27 de febrero de 2019 00:00

Los extranjeros viven con menos de 100 al mes en Quito, según estudio

Carolina Carrillo vende body-splash, perfumes, ropa, en casas y oficinas. Foto: EL COMERCIO

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Ana María Carvajal

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Un estudio sobre la situación laboral y el aporte económico de inmigrantes en Quito revela que más del 80% de los ingresos de 2 938 encuestados se queda en economías locales. Las remesas que envían a sus países de origen son bajas.

El 22% de encuestados está desempleado. El resto trabaja en condiciones precarias, sin contrato, sin seguridad social y con bajos ingresos, explica Daniela Celleri, profesora-investigadora del Instituto de Altos Estudios Nacionales (IAEN) y coordinadora del estudio. Asevera que la información se levantó entre el 2018 y el 2019, con el fin de generar datos duros para entender esa realidad.

Una de esas experiencias es la de la colombiana Carolina Carrillo. Llegó a Quito hace 13 años desde Santander, con un hijo. Aquí tuvo otros tres. Salió de su patria huyendo de la violencia y solo ha ido a visitar a su familia una vez. En Quito empezó con un puesto de chorizo colombiano, arepas y empanadas en la calle; tuvo un restaurante por tres años, trabajó en una fábrica y ahora vende ropa y perfumes a conocidos.

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Carrillo vive en la entrada del Comité del Pueblo y, de vez en cuando, vende comida que prepara bajo pedido. Su economía no ha mejorado mucho desde que llegó, pero sí su tranquilidad. Sin embargo, llegar a la estabilidad fue difícil. Cuenta que debía huir de los entonces policías metropolitanos, cuando vendía en las calles, y que sufría rechazos la comunidad. “Antes lo discriminaban mucho a uno, pero ahorita hay mejores relaciones”, dice.

Según el estudio, 36,8% de consultados gana entre USD 301 y 400 al mes, pero solo el 25% de mujeres está en ese rango. Ellas reciben menos ingresos: el 43% de las encuestadas asegura que obtiene hasta USD 100 mensuales.
Le gusta Quito, pero extraña a su familia y la amabilidad de la gente. A Colombia solo quiere ir para visitar a sus padres, porque sus hijos están estudiando aquí y están bien.

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Aunque en sus ventas tiene altibajos, prefiere mantenerse así que buscando trabajo. “Por ser colombiana lo discriminaban a uno, lo trataban mal, le decían que se fuera a buscar en su país, que qué hacía aquí. A las mujeres nos decían: te damos trabajo pero primero tienes que estar conmigo. Por eso tomé la opción de no ser empleada (...). Uno tenía que primero vender su cuerpo para tener un trabajo”, dice.

El estudio sobre el aporte económico de los migrantes se realizó con el apoyo de la ONG alemana Friedrich Ebert Stiftung Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (FES-ILDIS) y el Consejo Provincial de Pichincha.

Este último tiene una Unidad de Movilidad Humana que trabaja con migrantes. Al principio asesoraba a migrantes ecuatorianos retornados.

Luego, el apoyo se extendió a haitianos, que llegaron tras los desastres naturales que afectaron a su país, a colombianos en calidad de refugiados y a cubanos que venían con el sueño de mejorar la economía familiar.

La más reciente ola migratoria es la venezolana. En el estudio realizado con el IAEN, el 81,5% de los encuestados llegó de ese país y el 6,9% de Colombia. 300 voluntarios realizaron estas encuestas en 10 sectores del norte de Quito: Cotocollao, Iñaquito, Kennedy, Rumipamba, San Isidro del Inca, La Concepción, Carcelén, Jipijapa, Ponciano y El Condado. El 54% de los consultados son hombres; el 79% están entre los 20 y los 64 años.

Sin embargo, la población migrante vive también en otros sectores de la ciudad. Norelba Vera, de 63 años, es de Maracaibo, Venezuela. Llegó hace siete meses a visitar a uno de sus dos hijos y se quedó, porque en su tierra estaba sola. Su otra hija está en Panamá.

Vera vivía en el Edén del Valle, pero para evitar caminar a diario por una cuesta pronunciada que afectaba su condición cardíaca, se cambió al centro. Es costurera y una experta en platos típicos de su país. Relata que fue rechazada por su nacionalidad y por su edad en varios empleos y por ello decidió ser su propia jefa. En su cama teje metros de tela hasta convertirlas en alfombras que vende desde USD 25, según el tamaño. Y en la cocina prepara arepas, hayacas, empanadas, secos de carne, etc.

Los vende a USD 1, aunque a veces solo recupera la inversión. Pero -dice- el precio le ayudará a ganar clientela. Los vende en la calle, otras bajo pedido, o visita cada taller que encuentra. Los mecánicos son sus principales comensales.

Ahora sigue un curso para aprender de comida ecuatoriana. Tiene artrosis en las rodillas, por lo que intenta estar parada el menor tiempo posible. Pero eso no le importa cuando tiene que trabajar.

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