6 de septiembre de 2020 00:00

Miguel Delibes, unos pastiches y el monólogo interior

Sin duda, la narrativa de Delibes configura un espacio que los otros discursos no logran comunicar, el espacio de la emotividad y la imaginación

Sin duda, la narrativa de Delibes configura un espacio que los otros discursos no logran comunicar, el espacio de la emotividad y la imaginación. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Julio Pazos Barrera* (O)

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Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Delibes, académico de la Real Academia Española de la Lengua desde 1973, sillón “e”. Siete volúmenes recogen sus obras. En su juventud, como voluntario, integró las fuerzas nacionales dirigidas por Franco y en esa condición se mantuvo tres años. Posteriormente, estudió Comercio.

Se inició como caricaturista en el diario El Norte de Castilla. Fue director de ese periódico. Durante su trabajo de periodista sostuvo altercados con la censura del dictador Franco. Para Delibes, no debió ser fácil vivir en una sociedad oprimida, eso se colige de la lectura de sus obras, sombrías e irónicas.

Comenzó como novelista en 1947, con La sombra del ciprés es alargada, premio Nadal. En 1982, Delibes recibió el premio Príncipe de Asturias. En la lista de novelas sobresalen: ‘Diario de un cazador’ (1955), ‘La hoja roja’ (1959), ‘Cinco horas con Mario’ (1964), ‘Señora de rojo sobre fondo gris’ (1991), ‘El hereje’ (1998)... Según Francisco Umbral, la obra de Delibes se divide en dos grandes familias: la que se desarrolla en el ámbito de la capital de provincia y la rural o de los pueblos de Castilla la Vieja.

Del período rural se menciona ‘Viejas historias de Castilla la Vieja’ (1960). Un personaje que retorna de la gran ciudad, después de muchos años, a un poblado de casas con techos negros y muros encalados, raídos por el viento.

Molacegos del Trigo no cambió, salvo por la vía asfaltada. Las personas que encuentra son hijos y nietos de aquellos que el narrador conoció en su infancia. La evocación escrita por Delibes suscita el deseo de escribir un pastiche, forma que, en lenguaje de Gerard Genette, es un “estado de imitación perceptible como tal”. Pero antes, en un capitulillo, el narrador escribe: “Y ya en casa, las mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro, y ambas tenían ya el cabello blanco, pero la Clara, que solo dormía con un ojo, seguía mirándome con el otro, inexpresivo, patéticamente azul”.

Como se ve, en el texto original hay un elemento insólito. Por ende, si se hace un pastiche, también este debe incluir algo insólito. Se hace la imitación: me trasladé con mi tía a las ruinas del pueblo que destruyó un terremoto. La gente fue a otro lugar y fundó un nuevo pueblo. Del viejo, solo quedó el cementerio con su puerta de arco. Mi tía se paró en el umbral, cerró los ojos y dijo una plegaria. Comentó: “en este sitio está enterrado mi padre, tu abuelo”. Quedé absorto y ella continuó. “Papá, antes de morir, dijo que no merecía una cruz porque mucho hizo sufrir a su mujer y que debía ser enterrado en ese lugar, por donde pasa la gente”. Al fondo se veían hileras de tumbas. Mirlos negros y tórtolas pardas volaban sobre las copas de unos tilos florecidos.

La imitación, según Genette, se puede hacer de la lengua del texto anterior o de las historias. En nuestro caso, se hace de historias de personajes que no son heroicos: el cura párroco, alguna autoridad, el dueño de la fonda, unas señoritas viejas, algunas señoronas de respeto. 

El libro de Miguel Delibes se cierra con ‘La caza de la perdiz roja’, entrevista del narrador innominado al cazador Juan Gualberto, el Barbas. Como se dice en narratología, se trata de “narración editorial”. Es decir, el entrevistador hace sus comentarios: “al Barbas, es punto menos que inútil andarle con altas filosofías”.

¿Cómo proceder con el pastiche? Vaya el intento: en el pueblo algunos recuerdan al cazador de mariposas. Él y sus hijos salían por la mañana con esas raquetas de las que colgaban redes de nilón y se perdían por esos montes selváticos en busca de mariposas. Le apodaban ‘el Profeta’, porque a donde iba predicaba y una noche habló en un billar lleno de iracundos vagos. Uno de ellos se enfureció y atacó al profeta, le propinó con el taco un golpe en la nuca y murió. ¿Qué paralelo puede verse entre el cazador de perdices y el de mariposas?, casi ninguno, a no ser por ese aire ríspido de montaña que acompaña a los cazadores.

El argumento de ‘La Hoja Roja’ (1959) desarrolla episodios de la vida del jubilado Eloy y de su criada Desi. La relación es conmovedora tanto porque Eloy, al encontrar la hoja roja del libretín de las hojas de envolver tabaco, piensa que su fin se acerca y tanto porque la criada sueña en el amor de Picaza, amor frustrado.

El jubilado enseña a leer y escribir a la criada. En fin, se trata de dos seres sensibles, a su modo. El pastiche podría crecer si se rememora circunstancias de un pueblo, que por su paisaje era refugio de jubilados como el botánico Tinajero; el escritor Alemán y el adinerado doctor Ochoa. El pueblo celebraba su fiesta con el acto más importante, la coronación de la reina. Las familias con recursos se proponían gastar sus dineros para mostrar a sus hijas amables, pero ingenuas y poco atractivas. En una pequeña casa, vivía una familia muy pobre. Para subsistir la madre vendía suspiros, es decir relámpagos, y el padre manejaba un viejo camión de carga. Su segunda hija era, como se dice, una perla. Los vecinos opinaron que ella debía competir por el reinado. Faltaba el dinero para los vestidos y otras galas. Fueron al rico jubilado Ochoa y plantearon la situación. “Haber dicho”, dijo el hombre: “yo compraré los vestidos, los zapatos, los adornos. Asistiré al festival”. Y el hombre comentó: “en esta ocasión la pobreza dejará paso a la belleza”. Cinco horas con Mario (1964), entra, en el lenguaje de Genette, en la relación paratextual o de género literario. En efecto, se trata de un monólogo interior y su antecedente es Ulises de James Joyce. Pero el monólogo interior que más se recuerda cuando se lee Cinco horas con Mario es ‘El Extranjero’ (1942) de Albert Camus. El personaje de esta novela es Mersault, quien asiste al velorio de su madre y durante horas piensa en los detalles del asilo y del cementerio.

En la novela de Delibes, Carmen, la viuda de Mario, durante cinco horas en el velorio, recuerda su vida de casada y las limitaciones que hubo de soportar por las ideas altruistas del marido. La novela es la radiografía irónica de la vida de la burguesía en la España gobernada por Franco.

Sin duda, la narrativa de Delibes configura un espacio que los otros discursos no logran comunicar, el espacio de la emotividad y la imaginación. De este modo los textos artísticos se tornan testimonios de las zonas oscuras de la realidad. Los relatos de Delibes son una deslumbrante experiencia en la entrañable y sutil consistencia de la lengua.

*Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

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