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Líos de familia y corrupción policial

La Nación. Argentina. GDA

Conocer el paño no siempre alcanza. Gavin y Gregory O’Connor -director uno; productor otro, guionistas los dos-, son hijos de un policía neoyorquino. Y la historia que concibieron habla de una familia de uniformados (padre, dos hijos, un yerno), del virus de la corrupción que también se ha colado entre ellos y del conflicto que se produce cuando hay quienes quedan a un lado y otro de la ley así es inevitable elegir entre la lealtad a la familia y el deber para con la institución y con la propia moral.

Nada demasiado novedoso, visto que los enfrentamientos cinematográficos entre buenos y malos policías son más viejos que ‘Serpico’ (Sidney Lumet, 1973), y hace rato se han convertido en una especie de subgénero con sus clichés y sus estereotipos. La convicción que exhiben los autores de ‘Honor y Orgullo’ al transitar por terreno conocido es notoria, pero no alcanza para eludir los lugares comunes, ni para evitar que casi todo suene bastante remanido y previsible.

La historia empieza cuando cuatro agentes resultan muertos al cabo de una  operación antidrogas. A instancias del patriarca del clan, la investigación es confiada por el jefe del distrito, a uno de sus hijos. Lo malo es que las pistas lo llevan a descubrir un enmarañado convenio entre narcotraficantes y policías corruptos.