6 de enero de 2019 00:00

Los orígenes de la ciencia ficción local

Así se ilustraba a finales del siglo XIX lo que se suponía sería el consumo de libros en las aulas en el año 2000. Ilustración:Jean-Marc Côté.

Así se ilustraba a finales del siglo XIX lo que se suponía sería el consumo de libros en las aulas en el año 2000. Ilustración:Jean-Marc Côté.

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Álvaro Alemán*  (O)

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La denominación ciencia ficción responde a una serie de circunstancias puntuales que tienen lugar en el ámbito de la cultura letrada occidental: el desarrollo de una visión materialista del universo, la progresiva secularización de la sociedad, el ascenso y la aceptación gradual de la ciencia y de la idea del progreso, el advenimiento de la cultura de masas, la presencia constante y desestabilizadora de nuevas tecnologías, el ascenso y la hegemonía del capitalismo y del imperialismo modernos, la incorporación masiva de audiencias al consumo letrado, la consolidación de mecanismos de comunicación entre autores y lectores, la creación de un pujante mercado de libros junto con el triunfo del realismo como modo narrativo dominante.

Todo esto ocurre en el siglo XX. Mientras algunos de estos elementos están presentes y se vuelven relevantes en el XIX, su concurrencia y cohesión permiten leer la ciencia ficción como un discurso asentado en la conciencia de sus consumidores, con características transnacionales, apenas después de la II Guerra Mundial.

Los textos que hoy señalamos como ciencia ficción del XIX no aluden a un género literario puro, en su lugar observamos las transformaciones
de formas genéricas previas: el gótico, sin duda, pero también, en el caso latinoamericano y ecuatoriano, el discurso costumbrista, el romanticismo, el modernismo y el realismo.

Una aproximación a este tipo de escritura no consiste en identificar su punto de origen absoluto, sino más bien en observar la acumulación de repeticiones, los ecos, las imitaciones, alusiones, identificaciones y distinciones que dan testimonio de una red de similitudes. Es esta articulación gradual de reconocimiento genérico lo que constituye la historia temprana de la ciencia ficción.

Así, en lugar de diferenciar la ciencia ficción auténtica de su cercanía con otros géneros cercanos, o de hallar su ancestro incontestable, es más útil inventariar la manera en que la ciencia ficción gradualmente se vuelve visible en el medioambiente textual de la fantasía decimonónica, la literatura imperial de aventuras, la literatura de viajes, los viajes extraordinarios, la escritura utópica, el diálogo, la crónica periodística, el artículo de costumbres, la crónica histórica, el comentario editorial, etc. No se trata de identificar la aparición de una entidad positiva, sino de participar en la tarea de esbozar similitudes y diferencias entre textos y modos expresivos.

Entendemos por protociencia ficción, entonces, aquellos textos que, influenciados por diversas tradiciones de literatura fantástica, se asientan en su mayor parte en el siglo XIX. Esto es así, por un lado porque la acepción moderna de “ciencia” ya no como sinónimo de “arte” sino como el estudio sistemático y teórico del mundo natural, apenas se registra, para las mayorías letradas a inicios del XIX. En cuanto a “ficción”, el concepto forma parte del nuevo sentido que se le otorga al término “literatura”, a partir de la obra de Madame de Staël, en Francia en el XVIII.

Y es la aparición de la novela moderna, que experimenta su auge en el XIX y que falsifica formalmente la experiencia, lo que permite llevar adelante la distinción contemporánea entre literatura realista (verdadera) y fantástica (imaginativa). Sigue entonces que sería infructuoso describir como ciencia ficción aquellas obras (por más fantásticas que resultasen) publicadas a principios del XVIII o antes.

El siglo XIX marca la primera vez en que la vida colectiva humana se ve afectada radicalmente por la tecnología. El siglo se inicia con la primera locomotora experimental en 1801, avanza con la primera nave aérea en 1852 y termina con el primer avión experimental a fines de 1890. En ese siglo aparece el primer barco de vapor, la hélice tornillo, la bicicleta y el automóvil.

La agricultura atraviesa una revolución por medio del invento de la segadora, el azadón de disco y la máquina de poda. La batería eléctrica aparece al inicio del siglo, el electroimán, el tubo de rayos catódicos y la grabadora de cinta magnética con 25 años de distancia, el uno del otro.

La historia del capitalismo se marca por medio de la invención de la calculadora, el reloj perforador de tarjetas, la caja registradora, el teletipo de la Bolsa y la contabilidad de tarjetas. La manufactura de gran escala como el acero industrial, el caucho vulcanizado y el cemento de Portland son todas innovaciones del XIX.

Aquí es cuando aparecen los hitos de la modernidad: dinamita, pistola repetidora, alambre de púas y ametralladora. Los medios de comunicación y de creación artística cambian con la introducción de la fotografía, el fonógrafo, la pluma fuente y luego el bolígrafo, la máquina de escribir, el telégrafo, el teléfono, la radio y el proyector de cine.

Pero no es solamente el impacto de la tecnología en la vida diaria de los ecuatorianos del XIX lo que produce textos de protociencia ficción. La singularidad de la ciencia ficción ecuatoriana decimonónica consiste tanto en la horma positivista figurada en la selección del nombre patrio como en la configuración de un apetito contemporáneo para su existencia. En otras palabras, la ciencia ficción ecuatoriana decimonónica solo se vuelve posible a partir de una lectura que constituye los materiales aquí propuestos, desde el presente. Con esto aludimos a que la ciencia ficción ecuatoriana del XIX se constituye como tal, solo por medio de redes de citas, alusiones, pastiches y referencias; por medio de una red de intertextos (textos que conectan con otros textos) que facilitan la circulación de los documentos aquí provistos, como ciencia ficción. Así, los relatos de Juan León Mera pueden vincularse con los de Swift, o de H.G. Wells, los de Juan Montalvo con Poe y Hoffman, los de Francisco Campos con Verne y Flammarion, los de Ángela Caamaño con Sor Juana Inés de la Cruz o los de Zoila Ugarte con Mary Shelley.

Pese a un vínculo superficial con el futuro, la ciencia ficción se interesa de manera fundamental por el pasado, en particular por un pasado cuyos posibles futuros dejaron hace tiempo de existir como posibilidades y que se convirtieron en un presente árido y desprovisto de la promesa que un día alojó el pretérito. La atracción de la ciencia ficción en el presente, un discurso que como dice Istvan Csicsery-Ronay, “ha dejado de ser un género per se y se ha convertido en una modalidad de conciencia dirigida al mundo”, responde, en el Ecuador al igual que en otros lugares, a la necesidad de generar un pensamiento histórico, una reflexión crítica sobre el presente que no desdeñe hacer el inventario de las formas que la fantasía ha dejado en el pasado.

La ciencia ficción ecuatoriana, al igual que la literatura ecuatoriana más conocida (la del realismo social), se puede leer como una escritura interesada por el cambio y la alienación. Si bien la enajenación aparece en la tradición realista como una experiencia individual, motivada por la situación social y el modo de producción, la ciencia ficción expande sobre esta figura, otorgándole una estructura diferente, materializando la enajenación bajo la forma del alienígena/del otro, o el desconcierto que genera la técnica.

*Ensayista, docente, editor. Texto adaptado de la introducción del libro ‘Ciencia Ficción Ecuatoriana. Volumen 1’ .

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