3 de abril de 2021 21:26

Julio Pazos: 'Los efectos de este virus son como los de un terremoto'

El poeta ecuatoriano Julio Pazos, en la puerta de la biblioteca de su casa, en Quito. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

El poeta ecuatoriano Julio Pazos, en la puerta de la biblioteca de su casa, en Quito. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Santiago Estrella
3 de abril del 2021

Julio Pazos Barrera es uno de los más grandes poetas de Ecuador. Además, es un cocinero destacado. Premio Eugenio Espejo, recibe a EL COMERCIO en su casa llena de obras de arte y libros. Al ofrecernos asiento dice que “no soy de comprar muebles como se compra normalmente. El mueble donde estás sentado lo tengo hace años y lo hemos ido retapizando ”.

¿Y qué sí prefiere comprar?

Cuadros.

¿Cómo ha vivido la pandemia?

Tuve el virus en octubre. Fui asintomático. Hice todo lo que los médicos me recomendaron: los 14 días de cuarentena y los análisis. No contagio a nadie y no me contagian hasta los seis meses.

¿Y antes cómo lo hacía?

Cuidándome de todo, porque soy diabético.

Con el virus estamos viviendo el terror de lo invisible.

Es un susto. Yo soy una persona muy casera, claro que he viajado por el mundo, pero la gran parte de mi vida ha sido dentro de espacios cerrados. Esta vez fue la angustia de observar lo que ocurre a los demás, como lo del desastre en Guayaquil al inicio y otras cosas. Uno termina pensando en la muerte. De hecho, dada mi edad, no es novedad que pueda pensar en la muerte, y no volver a ver a mis nietos de ocho años.

Estamos huyendo de algo que no podemos ver.

Recordaba la Biblia cuando el ángel de la muerte iba a matar a los egipcios primogénitos. Mandó que los judíos pusieran la sangre del cordero en las casas para que no entre. Nadie veía el ángel de la muerte. ¿Qué era lo que mataba a los primogénitos? ¿Era un virus desconocido? ¿Por qué solamente a los primogénitos? Sí pensé algunas veces que este virus invisible visita las casas de manera insospechada y trae la muerte. Muchas veces el ángel se equivoca y pasa y entonces no llega la muerte cuando se espera.

Una de sus grandes relaciones es con la naturaleza. Los virus son algo natural. Por otra parte, usted siempre cuenta con horror el terremoto de Ambato de 1949.

He escrito una línea poética, “la naturaleza insensible”. ¿Qué le importa al volcán Tungurahua lo que le ocurra a la gente? Todo lo que sucede en la naturaleza no tiene que ver con los seres humanos. Ahora, que el ser humano puede destruir a la naturaleza, es verdad, pero yo creo que los efectos de este virus son como los de un terremoto o una erupción volcánica porque son insospechados, aunque sepamos cómo cuidarnos.

Lo insospechado es que te cuidas e igual te puedes morir...

O te mueres porque te cae una pared. ¿Qué vas a hacer? O te cae una tortuga como le ocurrió a Esquilo. La Sibila le había dicho que morirá de algo que le caerá de arriba. Para que no le golpeara una teja, iba por la mitad de la calle. Un águila había capturado una tortuga, que se le soltó de las garras y lo mató.

¿Las paranoias son inútiles?

¿Qué significa pensar, reflexionar, estar vivo? Tener miedo, no tener miedo, estar triste, estar alegre, amar, disfrutar de los alimentos, ver el arte y contemplar lo que nos rodea en general, es estar vivo. De ahí, claro, se puede pedir a la divinidad que nos conserve la vida con todos los dones. Vivir es un don. Hay mucha gente que no lo ve de esta manera. Y tampoco hay que hacerse el fuerte ni el sabio. Hay que aceptarla como viene.

¿La muerte como un tema obsesivo de los poetas?

No obsesivo, frecuente más bien. Yo nací en 1944, un año antes de que lanzaran la bomba atómica. Recuerdo que iba al cine y en los noticieros vi lo que se había hecho en Hiroshima. Yo le preguntaba a mi padre, a mi madre, qué pasaba. Todo el tiempo había conversaciones de la guerra. Todo eso va alimentando una concepción del mundo y de la cosas. Luego me tocó vivir el terremoto de 1949. En mi caso, me dejó una impresión tan profunda que no he logrado superar hasta ahora.

¿Y cómo?

Siempre estoy mirando las cosas a la espera de que se muevan o no, como las lámparas, las plantas. Todo el tiempo. Tal vez me ha hecho falta un psiquiatra o un psicólogo...

¿Y si le dicen vamos a vivir a un edificio de 10 pisos?

Me niego. La clase que me tocaba dar en una de las torres de la Universidad Católica fueron un tormento para mí. Hablaba arrimado a la pared porque no lo toleraba. Tengo la sensación de movimiento. La velocidad me aterra.

¿Y cómo le llegó la poesía?

Nací en un pueblo (Baños) de 2 000 habitantes, con una biblioteca que tenía cuatro muebles con revistas para niños y solo un anaquel, con llave, con libros para adultos. Cuando acabé de leer todas las revistas, la bibliotecaria sacó con su dedo un libro que resultó ser ‘El árbol del bien y del mal’, de Medardo Ángel Silva.

¿Cuántos años tenía?

Debí haber tenido 11. Me maravilló la lengua, pero acabó con mi primera juventud porque pensé que todo era así de oscuro, con la muerte esperándome. Luego tuve un maestro salesiano en un colegio de Riobamba. Le mostré lo que estaba leyendo: ‘El cuervo y otros poemas’, de Edgar Allan Poe. Me dijo que esa no es lectura para mi edad.

¿Y qué le ofreció a cambio?

‘Platero y yo’. Lo leí de cabo a rabo. Y traté de imitarlo. Me entró aire. Yo llevaba una vida hermética y cerrada. No tenía hermanos con quienes compartir. No puedo decir que era una vida muy triste, pero sí introvertida.

¿Y eso explica en algo que haya decidido ser profesor?

Tuve el acierto de escoger la carrera del magisterio. ¿Qué más iba a hacer? Trataron de decirme que no siguiera esa carrera, mis padres, mis padrinos, porque me preguntaban de qué vas a vivir, vas a morir de hambre.

Y cuando recibió el premio Eugenio Espejo, ¿no se le ocurrió mirar al cielo y decirles: ‘¿Ven, no me equivoqué del todo...’?

No dije nada de eso. No hacía falta algo así. Como maestro, no me ha ido mal en la vida.

TRAYECTORIA

Julio Pazos Barrera nació en Baños en 1944. Fue profesor de literatura en el Central Técnico y la Universidad Católica. Es destacado también por sus estudios de cocina y arte ecuatorianos. Es premio nacional Eugenio Espejo del 2010.

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