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Padre inyectó a su niño con VIH: ‘Tu hijo no vivirá más allá de los cinco años’

El niño al que el hombre quiso asesinar tiene actualmente 31 años y cambió su apellido por el de su madre, así se presenta como Brryan Jackson. Foto: Instagram de @brryanjackson

Después de 48 meses de terrible incertidumbre, la pesadilla de una pediatra fue la luz que le permitió desvelar lo que ocultaba la oscuridad.

En Misuri, Estados Unidos, a mediados de mayo de 1996, cuando un niño de cinco años completaba más de 1 400 días con inexplicables síntomas de letargo e intensa taquicardia, la doctora Linda Steel Green tuvo un ‘mal sueño’ que, si bien la aterró, ayudó a dar con el diagnóstico del menor enfermo.

‘El niño puede tener SIDA’, fue el pavoroso presagio onírico.

Horas después de cotejar varias pruebas especiales el vaticinio fue real: el pequeño Brryan Jackson tenía una infección avanzada de VIH.

¿Por qué la pediatra Steel tuvo ese sorpresivo sueño?

Porque antes de ir a la cama recordó la terrible sentencia que el padre del menor le dijo a la madre semanas después de su nacimiento: “Tu hijo no vivirá más allá de los cinco años”.

En 1998, tras una rigurosa investigación, la justicia norteamericana comprobó lo increíble: el propio padre fue quien le inyectó el VIH.

Aunque Brryan sigue con vida en la actualidad, la conclusión sigue siendo abominable: el padre quería que su hijo muriera.

Una bala perdida

Los reportes de prensa estadounidense cuentan que Jennifer y Brryan Stewart se conocieron en enero de 1990 mientras estudiaban medicina en una universidad. Cinco meses después, Jennifer quedó embarazada.

Para agosto de ese año, mientras ella lidiaba con los pormenores de la gravidez, Bryan estaba haciendo parte de la avanzada estadounidense en la Guerra del Golfo.

Cuando regresó, comenzaron los problemas. Con Brryan Jackson recién nacido, Stewart empezó a maltratar a su mujer y a discutir fuertemente por la manutención del menor.

En uno de tantos acalorados enfrentamientos, el hombre habría soltado la insólita sentencia que siguió resonando: “Tu hijo no vivirá más allá de los cinco años”.

Por obvias razones, la relación sentimental entre padre y madre terminó en 1992.

La repugnante inyección

A los 11 meses de edad, el pequeño sufrió un ataque de asma que lo llevó a ser hospitalizado de urgencia.

La angustia impulsó a que Jennifer llamara al padre por si algo grave ocurría.

A sus 11 meses de edad, Brryan Jackson fue infectado con VIH por su padre, que quería que muriera. Foto: iStock

El hombre, quien por entonces trabajaba como auxiliar de un laboratorio clínico, acudió al pedido de la mujer y estuvo en el hospital el día en que el menor fue dado de alta.

A escasos minutos de que Brryan Jackson dejara la habitación donde estaba hospitalizado, Stewart dejó ir a la madre a la cafetería.

En ese momento cometió la mayor de las atrocidades. Fue cuestión de segundos para que Brryan sacara de su bolsillo una jeringa cargada de sangre con VIH.

En la apetecida soledad del criminal, inyectó el líquido en el brazo de su hijo. Por entonces, los fuertes gritos de Brryan Jackson fueron el único registro que quedó de su sevicia.

Sufriendo con y sin diagnóstico

Desde ese fatídico día, Brryan comenzó a sentir un cansancio extraño, fiebre alta y reiterados dolores de cabeza.

Durante cerca de cuatro años, el menor y su madre fueron a todo tipo de médicos para ver qué era lo que ocurría.

Luego de tanto deambular, una noche en la que tuvo que ser hospitalizado por un decaimiento preocupante, el mensaje en sueños de su pediatra fue el que llevó a comprobar el VIH en su cuerpo.

“Me dieron cinco meses de vida y me mandaron a casa”, recordó más de 20 años después Bryan en entrevista con la BBC.

Para esa época, el SIDA era excesivamente estigmatizado y quienes lo padecían tenían que sufrir los desagradables señalamientos de la sociedad.

A Brryan, más que sus compañeros de colegio, los que le temían eran los padres de los niños.

Por el desconocimiento de su enfermedad, no era invitado a las fiestas de los otros y fue relegado al aislamiento durante gran parte de su infancia.

Mientras tanto, sus padres se enfrascaban en pleitos judiciales por el sostenimiento que Stewart se negaba a pagar.

En medio de esos litigios, el extraño contagio de Brryan llamó la atención de las autoridades.

Un grupo investigador de la Fiscalía local comenzó a evaluar todas las posibilidades.

La ausencia de casos positivos de VIH en el círculo cercano del menor redujo la lista de sospechosos.

La recapitulación de los hechos llevó a que Brryan Stewart, el hombre que trabajaba tomando muestras de sangre, fuese el gran señalado.

Una R y un crimen de diferencia

En 1998, el caso de Bryan Stewart llegó a los tribunales penales norteamericanos.

En cuestión de meses, los fiscales asignados lograron comprobar que el hombre había robado la sangre de su trabajo y se la había inyectado al menor.

Por el delito de ‘agresión en primer grado’, dado que por fortuna Brryan no ha fallecido, la condena del juez fue ejemplar: cadena perpetua.

En la actualidad, Stewart permanece en prisión intramural con una opción vigente de poder pasar el resto de su pena en casa por cárcel.

Para su sorpresa, el niño que quiso asesinar ya es un hombre de 31 años y hace rato que dejó de ser su hijo.

Entrado el nuevo milenio, Brryan Jackson decidió añadirle una ‘r’ a su nombre original (Bryan) y cambió su apellido de pila (Stewart) por el de su madre. Por eso hoy por hoy se presenta como Brryan Jackson.

Aunque los medicamentos siguen haciendo parte esencial de su rutina, la enfermedad está lejos de ser un impedimento.

Él trabaja como conferencista motivacional y tiene su propia marca de ropa: ‘Hope’ (esperanza).

Entre sus ambiciosos proyectos personales resalta uno que quizá sea el más simbólico para sí mismo: ser padre.

Seguir con vida es su mejor razón para hacerlo.

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