticos.

Sin Brasil, ¿se ha perdido capacidad internacional?

El caso brasileño es muy patente. No solamente no tiene liderazgo -Bolsonaro es más un antilíder regional- sino que ha perdido su vocación de ponerse al frente de una agenda común. Esto no comienza con Bolsonaro, sino que se vio con Dilma Rousseff y con Michel Temer. Además, se encuentra hace casi una década surfeando múltiples inconvenientes internos. Son crisis económica y de representación. Tiene que ver con que Brasil se ha desprendido del liderazgo regional porque está ensimismado en sus dilemas internos.

Eterno dilema regional.

Es un elemento que nos marca como una región con tensiones políticas, fragilidad institucional y recursos económicos limitados. Es una invitación para que terceros países puedan desarrollar políticas de expansión económica y de seguridad, sobre todo China, Rusia y EE.UU. Al ser peones del juego global, la región aprovecha esos incentivos internacionales para obtener recursos. Pero con la debilidad institucional, estamos en una situación poco favorable para negociar con esos actores externos. Esto es un peligro porque EE.UU. y China nos están llevando a una especie de nueva guerra fría. Va a ser difícil tener una posición común sobre las crecientes tensiones sino-estadounidenses que moldearán nuestro futuro.

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